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Navarro y los caníbales


Hay cosas que ocurren en Panamá que lo dejan a uno patidifuso. Tomemos como ejemplo la reciente y monumental gansada de Juan Carlos "Bin Bin" Navarro y el desliz de un periódico supuestamente serio y prestigioso (infiltrado, según las malas lenguas, por los agentes del millonario Navarro o de sus acaudalados tíos). Según el alcalde Navarro, al tomar posesión de las oficinas de la alcaldesa saliente Mayín Correa, él encontró, además de un déficit financiero, "huesos humanos y brujería" (La Prensa, Septiembre 8, 1999).
Según el artículo de La Prensa y una caricatura aparecida en el diario El Siglo que muestra a una señora metiéndole el diente a un brazo humano, mientras la cocinera le prepara una pierna también humana, se da a entender que la ex-alcaldesa es caníbal y practica ritos satánicos. Las televisoras, controladas en gran medida por los tíos de Navarro, Carlos y Fernando Eleta, repitieron con gran alegría las demenciales declaraciones de "Bin Bin". O sea, ciertos periodistas en Panamá parecen creer a pie juntillas las locuras que salen de la boca de Navarro, y dan a entender que Mayín Correa, es, en efecto, antropófaga feroz y está en comunicación con Lucifer. Hagamos un paréntesis momentáneo y reflexionemos sobre este disparate periodístico. Supongamos que yo, como profesor de la Universidad de San Francisco, voy a ser reemplazado prontamente. Mi reemplazo tomara posesión de mi oficina la semana entrante.
Supongamos, también, que yo soy un poquito excéntrico, y que no sólo practicó la brujería en mi oficina, sino que, en esa misma oficina, una vez por semana me almuerzo un estudiante. El día del "almuerzo" (caramba!, la carne está cara aquí en San Francisco, y comerse a un estudiante ahorra dinero), agarro al primer muchacho que venga a mi oficina a hacerme una pregunta sobre el examen, lo degollo rápidamente, lo descuartizo, y lo cocino en una olla gigante a fuego lento, después de añadirle sal, pimienta, y cebolla picada.
En un armario detrás de mi escritorio, guardo, "como trofeos", las cabezas de los estudiantes que me he almorzado en las últimas semanas. En una esquina, cerca de la ventana, tengo un altar satánico, con huesos humanos, calaveras, y velas rojas. De pronto me percato de que el profesor que me va a reemplazar va a tomar posesión de mi oficina dentro de unas horas.
Así que, rápidamente, trato de llevarme en mi maletín, toda la "evidencia" de mis extrañas practicas. Me llevo las cabezas, pero se me "olvida" una en el armario. Me deshago de los huesos humanos, pero se me "olvidan" algunos detrás de la computadora. Dejo, en mi apuro, siete calaveras en frente del altar satánico, frente a la ventana. Y no hablemos de las manchas en la alfombra. O sea, dejo detrás de mi suficientes pruebas de "caníbal" para que me manden de inmediato a la silla eléctrica.
¿No hay algo un poquito raro en esta historia? ¿Algo como inverosímil? ¿Algo que como que no cuadra con la lógica? Efectivamente, a ningún periódico en San Francisco se le ocurriría poner en primera plana: "Encuentran calaveras, huesos humanos, y altar satánico en oficina de profesor panameño", sin antes investigar cuidadosamente esa aseveración. Y, por supuesto, mi reemplazo, quien hizo la afirmación, iría a parar al sanatorio por demente. En Panamá, aparentemente, la cosa es diferente.

101 años de Panamá América

 
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