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Navidad 2000




Ex Vicepresidente de la República

Para muchos de nosotros la Navidad es la fiesta más antigua en nuestra memoria personal y familiar. Guardamos recuerdos de ella desde una tempranísima edad. Las prácticas y costumbres que la expresan y constituyen su caparazón son relativamente fijas y se repiten año tras año. Sin embargo, por poco que entremos en su espíritu y la vivamos con fe o al menos con una dosis de disponibilidad a las profundidades de la vida, es asombroso cuanto se renueva su significado a medida que crecemos y envejecemos. La liturgia y los textos bíblicos de la Navidad hunden muy hondo sus raíces en nuestra en nuestra experiencia y aspiraciones humanas y por ello captan fuentes inagotables de sentido, que por ser inagotables se revelan misteriosas e incluso sagradas. La Navidad no termina así de asombrarnos a lo largo de nuestra vida.
Este año la Navidad me ha impactado de dos maneras. La primera resulta de eventos contrastantes asociados litúrgicamente en días sucesivos, el 25 y 26 de diciembre. La liturgia del 25 es la de la celebración de la Natividad de Jesús, cuando Dios irrumpe en la historia humana, integrándose a la misma a través del nacimiento de un niño en una familia humilde, venida de Nazaret en Galilea a Belén en Judea, "niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lucas 2, 12), con pastores como su primera visita. La liturgia del día siguiente es la de San Esteban, llamado el "protomártir", uno de los siete diáconos elegidos por la asamblea de los primeros creyentes a propuesta de los Apóstoles, quien por proclamar su fe ante el Sanedrín fue el primero en sufrir la muerte, apedreado, en presencia de "un joven llamado Saulo", en ese entonces perseguidor de "los seguidores del Camino", como llamaban a los primeros cristianos (Hechos, 9, 2).
Un día el nacimiento del niño Dios y el otro el primer martirio de un creyente: ¡que asociación más asombrosa y aleccionadora! Nos enseña que el nacimiento de Dios hecho hombre va a conducirlo a la experiencia humana inevitable y traumática, la de la injusticia y la muerte. Ningún hombre escapa a esa suerte y Dios, al hacerse hombre, la asume dolorosamente. La liturgia es implacablemente realista. Pero nos enseña también que la muerte del hombre en la fe y más aún por la fe transforma su experiencia humana a su límite y la convierte en el nacimiento a una nueva vida. "Señor Jesús, recibe mi espíritu..., exclama San Esteban de acuerdo a los Hechos de los Apóstoles (7, 59-60), "Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Y diciendo esto, se durmió", añade el texto. La liturgia es incondicionalmente esperanzadora: el nacimiento nos lleva ineluctablemente a la muerte en medio de injusticias, pero la muerte por la fe en Jesucristo, nos conduce a la esperanza en una nueva vida.
Parte de mis recuerdos de infancia sobre la Navidad eran las visitas que nos hacía para esa celebración un tío abuelo, Salvador Calderón Ramírez. l había sido en Nicaragua, su país de origen, representante de Sandino en sus negociaciones de paz con el Presidente Sacasa. Cuando Somoza estableció su dictadura dinástica tuvo que exiliarse en El Salvador, desde donde venía a visitarnos. Era para nosotros a la vez una personalidad legendaria y un abuelo sustituto. Todavía me acuerdo la Navidad en que no vino y en la que nos llegó la noticia de que el mismo 25 de diciembre había muerto. Oí a mis mayores decir: "hoy en el día del nacimiento de Jesús, el tío Salvador ha nacido a la otra vida". Esa frase se me quedó grabada y me ayudó a comprender el mensaje de la liturgia al asociar la celebración de la Natividad y la del martirio de San Esteban.
La misma asociación entre la muerte y el nacimiento a otra vida gracias a la fe, se encuentra presente en la reciente proclamación por Juan Pablo II de Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y los políticos. De la cumbre del poder político como Gran Canciller del Rey Enrique VIII de Inglaterra, Moro, el primer laico en ocupar el cargo, después de ser Portavoz de la Cámara de los Comunes, terminó encarcelado en la Torre de Londres, condenado por traición y decapitado por órdenes de ese mismo Rey a quien había servido tan leal como honradamente. Pero como dice el Papa en su Carta Apostólica proclamándolo patrono de gobernantes y políticos, de su vida y su martirio "brota un mensaje que, a través de los siglos, habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia".
Al rehusar reconocer la pretendida primacía del Rey sobre la Iglesia, como también su presunto derecho a violar la indisolubilidad del matrimonio católico, Tomás Moro nació a la vez a otra vida, mereciendo la denominación de "Santo", y a una proyección histórica como el hombre que escribió la Utopía y que supo vivir hasta las últimas consecuencias un ideal, que muchos juzgaban utópico, por fidelidad a su conciencia. Muriendo nació así doblemente a otra vida: a la eternidad por la fe y a la fama por la coherencia ejemplar entre su pensamiento y su vida.
Si Juan Pablo II lo ha proclamado patrono de gobernantes y políticos es, sin duda, porque sabe que la política es una actividad en la cual es imposible ser íntegro y más todavía cristiano si no se está dispuesto de manera muy especial a vivir la experiencia del fracaso. El gran novelista católico japonés Shusaku Endo planteaba, en su biografía de Jesús, como algo distintivo de todo seguidor suyo, aceptar el fracaso, que es una especie de muerte, sin perder la esperanza, porque sobre todo en el fracaso es cuando Jesús se comprometió a hacerse presente y acompañar al hombre. Sólo a través de esta prueba confirma los principios y valores que animan al gobernante y al político y que en última instancia constituyen lo más importante de su quehacer y lo más perdurable de su legado. Declarar a Santo Tomás Moro, quien fracasó tan rotundamente en términos de éxito mundano en el poder, patrono de gobernantes y políticos es decir que el éxito inmediato y comprobable no es la última palabra en política, en ese mundo donde suele predominar el poder por el poder y donde se suele practicar que el fin justifica los medios. También la voz de la conciencia política nos habla de otra vida cuando le damos libre curso para forjar un mundo donde el poder sería servicio del pueblo y la nación y los medios serían dictados por la calidad moral del fin que el político o gobernante se proponga, incluso a costa de su fracaso o peor aún de su muerte.
Hay una segunda dimensión de Navidad que también me ha impactado este año. Normalmente hablamos de que dos de los cuatro evangelios, el de San Mateo y San Lucas, contienen una evangelio de la infancia de Jesús, mientras que los otros dos, el de San Marcos y San Juan, callarían la infancia y comenzarían con la prédica de Juan Bautista. En realidad esto es así del evangelio de San Marco, pero no del de San Juan.
De hecho, nos encontramos con dos enfoques del Nacimiento de Jesús. Primero, los evangelios de San Mateo y San Lucas, por diferentes que sean en sus estilos y en lo que relatan, comparten sobre la infancia de Jesús un enfoque que la vincula a la trayectoria del Pueblo Judío y en menor grado, al contexto histórico-social de la Palestina del primer siglo de nuestra era. Nos presentan la realidad humana y concreta del nacimiento y primera infancia de Jesús a la manera de relato histórico. De este modo han dado pie a las representaciones de la Natividad que han capturado la imaginación humana en el arte bajo sus más diversas formas. A tal punto han capturado no sólo la imaginación, sino el mismo espíritu humano, que Shusaku Endo, quien llega a sugerir que "el nacimiento en Belén podría no ser un hecho", sin embargo, afirma con convicción que es una verdad "ya que forma parte integrante de ese mundo de verdad por el que han suspirado las almas de todos los seres humanos" (Jesús, Espasa Calpe, S.A, Madrid, p.260).
El Evangelio de San Juan no contiene un relato de la infancia de Jesús como los anteriores. Pero enfoca su nacimiento desde otra perspectiva. El drama lo plantea, no como envuelto en el historial concreto que se recuerda o se imagina, sino en términos de la ubicación cosmogónica del ser humano en general y de cada uno en particular, gracias a la identificación de Jesús con el "Logos" de Dios. La Natividad así concebida constituye un aporte filosófico-teológico insuperable.
La concepción de Jesucristo como el "Logos" de Dios, orienta toda la conciencia de la razón humana, de la intercomunicación racional entre los seres humanos y de la racionalidad del universo, todo lo cual se encuentra recogido en el "Logos" tal que los comprendió progresivamente la filosofía griega y helenística, desde Heráclito hasta los estoicos y los neoplatónicos, para esclarecer el misterio de la Persona del Hijo unigénito de Dios. Pero al mismo tiempo para revelar el misterio profundo de ese "Logos"-Persona, que como Palabra de Dios realiza la labor de creación del universo, pues "todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada" (op.cit.,, 1, 3) y la labor de infundirle vida e iluminar a todos los hombres, puesto que "lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres" (op.cit.. , 1, 3-4). Pero ese "Logos" filosófico-teológico que San Juan elabora no es una mera abstracción ultraterreste, especie de Idea platónica en algún Topus Uranus. Es la misma Persona de quien Juan Bautista dio testimonio, aquel que vino al mundo como luz verdadera y que "vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron" (op.cit., 1,11), en otras palabras se sobrentiende que nació en una familia humana y que sus compañeros de humanidad lo abandonaron a su muerte en la Cruz.
El nacimiento queda así transfigurado en la afirmación más radical que los seres humanos hayamos escuchado y creído: "Y la palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros" (op.cit.,1, 14). Y un nacimiento semejante había de provocar la muerte injusta, que se plasma en la expresión: "y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció." (op..cit., 1,10). La Natividad y la muerte de Jesús se ven así sugeridas en entrelazamiento con el origen del universo y de la humanidad y nos dan la clave misteriosa del rumbo definitivo de ambos.
La Navidad 2000, al comienzo de un siglo y del milenio, nos sigue ofreciendo la clave del misterio de la vida y de la muerte de cada ser humano, de la humanidad y del universo. Ella incluye al "niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre", rodeado de humildes pastores, y abarca "la Palabra", que "en el principio existía...y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios", de la que contemplamos su gloria, "que recibe del Padre como Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad" (op.cit.,1,1y 12).
Esa Palabra que se hace niño es la única esperanza que tenemos los seres humanos de poder asumir la experiencia humana más traumática y más inexplicable, la muerte del justo a manos de los injustos tal que la vivió San Esteban, apedreado por confesar su fe, y Santo Tomás Moro, decapitado por ser fiel a su conciencia, y tal que la experimentaremos nosotros de alguna manera en nuestra propia vida y muerte. Lo dramático es que a la luz de la Navidad estas experiencias dejan de ser deprimentes y se tornan en oportunidades de afianzar esperanzas de una nueva vida. (ariyan@sinfo.net)


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