Necesidad de la “Educación en el Agua”
Además de ser un recurso indispensable para la vida, el agua tiene un carácter mítico-simbólico en nuestra cultura occidental. Tal vez las raíces de este carácter cultural lo encontremos en la escasez del vital líquido en el cercano Oriente donde se forja gran parte de nuestra cosmovisión.
En ese sentido, el agua ha sido un elemento purificador, una bendición indispensable para la vida, pero también un recurso dilapidado sin la menor toma de conciencia. Si es una bendición, ¿por qué no mostramos respeto alguno por su inconmensurable valía? Tendríamos que empezar por señalar la ausencia de una “Educación en el Agua”.
En Panamá, sólo encendemos las luces de alerta cuando el peligro es inminente, pero prácticamente no hacemos ningún esfuerzo como nación para cuidar un bien tan preciado y perecedero. Es impostergable que desde muy pequeños nos formen en una toma de conciencia sobre el valor del agua.
La economía panameña gira en torno a este recurso, no sólo aquella que consumimos domésticamente, sino la que genera electricidad, la que hace funcionar el Canal panameño, la que se utiliza en los regadíos. En esta tierra de la abundancia, ya son muchos los panameños que no disponen de agua potable, y muchos más los que la reciben de forma muy deficiente. Que haya hermanos panameños que no pueden siquiera beber un vaso saludable de agua potable es una vergüenza nacional, cuando el agua dulce se desparrama por doquier.
Más grave aún, ¿qué pensamos hacer cuando no tengamos agua dulce para el funcionamiento de las esclusasdel Canal o cuando haya que restringir el tráfico por la vía interoceánica a falta del líquido? No se trata únicamente de una preocupación medioambiental, sino de supervivencia general.
Seguro que cuando el Canal deje de ofrecernos excedentes para costear programas de inclusión social, campañas publicitarias inmorales, la falta de tesón y el entusiasmo por el trabajo digno y bien remunerado, las consecuencias de las diligencias de la tristemente célebre embajada panameña en Bruselas, entonces empezaremos a preocuparnos por una educación en el agua. En ese momento, nos escandalizará que en los culecos se malgaste el agua (potable en algunos casos), que se sigan sangrando los maltrechos ríos de Azuero en nombre de una desafortunada tradición; nos escandalizarán los “lavautos” en los que se limpian los carros con el agua de beber; que los grifos goteen por años en las instalaciones públicas y en nuestras casas. Nos escandalizarán también las tuberías rotas que desperdician galones y galones de agua hasta que un ciudadano común y corriente se conduela y denuncie la situación, provocando días después la reacción de algún funcionario mediocre.
Que no nos pase con el agua lo que nos sucede con la seguridad ciudadana y con el desequilibrio demográfico, que la próxima vez que pidamos “Agua, agua, agua”, no sólo sea en el jolgorio de la festividad, sino que sea el clamor generalizado para que aquéllos que no la tienen ahora, y los que no la tengamos en el futuro inmediato, podamos obtenerla como derecho inalienable de la calidad de vida a la que es justo que aspiremos todos.