Negativismo y pesimismo
Panamá fue siempre un país alegre. Su himno, su música, los colores de su bandera y su escudo muestran el espíritu del panameño, festivo y trabajador. El hombre y la mujer de aquí se han mostrado dicharacheros por naturaleza. Los chistes que inventan sobre cualquier situación, indican la tendencia a llevar a broma hasta las situaciones más serias. El ritmo y la manera alegre como bailamos, nos dice que nuestro carácter es simpático.
La gente que conocí antes tendía a reír de todo, sin ser superficial; un sí estaba a flor de labios para cualquier situación por más difícil que fuera. Todo se podía hacer y con buena voluntad, porque así éramos y, esa idiosincrasia reflejaba en el desarrollo del país y de nuestras actividades que ayudaban a los gobiernos a llevar más fácilmente su trabajo. Cuando sonaba el primer acorde de un violín, un acordeón o el sonido del tambor, salíamos a bailar con danza alegre, olvidando los problemas que llenaban nuestras preocupaciones.
A pesar de haber sido oprimidos por un gobierno militar, no perdimos el buen humor, lo que nos permitió sobrellevar los 21 años de represión. Cuando se presentaron los días de persecusión, durante la sedición, nuestras protestas eran sobre la base de ruido tocando pailas para llamar la atención; no éramos silenciosos para nada y acompañábamos de cantos y estribillos que aprendíamos rápidamente; "Habla pueblo habla", "Duro a las pailas y los pañuelos", y muchos más que simbolizaban a los educadores.
222Hemos llegado a tal estado de pesimismo que muchos panameños no ven un futuro prometedor y, cuando ven a un empresario que invierte, lo tildan de loco desquiciado.
Sin embargo, a partir de esa fecha y presionados por la dura represión que se desató por parte de los militares, el miedo fue apoderándose de los panameños.
Ante la imposibilidad de dominar a los que gobernaban (cómo lo haríamos, si era una pelea de tigre con burro amarrado), fuimos perdiendo el optimismo y la gente fue encerrándose en sus casas sin deseos de reunirse para celebrar lo que veíamos perdido para siempre. La esperanza de cambiar de gobierno, aún conservando la organización militar que nos asfixiaba, decaía por minutos y la alegría desaparecía de nuestros rostros. La ciudad dejó de ser bulliciosa y los cantos disminuyeron para convertirse casi en rezos.
¿Qué sucedió con nuestro optimismo? No lo sé. Si fuera socióloga podría descifrarlo; pero fue un fenómeno que me sorprendió y me dolió ver el cambio radical de mi pueblo. Vino la invasión y ese pueblo se volcó a la calle a celebrar, contento de habernos zafado de los militares y del gobierno que nos persiguió inmisericordemente durante los últimos siete meses. Fue ese período negro el que nos dio vuelta nuestro carácter, alegre por naturaleza y allí comenzó todo. La influencia del mar se perdió y nos convertimos en gente de montaña: tristes y taciturnos. Llevábamos el miedo reflejado en la mirada y dejamos de hablar, hasta los pocos que nos atrevíamos a hacerlo.
Tal vez fue reflejo del temor de regresar a aquellos tiempos. Quizás fue una esperanza desmesurada en lograr un estado político ideal, un nuevo gobierno que nos llevara a parecernos a Suiza. Es posible que exageramos esa ilusión y los gobernantes que siguieron nos defraudaron o nos volvimos más exigentes.
Lo cierto es que hoy, nadie cree en nadie; no ofrezcas porque no creen en tu cumplimiento; existe una desconfianza magnificada en la actitud de los gobiernos que hace imposible adelantar cualquier obra o acción que quieran hacer y la desbaratamos con la incredibilidad. Hemos llegado a tal estado de pesimismo que muchos panameños no ven un futuro prometedor y, cuando ven a un empresario que invierte, lo tildan de loco desquiciado.
Esto nos ha llevado a no saber a dónde vamos con el perjuicio para nosotros mismos. Ojalá que reaccionemos y que los llamados a sacar al país adelante piensen y analicen, tanto gobierno como empresarios y trabajadores y sociedad civil. Manos a la obra que para luego es tarde. Corramos que nos alcanza el negativismo. Miremos adelante.
La gente que conocí antes tendía a reír de todo, sin ser superficial; un sí estaba a flor de labios para cualquier situación por más difícil que fuera. Todo se podía hacer y con buena voluntad, porque así éramos y, esa idiosincrasia reflejaba en el desarrollo del país y de nuestras actividades que ayudaban a los gobiernos a llevar más fácilmente su trabajo. Cuando sonaba el primer acorde de un violín, un acordeón o el sonido del tambor, salíamos a bailar con danza alegre, olvidando los problemas que llenaban nuestras preocupaciones.
A pesar de haber sido oprimidos por un gobierno militar, no perdimos el buen humor, lo que nos permitió sobrellevar los 21 años de represión. Cuando se presentaron los días de persecusión, durante la sedición, nuestras protestas eran sobre la base de ruido tocando pailas para llamar la atención; no éramos silenciosos para nada y acompañábamos de cantos y estribillos que aprendíamos rápidamente; "Habla pueblo habla", "Duro a las pailas y los pañuelos", y muchos más que simbolizaban a los educadores.
222Hemos llegado a tal estado de pesimismo que muchos panameños no ven un futuro prometedor y, cuando ven a un empresario que invierte, lo tildan de loco desquiciado.
Sin embargo, a partir de esa fecha y presionados por la dura represión que se desató por parte de los militares, el miedo fue apoderándose de los panameños.
Ante la imposibilidad de dominar a los que gobernaban (cómo lo haríamos, si era una pelea de tigre con burro amarrado), fuimos perdiendo el optimismo y la gente fue encerrándose en sus casas sin deseos de reunirse para celebrar lo que veíamos perdido para siempre. La esperanza de cambiar de gobierno, aún conservando la organización militar que nos asfixiaba, decaía por minutos y la alegría desaparecía de nuestros rostros. La ciudad dejó de ser bulliciosa y los cantos disminuyeron para convertirse casi en rezos.
¿Qué sucedió con nuestro optimismo? No lo sé. Si fuera socióloga podría descifrarlo; pero fue un fenómeno que me sorprendió y me dolió ver el cambio radical de mi pueblo. Vino la invasión y ese pueblo se volcó a la calle a celebrar, contento de habernos zafado de los militares y del gobierno que nos persiguió inmisericordemente durante los últimos siete meses. Fue ese período negro el que nos dio vuelta nuestro carácter, alegre por naturaleza y allí comenzó todo. La influencia del mar se perdió y nos convertimos en gente de montaña: tristes y taciturnos. Llevábamos el miedo reflejado en la mirada y dejamos de hablar, hasta los pocos que nos atrevíamos a hacerlo.
Tal vez fue reflejo del temor de regresar a aquellos tiempos. Quizás fue una esperanza desmesurada en lograr un estado político ideal, un nuevo gobierno que nos llevara a parecernos a Suiza. Es posible que exageramos esa ilusión y los gobernantes que siguieron nos defraudaron o nos volvimos más exigentes.
Lo cierto es que hoy, nadie cree en nadie; no ofrezcas porque no creen en tu cumplimiento; existe una desconfianza magnificada en la actitud de los gobiernos que hace imposible adelantar cualquier obra o acción que quieran hacer y la desbaratamos con la incredibilidad. Hemos llegado a tal estado de pesimismo que muchos panameños no ven un futuro prometedor y, cuando ven a un empresario que invierte, lo tildan de loco desquiciado.
Esto nos ha llevado a no saber a dónde vamos con el perjuicio para nosotros mismos. Ojalá que reaccionemos y que los llamados a sacar al país adelante piensen y analicen, tanto gobierno como empresarios y trabajadores y sociedad civil. Manos a la obra que para luego es tarde. Corramos que nos alcanza el negativismo. Miremos adelante.