Neutralidad: Unica defensa panameña
En los últimos meses, ciertas conocidas actuaciones guerrilleras colombianas en Darién y amagos de guerra internacional que podrían repercutir en la seguridad del Canal, han venido a replantear una vieja problemática para nuestro país. Nos referimos a su seguridad en general y a la del Canal en particular. El problema guerrillero colombiano en la frontera darienita es bien conocido por el pueblo panameño, porque esa guerrilla se inició en la década de los cuarenta del siglo pasado, inmediatamente después del asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán y desde entonces, con intermitencias, altos y bajos, ha creado circunstancias difíciles para los panameños que viven en la región. Y como la cuestión guerrillera señalada no ha desaparecido, continúa sobre nuestro entorno como una Espada de Damocles, que últimamente ha asumido la expresión de homicidios y persecuciones para esos nacionales que habitan en dicha frontera.
El verdadero ángulo que ha servido de matriz, en la provincia de Darién, es la total desidia de los gobiernos panameños, que desde 1903 le han dado la espalda a lo que significan las situaciones fronterizas, porque esos gobiernos no tuvieron la menor preocupación, ni adoptaron medidas con respecto a nuestras fronteras. Han debido mantener la presencia permanente de Panamá y la de sus autoridades en esa abandonada y olvidada provincia. Han debido orientar patrióticamente a los panameños de las dos fronteras, para que ellos fueran una avanzada constante de nuestros intereses nacionales, ante la repetición de los problemas sociales, económicos, educativos, de salud, que siempre se han repetido e incrementado. Cada vez que ello place a los varios frentes guerrilleros colombianos, sus tropas pasan al lado panameño, para sus fechorías, y últimamente para el asesinato de nacionales. Entonces no faltan las declaraciones y las visitas turísticas a Darién, sin ningún resultado, lo que hace perpetuo el mal.
Ahora pretendemos anexarles a tales situaciones, el tema de la seguridad del Canal. Tampoco el asunto es enfocado desde la perspectiva de su realidad evidente y desde la única posibilidad de que disponemos. Y sobre tal circunstancia no podemos evadir que el último eslabón de la presencia amenazante de Norteamérica consta en el Tratado de Neutralidad del Canal, aceptado por nuestro gobierno en 1977. Pero desde hace dos años, cuando el Canal pasó a manos panameñas, nuestros gobiernos han debido convocar al país a que declaráramos y asumiéramos la neutralidad, no sólo del Canal, sino de todo el país, bajo los auspicios de las Naciones Unidas.
El Tratado de Neutralidad de 1977 es lesivo para los intereses y para la vida de Panamá. Jamás tendremos cien y más millones de dólares disponibles para comprar siquiera un avión de guerra, y también creemos que nadie dotado de cordura puede caer en el absurdo de estarlo pensando. Sabemos que una idea como la expuesta sobre la neutralidad de la República y del Canal encontraría ciertos obstáculos, pero susceptibles de ser superados. Sigamos el ejemplo de unos pocos países cubiertos por el escudo de una neutralidad lógica y que no requiere gastos militares para que se respete. Además, ninguna neutralidad subsiste si una potencia militar decide eliminarla, ocupando el país, aunque fuera por un tiempo limitado. Ello es preferible a obligarnos mansamente a celebrar convenios y tratados que sólo se traducen en subirnos al carro de guerra de cualquier potencia.
No deberíamos continuar haciendo el ridículo, al hablar de “prepararnos para la guerra” y asistiendo a cumbres bélicas y demás andanzas dizque guerreras, con el pretexto de defender nuestra seguridad, aunque es aceptable, más bien, que hagamos esfuerzos para que no seamos víctimas del terrorismo, procurando que los terroristas fanáticos que amenazan al mundo se convenzan de que nuestra neutralidad impide que el territorio panameño sirva de base a Norteamérica o a otra potencia militar, cualquiera sea, para el ataque a cualquier país o grupo terrorista.
Un país pequeño y sin peso específico en la balanza de los poderes mundiales guerreros está justificado plenamente para declarar la neutralidad de todo su territorio, incluyendo en nuestro caso al Canal, como paso acertado para que se sepa que no estamos de acuerdo con ofrecer nuestro suelo, nuestros mares territoriales y nuestro espacio aéreo, para el trágico y tenebroso beneficio de potencias bélicas, autorizadas para repeler el terrorismo, pero no para llegar a la humanidad al borde de una conflagración atómica.
El verdadero ángulo que ha servido de matriz, en la provincia de Darién, es la total desidia de los gobiernos panameños, que desde 1903 le han dado la espalda a lo que significan las situaciones fronterizas, porque esos gobiernos no tuvieron la menor preocupación, ni adoptaron medidas con respecto a nuestras fronteras. Han debido mantener la presencia permanente de Panamá y la de sus autoridades en esa abandonada y olvidada provincia. Han debido orientar patrióticamente a los panameños de las dos fronteras, para que ellos fueran una avanzada constante de nuestros intereses nacionales, ante la repetición de los problemas sociales, económicos, educativos, de salud, que siempre se han repetido e incrementado. Cada vez que ello place a los varios frentes guerrilleros colombianos, sus tropas pasan al lado panameño, para sus fechorías, y últimamente para el asesinato de nacionales. Entonces no faltan las declaraciones y las visitas turísticas a Darién, sin ningún resultado, lo que hace perpetuo el mal.
Ahora pretendemos anexarles a tales situaciones, el tema de la seguridad del Canal. Tampoco el asunto es enfocado desde la perspectiva de su realidad evidente y desde la única posibilidad de que disponemos. Y sobre tal circunstancia no podemos evadir que el último eslabón de la presencia amenazante de Norteamérica consta en el Tratado de Neutralidad del Canal, aceptado por nuestro gobierno en 1977. Pero desde hace dos años, cuando el Canal pasó a manos panameñas, nuestros gobiernos han debido convocar al país a que declaráramos y asumiéramos la neutralidad, no sólo del Canal, sino de todo el país, bajo los auspicios de las Naciones Unidas.
El Tratado de Neutralidad de 1977 es lesivo para los intereses y para la vida de Panamá. Jamás tendremos cien y más millones de dólares disponibles para comprar siquiera un avión de guerra, y también creemos que nadie dotado de cordura puede caer en el absurdo de estarlo pensando. Sabemos que una idea como la expuesta sobre la neutralidad de la República y del Canal encontraría ciertos obstáculos, pero susceptibles de ser superados. Sigamos el ejemplo de unos pocos países cubiertos por el escudo de una neutralidad lógica y que no requiere gastos militares para que se respete. Además, ninguna neutralidad subsiste si una potencia militar decide eliminarla, ocupando el país, aunque fuera por un tiempo limitado. Ello es preferible a obligarnos mansamente a celebrar convenios y tratados que sólo se traducen en subirnos al carro de guerra de cualquier potencia.
No deberíamos continuar haciendo el ridículo, al hablar de “prepararnos para la guerra” y asistiendo a cumbres bélicas y demás andanzas dizque guerreras, con el pretexto de defender nuestra seguridad, aunque es aceptable, más bien, que hagamos esfuerzos para que no seamos víctimas del terrorismo, procurando que los terroristas fanáticos que amenazan al mundo se convenzan de que nuestra neutralidad impide que el territorio panameño sirva de base a Norteamérica o a otra potencia militar, cualquiera sea, para el ataque a cualquier país o grupo terrorista.
Un país pequeño y sin peso específico en la balanza de los poderes mundiales guerreros está justificado plenamente para declarar la neutralidad de todo su territorio, incluyendo en nuestro caso al Canal, como paso acertado para que se sepa que no estamos de acuerdo con ofrecer nuestro suelo, nuestros mares territoriales y nuestro espacio aéreo, para el trágico y tenebroso beneficio de potencias bélicas, autorizadas para repeler el terrorismo, pero no para llegar a la humanidad al borde de una conflagración atómica.