New York en llamas
Ha corrido y correrá más tinta que sangre sobre la inenarrable, execrable y repudiable catástrofe vivida por la humanidad entera, el pasado 11 de septiembre. Esta vez la realidad ha superado y desbordado -como nunca antes- ala ficción. La horrible pesadilla que nos han brindado las pantallas televisivas y que no terminan de brindarnos, ha dejado atrás toda la imaginación a la que pudieron haber llegado las mentes más lúcidas que ha tenido la historia de la humanidad en todas sus épocas.
Los terroristas pilotearon los aviones hasta su último y fatal destino. El grado de sofisticación del horrendo hecho apunta a una organización bien planeada y bien financiada. Terroristas capaces de pilotear un Boeing y dispuestos a inmolarse en el empeño no se encuentran por doquier. Desde los asesinos del archiduque de Austria en Sarajevo, todos aquellos dispuestos a pagar con sus vidas hasta tienen un alto grado de éxito en sus ejecutorias. Pero las imágenes que nos estremecieron, no pueden llevarnos a enmudecernos.
El día se detuvo cuando lo irreal se convirtió en la única realidad. Nadie podía imaginarse lo que veía, nadie había producido una tragedia de tal magnitud dentro de las muchas falsas a las que Hollywood ha querido acostumbrarnos, nada ni nadie podía habernos preparado para esto.
Detrás de las inmensas nubes de polvo y de todo, detrás del avión impactado contra una de las torres gemelas, de las calles atestadas por las olas de hombres y mujeres aterrados, todavía nos quedaban cosas más aterradoras por ver. Y lo que es peor... que imaginarnos al no poder ver la tragedia humana iniciada en los aviones secuestrados, en la toma de sus pasajeros como rehenes y la de los otros rehenes: la multitud pulverizada con las moles de concreto que se pulverizaron ante nuestros ojos todavía impactados por las lenguas de fuego que paralizaban nuestro entender. Como apuntaba un autor europeo: "Nada de sangre, nada de gritos. Los griegos, en las tragedias, dejaban sabiamente los peores momentos fuera del escenario. De ahí la palabra obsceno. Fue una obscenidad. Vimos la muerte a una escala increíble, pero no vimos morir a nadie. La pesadilla estaba en ese abismo de la imaginación. El horror estaba en la distancia. Sólo la televisión podría producir este efecto".
Y esa es parte del horror; lo hicieron para que lo viéramos, para que nos quedáramos como espectadores... para paralizarnos como humanos y convertirnos en momias incapaces de reaccionar, de actuar. Más allá de las responsabilidades que se derivan de un mundo dividido en Norte y Sur, la primera reacción que nos corresponde como seres humanos es la de condenar el acto terrorista sin precedentes. No hay credo político o religioso que justifique el asesinato de víctimas inocentes.
Hoy miles de millones de personas de todo el Mundo han empezado a vivir momentos que nunca podremos olvidar. También sabemos que el Mundo nunca volverá a ser el mismo. Sólo sabemos que será peor si no actuamos. Primero como humanos y como hermanos, pero también como ciudadanos. (mabernal@sinfo.net)
Los terroristas pilotearon los aviones hasta su último y fatal destino. El grado de sofisticación del horrendo hecho apunta a una organización bien planeada y bien financiada. Terroristas capaces de pilotear un Boeing y dispuestos a inmolarse en el empeño no se encuentran por doquier. Desde los asesinos del archiduque de Austria en Sarajevo, todos aquellos dispuestos a pagar con sus vidas hasta tienen un alto grado de éxito en sus ejecutorias. Pero las imágenes que nos estremecieron, no pueden llevarnos a enmudecernos.
El día se detuvo cuando lo irreal se convirtió en la única realidad. Nadie podía imaginarse lo que veía, nadie había producido una tragedia de tal magnitud dentro de las muchas falsas a las que Hollywood ha querido acostumbrarnos, nada ni nadie podía habernos preparado para esto.
Detrás de las inmensas nubes de polvo y de todo, detrás del avión impactado contra una de las torres gemelas, de las calles atestadas por las olas de hombres y mujeres aterrados, todavía nos quedaban cosas más aterradoras por ver. Y lo que es peor... que imaginarnos al no poder ver la tragedia humana iniciada en los aviones secuestrados, en la toma de sus pasajeros como rehenes y la de los otros rehenes: la multitud pulverizada con las moles de concreto que se pulverizaron ante nuestros ojos todavía impactados por las lenguas de fuego que paralizaban nuestro entender. Como apuntaba un autor europeo: "Nada de sangre, nada de gritos. Los griegos, en las tragedias, dejaban sabiamente los peores momentos fuera del escenario. De ahí la palabra obsceno. Fue una obscenidad. Vimos la muerte a una escala increíble, pero no vimos morir a nadie. La pesadilla estaba en ese abismo de la imaginación. El horror estaba en la distancia. Sólo la televisión podría producir este efecto".
Y esa es parte del horror; lo hicieron para que lo viéramos, para que nos quedáramos como espectadores... para paralizarnos como humanos y convertirnos en momias incapaces de reaccionar, de actuar. Más allá de las responsabilidades que se derivan de un mundo dividido en Norte y Sur, la primera reacción que nos corresponde como seres humanos es la de condenar el acto terrorista sin precedentes. No hay credo político o religioso que justifique el asesinato de víctimas inocentes.
Hoy miles de millones de personas de todo el Mundo han empezado a vivir momentos que nunca podremos olvidar. También sabemos que el Mundo nunca volverá a ser el mismo. Sólo sabemos que será peor si no actuamos. Primero como humanos y como hermanos, pero también como ciudadanos. (mabernal@sinfo.net)