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Ni millones, ni limosnas…


UN TRATADO ES un conjunto de acuerdos. Los tratados "per se" no tienen espíritu, descansan en la interpretación correcta de lo que allí se dice. Es, pues, un fenómeno lingüístico y como tal está sujeto a interpretaciones no siempre acorde con su significado. Por ejemplo, un tratado que se base en la perpetuidad temporal, si no se especifica de qué o de quién, puede durar toda la vida de los firmantes o la larga existencia de ese país o de la duración del bien en disputa. Para enmarcarlo en un sentido amplio y de buena voluntad, el de la buena fe de los tratadistas, se dice que los fundamentos filosóficos o éticos de un tratado descansan sobre una voluntad armónica, es decir, que responden a un espíritu lineal de buena fe de principio a fin.
Para un profano como yo, en comercio como en política, los tratados son lo que los firmantes quieren que sea. Si se trata de intercambios sobre intereses entre personas o sociedades o entre países con similares recursos soberanos, que puedan ser defendidos por la ley o por la fuerza, la cosa generalmente camina bien. Pero si el pacto es entre Roma y Cartago, ya sabemos cual será el resultado.
No me cabe duda alguna que el mundo, gracias a la tecnología, ha hecho que los países sean un barrio dentro de la urbe planetaria. La globalización (un término que por alguna fijación infantil asocio con reventón) o mejor, la internacionalización del comercio -y desgraciadamente, no tanto de la cultura- es hoy un hecho consumado. Todo intercambio humano casi siempre es positivo y progresista. Las culturas aisladas, como la de algunos habitantes de la Polinesia o del África sub-sahariana, viven todavía en estado primitivo y desde mi punto de vista de homo occidentalis me provoca estupor. No niego ni pongo en disputa la legítima conveniencia de comerciar libre y justamente con todo el mundo. El problema radica en esta última condición, la misma que en su momento hizo célebre al presidente Remón: "Ni millones, ni limosnas: queremos justicia"
Un tratado de libre comercio puede tener las mejores intenciones, incluso puede ser beneficioso para ambas partes, pero nunca lo será en todos sus aspectos. Es allí donde lo justo no debe confundirse con lo equitativo. No se trata de lograr equilibrios falsos, pues en la física hidráulica los vasos comunicantes tienden a un equilibrio perfecto pero sus volúmenes se hallan muy mal distribuidos. Se trata de que a cada uno le toque lo que le corresponde.
La otra cosa que a los profanos nos sobra y a algunos burócratas les falta, es suspicacia. Y la primera pregunta que uno se hace es: ¿Por qué razón o qué intereses tendrá un país como Estados Unidos, la primera economía del planeta, para firmar un tratado comercial con una de las economías más pequeñas del mundo? Desde ya no parece que sea sólo por intereses económicos, aunque la trillada ampliación del Canal pueda llevar a las arcas de algunas empresas americanas unos cuantos miles de millones y estas puedan transformarlos por medio de sus cabilderos en otros tantos votos republicanos. También los hay estratégicos, una presencia efectiva en el corazón de su patio trasero no estaría de más, sobre todo si se piensa... como en realidad se piensa, que los arrebatos populistas de algunos gobiernos sudamericanos pudieran romper el largo idilio con los filósofos del pensamiento único washingtoniano.
Creo que los politólogos de USA se han dado cuenta que han perdido credibilidad y confianza y que están aislándose del mundo. Saben o perciben que fuera de sus fronteras ya no los aman y los toleran como se tolera un purgante: como un mal necesario. Su política exterior actual está basada en la prepotencia y fomenta la desunión, ya sea de la Vieja Europa con la compra de los gobiernos de los nuevos países del este europeo, hambrientos de cualquier cosa que no sea comunismo y ruina. China surge como la otra potencia gigante que en su momento, con un solo virus aviar procesado y dirigido maléficamente, puede causar más estragos silenciosos que la más ruidosa y anticuada bomba atómica. Su economía creciente, a una velocidad vertiginosa, se asemeja a un agujero negro que todo lo absorbe. Los países árabes todavía son dueños de su petróleo y allí está el frente de lucha. "Es la energía y el agua, tonto". El MERCOSUR, hoy bajo la influencia de Europa y de China, puede explicar la cizañera presión que se hace desde Uruguay y Paraguay para terminar de desmembrarlo con ayuda de México y Panamá. Si acaso en el futuro el ALCA se va a donde Chávez dice, Estados Unidos mantendría al patio trasero bajo su esfera de influencia.
Nótese que desde que el ALCA fue perdiendo impulso los tratados bilaterales y regionales, CAFTA con Centroamérica, NAFTA con Canadá y México, el de Chile y el probable de Panamá, fueron ganando fuerza. Pero lo que alimenta mi sospecha con fundamento es la declaración con que Estados Unidos festejó el TLC con Chile: "Éste ha sido un éxito geopolítico" dijo Robert Zoellick. Chile está, pero no es miembro pleno del MERCOSUR porque no le conviene... ¿a Chile? Esa es la pura verdad, la que los malos espíritus de los tratados ocultan bajo cartas cortesía, anexos, adendas y "propuestas"... todas ellas redactadas por fuera, pero efectivas a sola firma. Hegemonía y monopolios. Que yo sepa, los pobres de Panamá y de América Latina, con eso tampoco comen.
drjcal@psi.net.pa
Como lo ha señalado el viceministro de Relaciones Exteriores, Licdo. Ricardo Durán, ante la Asociación Bancaria de Panamá, "Ayudamos a desatar la controversia en el seno de la Organización de Estados Americanos con motivo de la elección del nuevo Secretario General y, por convicción propia, contribuimos a que la idea del ALCA no muera, sino que se perfile nuevamente como una gran posibilidad. Nos acercamos al MERCOSUR, al G-3 y a la Comunidad Andina, a nuestro vecinos Colombia y Costa Rica, a México y a Venezuela, a la Comunidad Europea y al Asia, al igual que a los Estados Unidos".Es decir, Panamá busca ampliar el abanico de sus amigos y promover sus intereses en la comunidad internacional.
En todas partes, al país se le respeta y aprecia mucho más que antes, siendo un polo de atracción de inversiones, como resultado, entre otros factores, de una política exterior sana, coherente y seria, cuya eficacia no se puede negar, salvo por los espíritus radicales y sectarios empeñados en negarle a la nación dicho reconocimiento. Es una política exterior dedicada a promover el desarrollo nacional.

101 años de Panamá América

 
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