Ninni y los fantasmas de Venecia
Contrario a lo que aparenta, Venecia no es una ciudad fantasma. Es una hermosa ciudad vieja que esconde su antiguo esplendor como una “bella signora” cuyos afeites disimulan en vano las huellas de un pasado glorioso.
En el “sestieri” (barrio) de San Marco, a pocos metros de la Piazza y de su imponente Basílica, ubicado a la orilla del Gran Canal se alza el antiguo Palazzo Gritti (XVI), hoy convertido en un confortable y elegante hotel que en su momento ha hospedado personajes de la talla de Malraux, Stravinsky, Hemingway y del que Somerset Maugham ha dejado una reseña inolvidable. A la entrada, un grupo de gondoleros espera pacientemente.
Nos tocó un veneciano políglota, cincuentón, alto y fornido. Cubría su purísima y reluciente calva con el clásico sombrero adornado con cinta escarlata. Stefano relataba los misterios de cada calle, cada puente y cada casa, pero se excusó de cantar bajo la claridad de una errante luna, apenas embozada tras el tenue velo del anochecer. Pasear por los canales de Venecia es penetrar en un sueño del que no se quiere despertar.
En el siglo V el pueblo véneto que vivía en tierra firme en la región de Padova escapó de la invasión de los germanos longobardos refugiándose en las islas del Golfo de Venecia, la Gran Laguna, un conglomerado formado por el delta de los ríos Po y Piave en su desembocadura sobre el Adriático. Allí formaron un gobierno representativo al mando de un duxe o dogo. En el siglo IX se creó la Serenísima República. Desde entonces el carácter independiente y comercial del veneciano se expandió hasta dominar el norte de Italia y las vías comerciales entre Oriente y Occidente, para caer bajo la dominación napoleónica y aceptar luego su anexión a Italia.
Los puentes de Venecia son tan enigmáticos como su gente. Se dice que al cruzarlos Venecia cambia. El más famoso es el de Rialto. Elevado sobre el Gran Canal es el sitio estratégico para disfrutar de un paisaje inolvidable. También es muy bello el Puente de los Suspiros que une la antigua prisión con el Palacio Ducal. Es interesante la leyenda del puente della Latte. Cuentan que allí le cortaron las manos a un presunto asesino que se negó a confesar la causa del crimen, pero que al momento de la mutilación vio entre la multitud a su esposa y pidió besarla, en su lugar le arrancó la nariz de un mordisco.
Son muchas las leyendas de fantasmas y tan exóticas como las exquisitas máscaras utilizadas durante el famoso carnaval, cuando tras su decadencia, Venecia fue casino y burdel de Europa. Caminar de noche por sus calles nos vuelve al tiempo de la masonería, de la capa y la espada.
La mayoría de los viajeros recalan en la imponente Piazza San Marco. Yo lo hice en el Café dei Frari, bajo el retrato de Ninni, el hermosísimo gato siamés visitado por el Zar Alejandro III. Al despedirnos de Venecia, mientras el fantasma de Aznavour entonaba Venecia sin ti, saludé desde la góndola la vetusta ventana de Marco Polo.