Niños trabajadores
Al momento de deslindar las denuncias sobre abusos en el trabajo infantil en Coclé y Veraguas es menester tener presente la complejidad que representa el conflicto entre las costumbres ancestrales de tipo campesino y las normas laborales de origen urbano occidental. Si no se establece claramente la diferencia entre ambos patrones culturales, se puede llegar a conclusiones erróneas y, lo que es más grave, a responsabilizar a empresarios por costumbres familiares arraigadas en las etnias indígenas.
En las arcaicas colectividades campesinas, como el mir ruso, el callpulli mexicano o la etnia panameña, los niños forman parte de la unidad productiva familiar. A temprana edad participan en las faenas del campo no por abuso o explotación de terratenientes, sino por decisión del jefe de familia, que es el que involucra a sus hijos como parte de la mano de obra en las siembras o cosechas. No hay atisbo de trabajo forzado o de explotación inhumana del niño en esas circunstancias, como tampoco existe cuando todos los miembros de la familia indígena - padre, madre e hijos - descienden de sus apartadas regiones para trabajar en la cosecha del café en Chiriquí , en Coclé y Veraguas en la zafra azucarera o en Bocas del Toro en las plantaciones bananeras.
Muy distinta es la condición del niño de la ciudad, obligado a trabajar a temprana edad, para subsistir solo, sin recursos económicos, sin padres que trabajan a su lado, en condiciones onerosas para su salud, su educación, sus derechos humanos en general y que justifica que el gobierno panameño suscriba o ratifique los convenios de Unicef sobre abusos en el trabajo infantil. En el trabajo en el campo, impera el sentido de participación y unidad familiar, al contrario de lo que ocurre en la ciudad, donde la misma situación es síntoma de desintegración, irresponsabilidad y abandono.
La primera revolución industrial dejó lesiones en la conciencia colectiva del siglo diecinueve por los maltratos sufridos por menores de edad sometidos a una maquinaria ciega y deshumanizada de producción. Las novelas de Charles Dickens, "David Copperfield" en especial, legaron imágenes que fundamentaron los esfuerzos de varias generaciones de reformistas de la legislación laboral. Debemos ser cautelosos, sin embargo, en no confundir las fronteras de lo rural y lo urbano y tratar por igual al niño campesino y al niño de la ciudad, pues si lo hacemos concluiremos desfigurando y mal interpretando tradiciones seculares, creyendo que nuestra concepciones legalistas aprobadas en Ginebra o Nueva York puede reemplazar de un día para otro la realidad campesina de Coclé, Chiriquí o Veraguas.
En las arcaicas colectividades campesinas, como el mir ruso, el callpulli mexicano o la etnia panameña, los niños forman parte de la unidad productiva familiar. A temprana edad participan en las faenas del campo no por abuso o explotación de terratenientes, sino por decisión del jefe de familia, que es el que involucra a sus hijos como parte de la mano de obra en las siembras o cosechas. No hay atisbo de trabajo forzado o de explotación inhumana del niño en esas circunstancias, como tampoco existe cuando todos los miembros de la familia indígena - padre, madre e hijos - descienden de sus apartadas regiones para trabajar en la cosecha del café en Chiriquí , en Coclé y Veraguas en la zafra azucarera o en Bocas del Toro en las plantaciones bananeras.
Muy distinta es la condición del niño de la ciudad, obligado a trabajar a temprana edad, para subsistir solo, sin recursos económicos, sin padres que trabajan a su lado, en condiciones onerosas para su salud, su educación, sus derechos humanos en general y que justifica que el gobierno panameño suscriba o ratifique los convenios de Unicef sobre abusos en el trabajo infantil. En el trabajo en el campo, impera el sentido de participación y unidad familiar, al contrario de lo que ocurre en la ciudad, donde la misma situación es síntoma de desintegración, irresponsabilidad y abandono.
La primera revolución industrial dejó lesiones en la conciencia colectiva del siglo diecinueve por los maltratos sufridos por menores de edad sometidos a una maquinaria ciega y deshumanizada de producción. Las novelas de Charles Dickens, "David Copperfield" en especial, legaron imágenes que fundamentaron los esfuerzos de varias generaciones de reformistas de la legislación laboral. Debemos ser cautelosos, sin embargo, en no confundir las fronteras de lo rural y lo urbano y tratar por igual al niño campesino y al niño de la ciudad, pues si lo hacemos concluiremos desfigurando y mal interpretando tradiciones seculares, creyendo que nuestra concepciones legalistas aprobadas en Ginebra o Nueva York puede reemplazar de un día para otro la realidad campesina de Coclé, Chiriquí o Veraguas.