¡No!
TERMINADA la Segunda Guerra Mundial, todavía impresionado por sus trágicas consecuencias, Theodor Adorno, filósofo de la escuela de Francfort, formuló, en defensa de la libertad del individuo -entonces hecha añicos- la obligación que éste tiene de ejercerla negándose a conculcarla, particularmente cuando el Estado la vulnera, como en su época había sucedido en la Alemania nazi y como recientemente, durante la década infame, ocurrió en el cono sur. Esta "libertad negativa" a la que sus biógrafos, críticos y analistas se refieren, tiene en realidad un sentido positivo esencial: la fuerza de la resistencia.
En su último pequeño gran libro así titulado, Resistencia -un legado que todo padre consciente debiera leer antes de obsequiarlo a sus hijos- Ernesto Sábato les aconseja a los jóvenes armarse de valor para resistir los embates de una sociedad descarnada. Nos invita a decirle no a la sociedad del consumo compulsivo. El de la suprema levedad de la existencia. El de la ambición desmesurada por poseer y acopiar cosas o bienes superfluos e innecesarios. El del autismo social, procreador de los Forrest Gump y de los Hannibal Lecter. El del mercado negro de la corrupción, del vicio y de la pobreza marginal e intelectual. Trágicas consecuencias de una oferta ideológica mercantilista y entontecedora que sin advertirlo también consume, poco a poco, lo mejor de la vida y de los años de quienes sucumben a la avaricia del dinero y del poder.
Una sociedad que huye de una realidad demandante de valores humanos naturales, simples y universales, para perderse en la esquizofrenia del laberinto virtual -allí donde para amar a una mujer se debe presionar un botón y donde los jóvenes, para sentirse protegidos al calor de la familia, deben pertenecer a una pandilla- es una sociedad que se niega a ver el pantano en que se hunde lentamente. Cuando todo tiene precio, según el bribón que lo tasa, una vida humana puede costar el valor de una entrada al cine, un pase de coca, un par de zapatillas o el control del Estado.
Adorno y Sábato vivieron, salvadas la distancia y las proporciones, holocaustos similares. Uno, en los campos de concentración europeos, el otro fue depositario de miles de tragedias personales provocadas por un Estado criminal imbuido de la soberbia mesiánica que sólo la ignorancia, la crueldad y la demencia pueden compartir al mismo tiempo. La Historia se ha encargado de poner las cosas en su sitio y en la biblioteca interminable de la vida de los pueblos, detrás de El Archipiélago de Gulag, otro libro hay que nos retrata: Nunca Más.
No sólo la juventud vulnerable es la que debe resistir los embates de esta sociedad que aísla al individuo arrinconándolo en una habitación llena de comodidades y artefactos y donde la falta de una mano amiga ahonda el vacío de su ausencia. Somos los padres, los abuelos, los maestros, los amigos, los periodistas, la autoridad, los gobernantes, quienes debemos resistirnos a la vulgaridad cosificada con que el imaginario mediático nos transforma de seres humanos en entes autómatas, corriendo a toda prisa tras el sonido del cencerro de una Dolly programada a parir los clones del consumo.
La Francia del 68 dio a luz a los primeros hijos del psicoanálisis quienes arremetieron contra el muro de un "establishment" doblemente castrador, el de una sexualidad reprimida y el de una sociedad intelectualmente onanista que, hasta entonces, sólo atinó a debatir sus limitaciones políticas -las de la "Guerra Fría"- por la boca amenazante de los misiles nucleares, 75 mil de los cuales aún hoy, esperan salir a escena. Cuando cayó el muro de Berlín, se batió a uno de los enemigos y el mundo, desde entonces hemipléjico, anda dando tumbos.
Pues bien, los nietos del 68, en la Francia de hoy, han encendido la llama de esta falacia y han prendido fuego al enclenque andamiaje que la sostenía con teas hechas de las páginas escritas por sus voceros más insignes. Al decir del pensador serbio Slavoj Zizek - junto al alemán Peter Sloterdijk, son el furor intelectual europeo del momento- esta ola de violencia surge de una democracia ilusoria que ofrece al hombre una elección falsa. A mi modo de ver, eso sucede porque en un mundo rengo sólo pueden elegirse gobernantes cojos.
Así, el poder de decidir ya no reside en la reflexión, en el pensamiento libre, sino en la reacción, en la irreflexividad de los actos sin ideas, sin sustento ni causa. Actuar "porque sí", porque tengo el poder de hacerlo, porque me da la gana, instantáneamente, es como el reflejo de un espejo que nos devuelve la imagen de un ser desconocido bajo la forma de un yo extraño, sumido en la crueldad de este falso bienestar con el que la oferta imperial corporativa se solaza, nos arropa y alimenta. La violencia puede tener muchas madres: la ignorancia, la intolerancia, la crueldad, la pobreza, pero sólo puede ser engendrada por un mal padre: la injusticia social.
Llegó la hora de quitar el pie del acelerador y detenernos a un costado a pensar si el rumbo que llevamos es el correcto, de lo contrario, tengamos la suficiente responsabilidad ciudadana para señalarle a los demás que, ya como individuos o como sociedad, éste no es el camino soñado hacia el bien común y la paz social. ¡Claro que no!
En su último pequeño gran libro así titulado, Resistencia -un legado que todo padre consciente debiera leer antes de obsequiarlo a sus hijos- Ernesto Sábato les aconseja a los jóvenes armarse de valor para resistir los embates de una sociedad descarnada. Nos invita a decirle no a la sociedad del consumo compulsivo. El de la suprema levedad de la existencia. El de la ambición desmesurada por poseer y acopiar cosas o bienes superfluos e innecesarios. El del autismo social, procreador de los Forrest Gump y de los Hannibal Lecter. El del mercado negro de la corrupción, del vicio y de la pobreza marginal e intelectual. Trágicas consecuencias de una oferta ideológica mercantilista y entontecedora que sin advertirlo también consume, poco a poco, lo mejor de la vida y de los años de quienes sucumben a la avaricia del dinero y del poder.
Una sociedad que huye de una realidad demandante de valores humanos naturales, simples y universales, para perderse en la esquizofrenia del laberinto virtual -allí donde para amar a una mujer se debe presionar un botón y donde los jóvenes, para sentirse protegidos al calor de la familia, deben pertenecer a una pandilla- es una sociedad que se niega a ver el pantano en que se hunde lentamente. Cuando todo tiene precio, según el bribón que lo tasa, una vida humana puede costar el valor de una entrada al cine, un pase de coca, un par de zapatillas o el control del Estado.
Adorno y Sábato vivieron, salvadas la distancia y las proporciones, holocaustos similares. Uno, en los campos de concentración europeos, el otro fue depositario de miles de tragedias personales provocadas por un Estado criminal imbuido de la soberbia mesiánica que sólo la ignorancia, la crueldad y la demencia pueden compartir al mismo tiempo. La Historia se ha encargado de poner las cosas en su sitio y en la biblioteca interminable de la vida de los pueblos, detrás de El Archipiélago de Gulag, otro libro hay que nos retrata: Nunca Más.
No sólo la juventud vulnerable es la que debe resistir los embates de esta sociedad que aísla al individuo arrinconándolo en una habitación llena de comodidades y artefactos y donde la falta de una mano amiga ahonda el vacío de su ausencia. Somos los padres, los abuelos, los maestros, los amigos, los periodistas, la autoridad, los gobernantes, quienes debemos resistirnos a la vulgaridad cosificada con que el imaginario mediático nos transforma de seres humanos en entes autómatas, corriendo a toda prisa tras el sonido del cencerro de una Dolly programada a parir los clones del consumo.
La Francia del 68 dio a luz a los primeros hijos del psicoanálisis quienes arremetieron contra el muro de un "establishment" doblemente castrador, el de una sexualidad reprimida y el de una sociedad intelectualmente onanista que, hasta entonces, sólo atinó a debatir sus limitaciones políticas -las de la "Guerra Fría"- por la boca amenazante de los misiles nucleares, 75 mil de los cuales aún hoy, esperan salir a escena. Cuando cayó el muro de Berlín, se batió a uno de los enemigos y el mundo, desde entonces hemipléjico, anda dando tumbos.
Pues bien, los nietos del 68, en la Francia de hoy, han encendido la llama de esta falacia y han prendido fuego al enclenque andamiaje que la sostenía con teas hechas de las páginas escritas por sus voceros más insignes. Al decir del pensador serbio Slavoj Zizek - junto al alemán Peter Sloterdijk, son el furor intelectual europeo del momento- esta ola de violencia surge de una democracia ilusoria que ofrece al hombre una elección falsa. A mi modo de ver, eso sucede porque en un mundo rengo sólo pueden elegirse gobernantes cojos.
Así, el poder de decidir ya no reside en la reflexión, en el pensamiento libre, sino en la reacción, en la irreflexividad de los actos sin ideas, sin sustento ni causa. Actuar "porque sí", porque tengo el poder de hacerlo, porque me da la gana, instantáneamente, es como el reflejo de un espejo que nos devuelve la imagen de un ser desconocido bajo la forma de un yo extraño, sumido en la crueldad de este falso bienestar con el que la oferta imperial corporativa se solaza, nos arropa y alimenta. La violencia puede tener muchas madres: la ignorancia, la intolerancia, la crueldad, la pobreza, pero sólo puede ser engendrada por un mal padre: la injusticia social.
Llegó la hora de quitar el pie del acelerador y detenernos a un costado a pensar si el rumbo que llevamos es el correcto, de lo contrario, tengamos la suficiente responsabilidad ciudadana para señalarle a los demás que, ya como individuos o como sociedad, éste no es el camino soñado hacia el bien común y la paz social. ¡Claro que no!