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No debo callar


Con sorpresa y profundo malestar hemos recibido, los juristas panameños, la noticia procedente de Costa Rica, sobre la postulación que formula el Gobierno Nacional, de la candidatura de una jurista de aquel país. Los términos en que ha sido esbozada la información, causan al panameño repulsa, por cuanto que el hecho constituye una audaz negativa a la existencia en el foro panameño, de profesionales con los méritos y ejecutorias prácticas y académicas, elegibles para tan elevado cargo internacional.
Me resulta harto incomprensible que el Sr. Canciller pretenda justificar la decisión argumentando falta de interés en los panameños, lo cual no es realmente cierto. En cuanto a la posibilidad de ofrecer candidaturas, basta que se hubiese convocado seriamente a muchos de los juristas nacionales, con brillantes y envidiables hojas de vida como abogados y jueces, para analizar sus nombres y admitir que tenemos connotados miembros del foro, que prestigiarían la Corte Internacional Penal de Justicia. Lamentable ha sido el paso dado, no sólo por el desprecio que entraña hacia lo nacional, sino por el desconocimiento de la gama de profesionales idóneos, aptos y dignos de ser ubicados en tan distinguida magistratura. No pretendemos ni osaríamos desconocer los méritos de la ilustre colega costarricense nominada. Pero sería saludable saber cuándo convocó el Ministerio de Relaciones Exteriores a los panameños para dicho cargo, cómo se formularon las invitaciones, dónde se hizo el escrutinio para elegir al mejor calificado, y cuáles fueron los relevantes méritos sobre los nacionales, que percibieron en la Dra. Odio. Nos acercamos a cien años de separación de Colombia, ocasión que nos induce a pensar en el gestor de la nacionalidad panameña, Don Justo Arosemena, el más brillante jurista del siglo XIX, así como en Don Ricardo J. Alfaro, otra iluminaria del siglo XX, ambos ejemplos de amor a la patria en sus acciones y su dedicación a enaltecer y favorecer la causa panameña. Al escuchar la endeble justificación ofrecida por el Sr. Canciller, tuve la sensación de que se trata de un capricho y no de un acto reflexivo y dotado de sustento convincente.
La mayoría de los abogados panameños desconocen la trayectoria pública de Elizabeth Odio, quien ha ocupado cargos de importancia en el gobierno del vecino país. Me sumo al descontento general producido en clase forense por este desatino, porque se confirma una vez más mi afirmación de que carecemos de una asesoría en importantes asuntos de gestión gubernamental, con lo cual nos habríamos evitado el bochorno del rechazo por el Presidente Pacheco, de su connacional, que es la candidata de Panamá. Pareciera que no hubo consulta al más alto nivel, otro motivo de preocupación y de polémica nacional. Como abogado, no podría guardar silencio sin avalar un desaire el profesional panameño, lo que me obliga a expresar mi disconformidad con lo actuado.
Nuestra clase política tradicional, por su mal comportamiento, es responsable por ese abismo de credibilidad que sufre. Igual pagará, si no cambia, como han pagado otras clases políticas tradicionales, con las consecuencias que al olvidar el mal habito de la historia están penados a volver a vivirla. Lo crítico es que queda poco tiempo para cambiar la situación. La prolongación de la crisis económica, la continua erosión moral del país y el récord de comportamiento de la actual administración pública hacen muy difícil reversar la tendencia. Me temo que las posibilidades de detener el mal hábito de la historia y recurrir a fórmulas mágicas del pasado, a todo nivel de puesto de elección, son altas para la contienda electoral que se aproxima.
Recomienda a las parejas, documentarse, investigar en internet, pedir una opinión de su ginecólogo con respecto al especialista de infertilidad, luego ir a la consulta, disipar todas las dudas, y si no le gusta, buscar una segunda opinión.
Hoy en día bajo ningún concepto, en ninguna especialidad, tienen que hacer lo que el médico le diga sin estar informado. “El paciente tiene derecho a solicitar su diagnóstico, su pronóstico, sus laboratorios, a tener su expediente y al final decir: yo necesito el nombre de dos o tres personas para hablar con ellos, y el médico tiene que tener esa información”, afirmó Poveda.
Si le ofrece una tasa de embarazo de un 30 ó 40 por ciento debe saber cuántos ha hecho en el último año, y si le está garantizan un 30 por ciento y se lo ha hecho a 10 debe tener por lo menos tres parejas embarazadas, y eso es importante, reiteró.
Por último, en internet existen muchas corporaciones de pacientes que entre ellos mismos se enseñan y es bueno hablar con pacientes del mismo médico y de otros y compartir información y buscar ayuda psicológica.
“El problema de infertilidad es un problema devastador con las parejas y a veces nos olvidamos de esa parte. A veces se vuelve una obsesión. Hay personas que quizás no tendrían esa obsesión de tener hijos si no se les dice que no pueden y se vuelve una verdadera obsesión”, dijo el especialista.
“Los familiares presionan, los padres; es inclemente la presión social que hay sobre una pareja y al final la presión se vuelca muchas veces toda sobre la mujer, a pesar de que a lo mejor es el hombre y ella llega a sentirse que no es mujer si no tienen hijos, y esto obliga a las parejas a embarcarse en cualquier cosa, cualquier persona que le dé una luz de tratamiento”.
Poveda se refirió a la experiencia de los médicos fertilistas, la cual definió como dolorosa porque de cada 10 pacientes que tratan 3 se embarazan y 7 llegan al consultorio llorando.
En estos casos, afirma, el sangrado menstrual es algo horroroso. “A veces si hay semanas en que nadie se embaraza, la depresión lo contagia a uno; es muy difícil, muy difícil, porque no es como la otras partes de las medicina que hay una enfermedad y se le da tratamiento, en la infertilidad no ocurre así”, revela.
Si bien es una de las que más recompensa económicas da, el trabajo y la dedicación es la que más exige, dijo.

101 años de Panamá América

 
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