“ ¡No dispare, por favor!”
Fue en un momento trágico, cuando la persona asaltada en su automóvil, después de resistirse a bajarse, fue sacada a empujones del vehículo. Ella, arrodillada en el piso pedía a gritos al malhechor que no la matara. Se oyó el disparo, seco y ronco, con un eco malicioso que se coló por las casas del vecindario. Eran las once y media de la noche y la enfermera volvía a su casa, después de cumplir con su turno de trabajo. La madre de tres pequeños agonizaba en el suelo y el maleante tomó el carro y se fue huyendo a entregarlo a los mafiosos que lo vendieron a los pocos días. Acudieron a asistirla los vecinos y antes de morir, ella solamente susurraba el nombre de sus hijos.
Luto en una familia, llanto en tantos hogares, la violencia como una sombra helada tenebrosa, dibujando en el aire la silueta macabra de la muerte, se mete por los poros del cuerpo vivo de la sociedad, acabando con sueños y futuros, matrimonios e hijos, socavando los cimientos de la civilización. No se respeta la vida. No se valora, no se conoce, no se aprecia la existencia humana. ¡ Cuántos muertos, ¡ cuántas víctimas de gente despiadada, sin escrúpulos, que como endemoniados están segando las vidas de miles de personas.
“No dispare, por favor”, fue la súplica de la madre de tres niños al monstruo que la mató. Qué vacío en el hogar, qué dolor en los niños, orfandad radical, ya que vivían sin el papá que los había abandonado. Tener que pedir que no la mataran. ¿Pero qué derecho tiene alguien de quitarle la vida a otro? No hay razón ni autoridad en la tierra que pueda arrebatarle la vida a una persona, salvo en legítima defensa propia. Todo aquél que se atreva a hacer eso, se convierte inmediatamente en enemigo de Dios y reo de muerte eterna.
Matar a alguien es arrancarle salvajemente a la existencia una manifestación pura, perfecta, un compendio hermoso de lo que es la Vida. Es amputar un miembro del cuerpo social a dentelladas, como un perro rabioso que ensangrentado su hocico, se burla de la voluntad divina, que nos manda respetar la integridad de todo ser humano. Asesinar es golpear el corazón de Dios y atacar directamente a la fuente de la creación, destruyendo lo que el Señor con tanto amor realizó.
(Sigue el próximo sábado).