“¡No dispare, por favor!” (II)
Matar a una persona es conectar con Caín y todos los criminales de la historia, y unir las manos manchadas de sangre y levantarlas con el puño cerrado, retando al Dios de la Vida, creyendo que los crímenes quedarán impunes. ¡Nadie se escapa del tribunal de Dios! Asesinar es hacerse cómplice con Satanás y contribuir a la orgía de muerte violenta que como un reguero de sangre ha acompañado al ser humano durante toda su trayectoria en la tierra.
Matar a una persona es quitarle, robarle a la familia de los hijos de Dios un ser con sus cualidades intrínsecas y fuerzas originales que contribuían al desarrollo de la especie humana. Es alterar el orden divino que existe en toda la creación y que continuamente es afectado con las muertes violentas, que cortan sustancialmente la aportación histórica que todo ser humano hace. Y es que toda persona tiene su especial contribución en esta marcha ascendente de la humanidad y todo crimen ocasiona una pérdida para toda la creación que aspira a lo pleno y total. Respetar la vida, aún del peor criminal, sabiendo que Dios está en todos y que es el único que puede crear y tiene derecho a finalizar nuestro paso en la tierra, es norma absoluta.
Matar es detener, alterar el fluir de la vida en las personas, que en cadena luminosa transmite de una generación a otra la riqueza humana y espiritual que todo ser humano aporta. Quedan los niños sin recibir lo mejor de sus padres; los pueblos sin experimentar la contribución de sus líderes políticos, religiosos, empresariales y laborales. Todo porque a alguien, por codicia, venganza, intrigas sectarias, o para callar la verdad o saciar sus placeres morbosos, decide acabar con la existencia de un ser humano.
Cómo quedan truncados procesos de evolución de la conciencia, de entregas preciosas, de tareas nobles en la promoción del Bien Común, todo porque alguien seducido por las tinieblas, apretó el gatillo de una pistola, o mandó a matar a una víctima en manos de sicarios. En todo asesinato pierde la humanidad, pierde el criminal porque se envilece y llora Dios, porque se muere un hijo de sus entrañas y se trunca su plan de salvación. Pidamos al Señor nos haga respetar siempre la vida, ya que con Él somos invencibles.