No hay mal que dure.
Pocos serán los panameños y no panameños que no se hayan percatado de lo que ha venido sucediendo en esta semana del 22 al 28 de mayo.
"Ha crujido el barco". Por una lado, en ambiente pacífico desfilaron por la Asamblea, en el primer período del debate, numerosas representaciones formulando en muchos casos, sesudas consideraciones fruto de un estudio concienzudo de la ley de la Reforma y, consecuentemente, ofreciendo alternativas para que sean incluidas en las modificaciones a algunos de los 180 artículos de la ley. Francamente, no se puede hablar con propiedad si no se ha leído la misma y pareciera que, incluso los que tienen la responsabilidad de aprobarla, tampoco la manejan con expeditividad.
Creo que no es primera vez que vemos por la pantalla iconoscópica el desfile de personas no políticas y políticas, letrados y no letrados tratando de exponer los pro y los contra del proyecto de ley. Queda claro que la ley es necesaria e impopular, pero se agrava la tensión por el "método" con que la quieren aprobar, a tambor batiente. ¿Habrá otra manera? En medio de la buena intención de salvar el Seguro, las inconveniencias del aumento de la edad, la densidad de las cuotas y su aumento, simplemente no son potables. Se trata de una medida impopular que les va a costar políticamente no sólo al gobierno y sus legisladores, sino también a la oposición actual, cuya participación no ha sido muy brillante nada.
Por otro lado, el otro tipo de clima de violencia, desasosiego y vergüenza demuestra lo que en realidad somos a pesar de los skylines de Paitilla, adolecemos de un retraso colectivo y las modernidades que adornan la ciudad nos hacen creer que somos pequeños sí, pero entre los pequeños calificamos alto; no obstante, con señales de no haber crecido cívicamente y de querer seguir resolviendo los problemas primitivamente.
Primero, las manifestaciones estudiantiles y de universitarios rompiendo costosos semáforos y casetas de las paradas de buses. ¿Por qué lo hacían? ¿Quién los estimulaba? ¿ A quién quieren complacer con estos actuares? ¿Qué mejoría consiguen para los asegurados, destruyendo vehículos de personas que no tenían nada que ver en el asunto? Nos recuerda el famoso dicho de Thomas Hobbes: "Homo homini lupus" ("El hombre es un lobo para el hombre"). Nos trae a la memoria los vídeos de los félidos depredadores famosos del Animal Planet, en que impacta la ferocidad y su poder destructivo.
Segundo, la sorpresiva, recreativa, desorganizada, violenta y explosiva manifestación de los estudiantes de ambos sexos de los primeros ciclos de distinguidos planteles educativos, cuyo comportamiento ha dejado boquiabiertos a muchos espectadores, ya que hemos recibido un mensaje colectivo que no tiene nada que ver con la ley de la reforma del Seguro social, sino con muchos interrogantes sobre nuestro futuro como patria, y sobre el estado real de nuestro esfuerzo educativo con la millonaria inversión que está en juego en el campo de la educación; interrogante sobre la familia panameña donde quizás en muchos hogares bien constituidos por padres y madres honrados y sacrificados se encuentran con un hijo o hija rompiendo vidrieras y vandalizando automóviles ajenos; interrogante sobre la ya tan mentada crisis y derrumbe de valores, tras los malos ejemplos de funcionarios mostrando billetes al aire, fruto mal habido, y quedar impunes.
Tercero, la "madre de todas las manifestaciones" de distintos gremios que cívica y democráticamente marcharon ordenadamente hacia la Asamblea mezclados los de ideologías opuestas, unidos en el rechazo a aspectos de la ley en cuestión y que siendo tantos resulta un elemento impostergable, un factor esencial para la consideración de la validez o invalidez de la aprobación a tambor batiente de la ley que llaman de muerte, a pesar de que trata de salvar la vida del Seguro.
El asunto de los infiltrados con la consiguiente asonada es casi lugar común e inevitable no sólo en esta marcha sino en cualquiera marcha, incluso piadosa, en la que siempre no faltan los infiltrados con sus intenciones muy específicas. Sin embargo, nos atenemos al espíritu del dicho de que "no hay mal que dure cien años y ni enfermo que lo resista".
"Ha crujido el barco". Por una lado, en ambiente pacífico desfilaron por la Asamblea, en el primer período del debate, numerosas representaciones formulando en muchos casos, sesudas consideraciones fruto de un estudio concienzudo de la ley de la Reforma y, consecuentemente, ofreciendo alternativas para que sean incluidas en las modificaciones a algunos de los 180 artículos de la ley. Francamente, no se puede hablar con propiedad si no se ha leído la misma y pareciera que, incluso los que tienen la responsabilidad de aprobarla, tampoco la manejan con expeditividad.
Creo que no es primera vez que vemos por la pantalla iconoscópica el desfile de personas no políticas y políticas, letrados y no letrados tratando de exponer los pro y los contra del proyecto de ley. Queda claro que la ley es necesaria e impopular, pero se agrava la tensión por el "método" con que la quieren aprobar, a tambor batiente. ¿Habrá otra manera? En medio de la buena intención de salvar el Seguro, las inconveniencias del aumento de la edad, la densidad de las cuotas y su aumento, simplemente no son potables. Se trata de una medida impopular que les va a costar políticamente no sólo al gobierno y sus legisladores, sino también a la oposición actual, cuya participación no ha sido muy brillante nada.
Por otro lado, el otro tipo de clima de violencia, desasosiego y vergüenza demuestra lo que en realidad somos a pesar de los skylines de Paitilla, adolecemos de un retraso colectivo y las modernidades que adornan la ciudad nos hacen creer que somos pequeños sí, pero entre los pequeños calificamos alto; no obstante, con señales de no haber crecido cívicamente y de querer seguir resolviendo los problemas primitivamente.
Primero, las manifestaciones estudiantiles y de universitarios rompiendo costosos semáforos y casetas de las paradas de buses. ¿Por qué lo hacían? ¿Quién los estimulaba? ¿ A quién quieren complacer con estos actuares? ¿Qué mejoría consiguen para los asegurados, destruyendo vehículos de personas que no tenían nada que ver en el asunto? Nos recuerda el famoso dicho de Thomas Hobbes: "Homo homini lupus" ("El hombre es un lobo para el hombre"). Nos trae a la memoria los vídeos de los félidos depredadores famosos del Animal Planet, en que impacta la ferocidad y su poder destructivo.
Segundo, la sorpresiva, recreativa, desorganizada, violenta y explosiva manifestación de los estudiantes de ambos sexos de los primeros ciclos de distinguidos planteles educativos, cuyo comportamiento ha dejado boquiabiertos a muchos espectadores, ya que hemos recibido un mensaje colectivo que no tiene nada que ver con la ley de la reforma del Seguro social, sino con muchos interrogantes sobre nuestro futuro como patria, y sobre el estado real de nuestro esfuerzo educativo con la millonaria inversión que está en juego en el campo de la educación; interrogante sobre la familia panameña donde quizás en muchos hogares bien constituidos por padres y madres honrados y sacrificados se encuentran con un hijo o hija rompiendo vidrieras y vandalizando automóviles ajenos; interrogante sobre la ya tan mentada crisis y derrumbe de valores, tras los malos ejemplos de funcionarios mostrando billetes al aire, fruto mal habido, y quedar impunes.
Tercero, la "madre de todas las manifestaciones" de distintos gremios que cívica y democráticamente marcharon ordenadamente hacia la Asamblea mezclados los de ideologías opuestas, unidos en el rechazo a aspectos de la ley en cuestión y que siendo tantos resulta un elemento impostergable, un factor esencial para la consideración de la validez o invalidez de la aprobación a tambor batiente de la ley que llaman de muerte, a pesar de que trata de salvar la vida del Seguro.
El asunto de los infiltrados con la consiguiente asonada es casi lugar común e inevitable no sólo en esta marcha sino en cualquiera marcha, incluso piadosa, en la que siempre no faltan los infiltrados con sus intenciones muy específicas. Sin embargo, nos atenemos al espíritu del dicho de que "no hay mal que dure cien años y ni enfermo que lo resista".