No hay que confundir un árbol con el bosque
Cuando se logró el "Pacto de la Pintada", que frustró los planes del PRD para retener el control de la Asamblea Legislativa que tuvo durante la pasada administración, el país respiró aliviado.
El acuerdo, según versiones confiables, lo produjo la intervención directa de la entonces Presidenta Electa, quien tuvo la visión para anteponer a las aspiraciones de algunos miembros de su propio partido, empeñados en no ceder la presidencia de la Asamblea, la conveniencia estratégica de asegurar la neutralidad de ese órgano y otros objetivos de mayor importancia, como la elección del Contralor, la eliminación de la Sala Quinta, la ratificación de los directores de las entidades autónomas y la aprobación del Presupuesto de Rentas y Gastos para el año 2000.
El Pacto de la Pintada, lo sabíamos desde el principio, no está escrito en piedra y tampoco supone que las fuerzas políticas que lo respaldaron estén obligadas a apoyar incondicionalmente el gobierno que preside doña Mireya Moscoso.
Tal vez algunos sectores un tanto despistados, han querido ver en ese acuerdo una alianza para gobernar que no existe, olvidándose que sólo tiene un alcance limitado. Por lo menos, una de las fuerzas políticas que lo suscribieron y que es esencial para mantenerlo, como el Partido Demócrata Cristiano, ha reiterado que el acuerdo se circunscribe a la conformación de las directivas de la Asamblea y de sus comisiones permanentes.
Cuando tuve la oportunidad de comentar en un artículo anterior (El Panamá América, 7 de septiembre de 1999) sobre el advenimiento del Pacto de la Pintada, traté de destacar que su principal valor es su contribución a la gobernabilidad. De no haberse dado, el país hubiera entrado en un espiral de inestabilidad de imprevisibles consecuencias.
Igualmente, traté de destacar que la concreción del pacto dependió de que quienes lo suscribieron comprendieron el contrasentido histórico que hubiera significado haberse aliado al PRD o haberle allanado el camino para que dominara la Asamblea y la Contraloría General.
El pacto es conveniente para el gobierno y para los partidos de la Unión por Panamá, y también lo es para los partidos que hicieron causa común con los que apoyaron a Mireya Moscoso, pero, sobre todo, es conveniente para el país, y por eso, debe mantenerse, pues es la única forma de garantizar el clima de gobernabilidad necesario para que el país pueda funcionar.
Sin embargo, algunos nubarrones empañan el horizonte y ello mueve a preocupación. Tanto del lado del gobierno como del lado de los sectores que se sumaron para lograr el pacto, por momentos se pierde la perspectiva del valor que tiene mantenerlo. Y es lamentable que por factores de menor importancia puedan surgir diferencias que lo hagan peligrar o sucumbir, con los graves riesgos que eso implicaría.
La derogación del decreto-ley que estableció los llamados días puente, no tenía suficiente importancia como para provocar la confrontación que se dio en la Asamblea Legislativa. Y menos la tiene el hecho de que los legisladores del PRD la hubieran apoyado. Como ha quedado establecido, el tema no se cierra sino que se creará una comisión con todas las partes interesadas para que se estudie y recomiende una fórmula de consenso sobre los días puente. No se trata de una derogación pura y simple, pues se ha dejado la vía abierta para que se adopten criterios mejor pensados.
En esas circunstancias, parece excesiva la reacción de los dirigentes del PDC.
Nuestra clase política, en ocasiones, parece haber madurado para bien del país, que es lo que realmente cuenta, como ocurrió cuando se concretó el "Pacto de la Pintada", pero también con demasiada frecuencia nos envía señales preocupantes sobre su capacidad para asumir los retos que tiene planteados.
Un árbol es importante, pero no hay que confundirlo con el bosque.
El acuerdo, según versiones confiables, lo produjo la intervención directa de la entonces Presidenta Electa, quien tuvo la visión para anteponer a las aspiraciones de algunos miembros de su propio partido, empeñados en no ceder la presidencia de la Asamblea, la conveniencia estratégica de asegurar la neutralidad de ese órgano y otros objetivos de mayor importancia, como la elección del Contralor, la eliminación de la Sala Quinta, la ratificación de los directores de las entidades autónomas y la aprobación del Presupuesto de Rentas y Gastos para el año 2000.
El Pacto de la Pintada, lo sabíamos desde el principio, no está escrito en piedra y tampoco supone que las fuerzas políticas que lo respaldaron estén obligadas a apoyar incondicionalmente el gobierno que preside doña Mireya Moscoso.
Tal vez algunos sectores un tanto despistados, han querido ver en ese acuerdo una alianza para gobernar que no existe, olvidándose que sólo tiene un alcance limitado. Por lo menos, una de las fuerzas políticas que lo suscribieron y que es esencial para mantenerlo, como el Partido Demócrata Cristiano, ha reiterado que el acuerdo se circunscribe a la conformación de las directivas de la Asamblea y de sus comisiones permanentes.
Cuando tuve la oportunidad de comentar en un artículo anterior (El Panamá América, 7 de septiembre de 1999) sobre el advenimiento del Pacto de la Pintada, traté de destacar que su principal valor es su contribución a la gobernabilidad. De no haberse dado, el país hubiera entrado en un espiral de inestabilidad de imprevisibles consecuencias.
Igualmente, traté de destacar que la concreción del pacto dependió de que quienes lo suscribieron comprendieron el contrasentido histórico que hubiera significado haberse aliado al PRD o haberle allanado el camino para que dominara la Asamblea y la Contraloría General.
El pacto es conveniente para el gobierno y para los partidos de la Unión por Panamá, y también lo es para los partidos que hicieron causa común con los que apoyaron a Mireya Moscoso, pero, sobre todo, es conveniente para el país, y por eso, debe mantenerse, pues es la única forma de garantizar el clima de gobernabilidad necesario para que el país pueda funcionar.
Sin embargo, algunos nubarrones empañan el horizonte y ello mueve a preocupación. Tanto del lado del gobierno como del lado de los sectores que se sumaron para lograr el pacto, por momentos se pierde la perspectiva del valor que tiene mantenerlo. Y es lamentable que por factores de menor importancia puedan surgir diferencias que lo hagan peligrar o sucumbir, con los graves riesgos que eso implicaría.
La derogación del decreto-ley que estableció los llamados días puente, no tenía suficiente importancia como para provocar la confrontación que se dio en la Asamblea Legislativa. Y menos la tiene el hecho de que los legisladores del PRD la hubieran apoyado. Como ha quedado establecido, el tema no se cierra sino que se creará una comisión con todas las partes interesadas para que se estudie y recomiende una fórmula de consenso sobre los días puente. No se trata de una derogación pura y simple, pues se ha dejado la vía abierta para que se adopten criterios mejor pensados.
En esas circunstancias, parece excesiva la reacción de los dirigentes del PDC.
Nuestra clase política, en ocasiones, parece haber madurado para bien del país, que es lo que realmente cuenta, como ocurrió cuando se concretó el "Pacto de la Pintada", pero también con demasiada frecuencia nos envía señales preocupantes sobre su capacidad para asumir los retos que tiene planteados.
Un árbol es importante, pero no hay que confundirlo con el bosque.