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No a la agresión, no a la represión, sí al humanismo


El 9 de enero, mientras reflexionaba sobre los lamentables acontecimientos que ocurrieron en nuestro país hace treinta y seis años y sobre la invasión de los Estados Unidos a Panamá en diciembre de 1989, decidí escribir este artículo, el cual representa una reflexión crítica y nuestra postura con respecto a los conceptos que encabezan este escrito.
Después de más de medio siglo de existencia, de 25 años de ejercer la psicología y 18 años de docencia universitaria, comprobamos una vez más que la violencia sólo engendra violencia y la represión es una bomba de tiempo que coarta la libertad del ser humano, el don más preciado que tenemos, después de la vida.
La violencia, la agresión y la represión no solamente atentan contra la libertad, sino contra la vida misma y contra su plena expresión, desarrollo y manifestaciones.
Freud, ese gran creador del psicoanálisis, nos habla de los instintos de vida y de muerte (eros y thánatos); Fromm, de manera similar, plantea la dicotomía biofilia-necrofilia; es decir, la tendencia (o amor, como dice él) hacia la vida y la tendencia hacia la muerte. En su obra "El corazón del hombre", nos dice que "la ética biófila tiene su propio principio del bien y del mal. Bueno es todo lo que sirve a la vida; malo, todo lo que sirve a la muerte".
Independientemente de que compartamos totalmente o no las ideas de Freud y de Fromm, concordamos con ellos en que hay que defender la vida y la libertad. La libertad para que el ser humano luche por sus derechos y no los mendigue, como decía José Martí, sino que los exija.
Por eso, si condenamos la agresión externa, también repudiamos la violencia interna (doméstica). No estamos de acuerdo en que los panameños seamos lobos de los panameños (retomando las ideas de Hobbes), menos ahora que hemos logrado una de nuestras más caras aspiraciones nacionalistas, la reversión de la franja canalera, antigua zona del canal o región Interoceánica, como se le llama ahora, y la consolidación de la soberanía panameña en todo su territorio.
Los panameños tenemos que luchar en pro de los panameños y no en contra de ellos; es decir, de nosotros mismos. Nuestros enemigos comunes son el desempleo, el hambre, el analfabetismo, la falta de viviendas, etc., sin distinción de raza, credo religioso e ideología política. Debemos concertar nuestras voluntades y luchar todos juntos para vencer esos enemigos. Hagamos la lucha a la guerra con la paz, como decía Romain Rolland y caminemos con Ghandi profesando la resistencia pacífica, sin claudicar en la lucha por nuestros ideales, el reconocimiento de nuestros derechos y la satisfacción de nuestras necesidades fundamentales.
Exhortamos a la presidenta Mireya Moscoso y a su equipo de gobierno a no caer en el error de reprimir a su pueblo, ese pueblo que la obligó porque creyó y sigue creyendo en ella y en sus principios e ideales y que lucha por satisfacer sus necesidades más apremiantes.
Algunas personas han manifestado que hay que reprimir a los que se manifiestan o protestan en las calles porque se sienten oprimidos, discriminados o postergados, o de lo contrario evolucionaremos hacia un estado de anarquía. Esa no es la solución correcta, pues el remedio sería peor que la enfermedad y, además, no resolvería el problema a los gobiernos dictatoriales, militares o civiles. No podemos esperar resolver en unos cuantos meses los problemas que se han gestado durante casi cien años y más (que heredamos desde los tiempos de la colonia).
Actuemos con cordura, con inteligencia, no sólo cognoscitiva sino emocional, edifiquemos y construyamos al Panamá y al panameño que queremos, con un enfoque y una visión humanista y caminemos juntos hacia el nuevo milenio.

101 años de Panamá América

 
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