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No a las guerras


El Presidente George Bush se ha tomado una vez más las atribuciones de juez universal para decidir sobre el bien y el mal. Ha repetido a menudo que independientemente de lo que digan las Naciones Unidas, él está dispuesto a atacar militarmente a Irak. Entonces, ¿con qué autoridad moral puede censurar a otros países por no acatar las decisiones de este organismo mundial? Claramente es la ley del embudo. Lo ancho para mí y lo estrecho para mis enemigos.
Cuando estas líneas vean la luz pública, ya se habrá realizado en numerosas ciudades del mundo, incluyendo grandes urbes norteamericanas, gigantescas marchas a favor de la paz y en contra de la guerra porque, prescindiendo de que Hussein no sea ningún santo, su caída no se compensa con una guerra que puede terminar siendo un holocausto mundial.
De parte de la Iglesia Católica, Juan Pablo II, y las conferencias episcopales de Estados Unidos, de Italia y de otros países se han sumado a las fuerzas vivas del mundo que buscan soluciones negociadas a los problemas de Irak.
A mi juicio, en Panamá estamos cometiendo un grave error al alinearnos incondicionalmente a Estados Unidos en el asunto de Irak. La presencia en nuestro país de un canal interoceánico nos debe mover hacia una verdadera neutralidad, pues de lo contrario vamos a pagar, por desgracia, un precio que no deberíamos pagar.
En el caso de la guerra colombiana, nuestro protagonismo en la reciente reunión de presidentes, en cuya declaración inexplicablemente no se mencionó la matanza de Darién, también puede causarnos futuros males a nosotros y a nuestro canal. Por esto, al igual que en el caso de Irak, decimos "No a la guerra".
El problema de esta postura no es que en muchos sectores esto sea algo ideologizado, pues también lo son las posiciones pro guerra. ¿Qué significa que un problema sea ideologizado en el sentido negativo de esta palabra? Significa el pensar y sentir que todo lo que venga de una parte es malo y todo lo que venga de la otra es bueno según mi ideología. Es la falta de objetividad. Ciertamente que ser objetivo no es fácil cuando me están hiriendo profundamente. Y a esto podemos sumar que la ideología esconde muy a menudo determinados intereses económicos y políticos.
Tenemos que luchar contra el terrorismo porque es uno de los grandes males de la humanidad. Pero tenemos que luchar igualmente contra sus causas más profundas que son las injusticias sociales que hacen que los países fuertes y ricos opriman a los débiles y pobres.
A esto último lo podríamos llamar "terrorismo institucional o estructural". Y si, por ejemplo, el terrorismo de ETA en España, con toda razón nos indigna y nos asusta, también deberían indignarnos las políticas de los grandes, llámense países o consorcios económicos internacionales. Una de las diferencias más notorias entre uno y otro terrorismo está en que el primero es sorpresivo y por lo tanto puede ocurrir en cualquier parte y en cualquier momento, y el otro es permanente y suele existir casi siempre en los mismos lugares. Tal vez por eso ante el primero se reacciona fuertemente y ante el segundo predomina un grado no pequeño de indiferencia.
Panamá, lo repetimos, debe abstenerse de todo intento de protagonismo en luchas que directamente no son suyas. Nos parece bien que firmemos convenios internacionales contra el terrorismo, pero sin protagonismos de ningún tipo que laceren lo que debe ser fundamental en nosotros para defender nuestro canal y nuestra propia vida nacional. Esto se llama neutralidad verdadera y de fondo.

101 años de Panamá América

 
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