default

No olvidar las lecciones de la historia


Por lo que hicieron en el ayer, los pueblos no pueden existir recostados en el pasado, ya que la vida es exigencia, es reclamo, es apremio. Y en ella estamos con nuestras grandezas y flaquezas; nuestras virtudes y defectos; nuestra pequeñez que nos ubica a veces por conducta en las gradas más bajas de la escala zoológica o nuestra grandeza que nos acerca a Dios, en tanto criaturas formadas a imagen y semejanza suya. Saber comprender la historia y seguir el mandato de ella, ¡cuánto importa! Inmersos en la vorágine de la existencia no atinamos, a tener noción del hoy y perspectiva del mañana.
La experiencia vivida por el pueblo panameño nos ha enseñado a civiles y militares, el valor de la democracia, que si bien no es perfecta, es susceptible de perfeccionamiento y por ello será siempre la forma condigna de existencia humana. Pero no olvidemos y tengamos presente que la irrupción de los militares en 1968, fue producto de un proceso de acumulación que hizo crisis causado por la terrible superficialidad de una "democracia" controlada por una minoría oligárquica deshumanizada, egoísta y entreguista, que insistía en mantener sus privilegios en detrimento de la inmensa mayoría. Esta democracia debilitada por su vacua formalidad, que dio igualmente origen a un proceso acumulador de etapas desestabilizadoras que generaron de forma invariable un profundo descontento social.
Al margen de la necesaria búsqueda de responsabilidades históricas, lo esencial consiste en aprender las lecciones que la historia nos ha dejado, de los errores, ya que el pasado puede servirnos para esclarecer el futuro, afinando lo positivo y rectificando lo negativo. Y para ello es importante entender que el perfeccionamiento de la democracia demanda una conciencia social crítica y una voluntad inquebrantable de participación activa.
Al revisar la historia vemos que la independencia nacional y el progreso social nunca han sido el fruto de la acción aislada de ningún gobierno, sino el resultado de la firmeza teórica, la honradez política y la perseverancia sacrificada de toda comunidad. Es así que podemos apreciar que el destino no está hecho; se construye todos los días, sin odios, sin venganzas, sin renunciamientos. En ese sentido, los panameños juntos debemos trabajar por construir un nuevo tiempo histórico, donde el país no sólo conserve su irrenunciable derecho a autodeterminarse, sino a ejercer su función protagónica en el ejercicio de una auténtica democracia participativa, sin exclusiones de ningún tipo.
La historia nos revela cuánto hace el hombre por superar sus limitaciones y el progreso, como constante, en su afirmación irrefutable. La dinámica caracteriza la vida de los pueblos y el pueblo panameño debe de hacer de ella gestión fecunda, ya que hay un país que no pide... ¡demanda y exige con justo derecho!... no la indiferencia como respuestas de su gobernante, sino el coraje, la decisión firme y sabia, la entereza de ser y trascender.
Un gobierno serio no hace del cumplimiento de su deber, motivo de demagogia ni de encubrimiento de errores, corrupciones, improvisación, acciones indebidas, por justificación de posturas personales. La Majestad de la Nación no puede ser pretexto o tarima de vanidades. Sus problemas vitales deben ser abordados con responsabilidad y seriedad republicana, ya que para ganar la auténtica estabilidad democrática hay que conquistarla día a día, sentando bases sólidas que le permitan transitar con seguridad y sin sobresaltos. Para ello es necesario ir más allá del simple formalismo. Es menester ir de la hondura del análisis y de la sugerencia de medidas, a la concretización de las mismas.
Lamentablemente en nuestro país, como herencia de un pasado que aún es presente, hemos caído en el debate político superficial, en el que las malquerencias personales o los enconos facciosos sustituyen al democrático discrepar ideológico y al debate serio de los problemas sustanciales del país.
Un gobierno serio debe sustentarse fundamentalmente en una sólida y concensuada base programática y en postulados perfectamente determinados. Ser un gobierno con liderazgo y claridad histórica de lo que se debe y puede hacer, en el y por el país. Debe procurar en todo momento representar al hombre panameño y considerarlo destinatario de su gestión.
Las democracias no deben ni pueden ser débiles. Y en ese sentido, el gobierno de la señora Presidenta Mireya Moscoso, con la fuerza del derecho y de su origen popular, no debe confundir libertad con anarquía, crítica con irrespeto, poder político con prepotencia e irresponsabilidad, tolerancia con abulia, pues los principios valen por sí y no por condicionamiento a determinadas doctrinas políticas o partidarias. Creemos y por ello así lo recomendamos, que el más firme aporte a la estabilidad democrática es impulsar con firmeza el proceso de cambio económico-social, que constituye el único afianzamiento serio de la democracia en cualquier país.
Es medular procurar un Panamá unido, más unido, más fuerte y más solidario, que partiendo de todo aquello que nos une como Nación, pueda ir superando poco a poco lo que nos divide y tomemos el firme y difícil decisión de ver y vivir la vida de otra forma, coadyuvando entre todos con nuestro trabajo y buena voluntad, a desarrollar y a colocar a la Nación a la altura de los países que han tenido acertada visión de futuro promisorio lleno de expectativas y oportunidades, que en esencia será el mejor regalo que dejaremos a las futuras generaciones de panameños.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América