No preste los libros, regálelos
“Al que presta un libro, hay que cortarle un dedo; y al que devuelve un libro que le hayan prestado, hay que cortarle la mano”. (Proverbio árabe).
Cuando volvemos a leer un libro que ya habíamos leído, es cuando nos damos cuenta lo valioso que es conservarlos para retornar a ellos y, una vez más, nutrirnos con su mensaje y enseñanzas, al igual que percatarnos de todo lo que pasamos por alto en la lectura inicial o que hubiésemos olvidado.
Creo que ésta es una de las razones de ser de las bibliotecas personales, así como de la política de préstamos de libros de las bibliotecas públicas.
En este asunto de los prestamos de libros, es cuando se pone en evidencia que realmente la amnesia existe y todo el que haya prestado un libro (¿y quién no?), me entenderá aunque no me logre explicar como debo.
En las bibliotecas públicas tienen métodos de control y de “represalias” sutiles, las cuales no tendrían mayor impacto si se aplicaran a título personal, ya que el asunto no inhibiría al coleccionista de libros puesto que, no trascendería más allá de la relación estrecha entre el ingenuo y el “juega libro” (sí, no es un error de teclado, es así como lo está leyendo: “juega libro”, por “juega vivo”, obviamente).
Sin embargo, creo haber encontrado la solución a este problema de posesión y usufructo, al menos a nivel de los libros. Cada vez que alguien presta un libro, comienza a hilvanarse ese proceso mental paralelo en el que una de las partes sabe que, lo más probable, no le será devuelto; y la otra, que no lo devolverá. Diría que es un proceso del subconsciente, y sin ningún ángulo previo de maldad o estafa preconcebida, se diría que fluye naturalmente. Prueba de ello es el gesto sorpresivo del receptor, cuando al estilo de la “excepción confirma la regla” (recurso en el que se refugiaban los profesores de Español ante las incongruencias de las normativas del idioma), le devuelven un libro que hubiese prestado. Contrasta con el gesto de satisfacción del que lo retorna. Quizás no le gustó y, por ende, no quiso aumentar su average de libros “prestados” a su biblioteca nutrida con “aportes involuntarios”.
222Cada vez que alguien presta un libro, comienza a hilvanarse ese proceso mental paralelo en el que una de las partes sabe que, lo más probable, no le será devuelto; y la otra, que no lo devolverá.
La solución creo que es sencilla: como el proceso mental de no devolver los libros que nos prestan pareciera que emana de ese concepto de “préstamo” (recordar lo que ocurre cuando se trata de dinero), hay que superar la definición y que el asunto se tramute a un “obsequio”. Sí, así como suena. Cuando alguien le pida un libro prestado, no se lo preste “regáleselo” y solicítele que, en el mismo momento, a su vez, el peticionario le “regale” un libro que sea similarmente valioso e interesante. No permita, bajo ninguna circunstancia, que el peticionario le diga que va a su casa a buscarlo; usted no entregue el suyo hasta que el otro vuelva con el “regalo”.
Superada la sorpresa inicial del peticionario frente a esta nueva fórmula, que le impide sicológica y pragmáticamente consumar el “libricidio”, ya que no es lo mismo el deleite intelectual de aplicar el método con su definición tradicional de “juega libro”, que estar bajo la impresión de que hemos caído en una contracelada que implica una eventual reciprocidad.
La otra sutileza de la premisa queda establecida aclarando que, si en algún momento, una de las partes quiere volver a obsequiar a su dueño original el libro que le han regalado, el otro, tácitamente, estará en la obligación también de obsequiar el libro que le habían regalado a él.
El lector se sorprenderá de lo efectivo del método. Además, si un día ve en la biblioteca de un amigo, uno de sus libros que le obsequió, lo hará con la tranquilidad que sienten los padres cuando envían a uno de sus hijos a un intercambio de familia, en el cual su hijo será tratado con las mismas deferencias que él trata al visitante.
Hagan la prueban, no presten más libros. Regálenlos, quizás (tampoco el método es infalible), los vuelva a leer...
Cuando volvemos a leer un libro que ya habíamos leído, es cuando nos damos cuenta lo valioso que es conservarlos para retornar a ellos y, una vez más, nutrirnos con su mensaje y enseñanzas, al igual que percatarnos de todo lo que pasamos por alto en la lectura inicial o que hubiésemos olvidado.
Creo que ésta es una de las razones de ser de las bibliotecas personales, así como de la política de préstamos de libros de las bibliotecas públicas.
En este asunto de los prestamos de libros, es cuando se pone en evidencia que realmente la amnesia existe y todo el que haya prestado un libro (¿y quién no?), me entenderá aunque no me logre explicar como debo.
En las bibliotecas públicas tienen métodos de control y de “represalias” sutiles, las cuales no tendrían mayor impacto si se aplicaran a título personal, ya que el asunto no inhibiría al coleccionista de libros puesto que, no trascendería más allá de la relación estrecha entre el ingenuo y el “juega libro” (sí, no es un error de teclado, es así como lo está leyendo: “juega libro”, por “juega vivo”, obviamente).
Sin embargo, creo haber encontrado la solución a este problema de posesión y usufructo, al menos a nivel de los libros. Cada vez que alguien presta un libro, comienza a hilvanarse ese proceso mental paralelo en el que una de las partes sabe que, lo más probable, no le será devuelto; y la otra, que no lo devolverá. Diría que es un proceso del subconsciente, y sin ningún ángulo previo de maldad o estafa preconcebida, se diría que fluye naturalmente. Prueba de ello es el gesto sorpresivo del receptor, cuando al estilo de la “excepción confirma la regla” (recurso en el que se refugiaban los profesores de Español ante las incongruencias de las normativas del idioma), le devuelven un libro que hubiese prestado. Contrasta con el gesto de satisfacción del que lo retorna. Quizás no le gustó y, por ende, no quiso aumentar su average de libros “prestados” a su biblioteca nutrida con “aportes involuntarios”.
222Cada vez que alguien presta un libro, comienza a hilvanarse ese proceso mental paralelo en el que una de las partes sabe que, lo más probable, no le será devuelto; y la otra, que no lo devolverá.
La solución creo que es sencilla: como el proceso mental de no devolver los libros que nos prestan pareciera que emana de ese concepto de “préstamo” (recordar lo que ocurre cuando se trata de dinero), hay que superar la definición y que el asunto se tramute a un “obsequio”. Sí, así como suena. Cuando alguien le pida un libro prestado, no se lo preste “regáleselo” y solicítele que, en el mismo momento, a su vez, el peticionario le “regale” un libro que sea similarmente valioso e interesante. No permita, bajo ninguna circunstancia, que el peticionario le diga que va a su casa a buscarlo; usted no entregue el suyo hasta que el otro vuelva con el “regalo”.
Superada la sorpresa inicial del peticionario frente a esta nueva fórmula, que le impide sicológica y pragmáticamente consumar el “libricidio”, ya que no es lo mismo el deleite intelectual de aplicar el método con su definición tradicional de “juega libro”, que estar bajo la impresión de que hemos caído en una contracelada que implica una eventual reciprocidad.
La otra sutileza de la premisa queda establecida aclarando que, si en algún momento, una de las partes quiere volver a obsequiar a su dueño original el libro que le han regalado, el otro, tácitamente, estará en la obligación también de obsequiar el libro que le habían regalado a él.
El lector se sorprenderá de lo efectivo del método. Además, si un día ve en la biblioteca de un amigo, uno de sus libros que le obsequió, lo hará con la tranquilidad que sienten los padres cuando envían a uno de sus hijos a un intercambio de familia, en el cual su hijo será tratado con las mismas deferencias que él trata al visitante.
Hagan la prueban, no presten más libros. Regálenlos, quizás (tampoco el método es infalible), los vuelva a leer...