No todos piensan así
Por lo general, un megalómano tiende a pensar que la sociedad piensa como él. Y si no, entonces apela a razones inverosímiles con tal de que piense como él, ría cuando ríe él, aunque sus chistes sean malos; o se enoje cuando se enoja él, aunque nadie sienta ira. Eso fue lo que, al parecer, pasó con el presidente venezolano Hugo Chávez cuando, a raíz de la crisis colombo-ecuatoriana, montó en cólera y, de un plumazo, ordenó estacionar en la frontera colombo-venezolana 10 batallones de tanques. A la medida sumó improperios contra el mandatario colombiano Álvaro Uribe, al término de crear una antesala de guerra.
Pero si Latinoamérica nunca había visto cómo ríe un fanfarrón, Chávez dio el mejor ejemplo, y el agredido Uribe la mejor conducta de un hombre que sabe que le asiste la razón, que tiene definido un objetivo claro y que nadie, por más amenazas o insultos que le lance, podrá hacer cambiar. Es claro que con los epitetos contra Uribe y las poses de izquierdista radical que adoptó, Chávez ocultaba una conducta en torno a su colaboración con las FARC, sobre la cual debe una explicación a la región.
Si algo le debió quedar en claro al jefe del Palacio de Miraflores es que el idealismo del continente no estira hasta donde lo quisiera llevar él.