Noble iniciativa
He manifestado en repetidas ocasiones que existe una simbiosis entre la política de un país y la cultura del mismo. La primera, en teoría, es la ciencia o arte de gobernar un Estado y procurar de esa forma el mejor bienestar para sus asociados. La otra, por su parte, es el conjunto de creencias, comportamientos, lenguajes y todo aquello que encierra el complejo modo de vida de un grupo de personas enmarcadas dentro de un período de tiempo en particular, su precisa ubicación geográfica, o en una combinación de ambas condiciones.
A pesar de esa correlación que demandan ambos temas, prevalece aún en nuestro medio el erróneo concepto de que la cultura -mal apoyada por la práctica de una política mediocre- es la emanación de un minúsculo y privilegiado grupo que la sustenta, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general.
Hace una semana, sin embargo, se hizo pública la intención del Instituto Nacional de Cultura para contribuir, dentro de la medida de sus posibilidades, a solucionar parte de tan delicado asunto. Gracias a una feliz iniciativa del profesor Rafael Ruiloba, director de la institución que nos ocupa, se establecieron tres nuevos premios nacionales de literatura con el ánimo, no sólo de incentivar la producción poética en nuestro medio, sino también de recordar a importantes personajes de las letras panameñas.
Así las cosas, el primero de estos galardones- dirigido a fomentar el arte infantil, sea éste producido en verso o prosa, y cuya completa ejecución se llevará a cabo en Chiriquí - evocará la memoria de Esther María Osses. El segundo -denominado Premio Nacional de Poesía Ricardo J. Bermúdez, asunto que se efectuará cada 21 de marzo para celebrar el día asignado a tan noble oficio- persigue mantener el recuerdo vivo de quien dedicara su vida entera al enaltecimiento de la cultura en la República de Panamá. El INAC denominó la tercera distinción como Premio Literario Pedro Correa Vásquez, otra recordación merecida y que además persigue alentar la creación poética en nuestro medio.
De esta forma, el Instituto Nacional de Cultura ha hecho gala de que honrar honra. Motivar la creación literaria, a la vez que mantener vivo el recuerdo de estos ilustres panameños, es un esfuerzo digno de todo elogio. Son, precisamente, estas acciones en algunas instituciones gubernamentales -entes políticos por excelencia y cuya meta primordial no debiera ser otra que buscar el mejoramiento general de sus asociados- lo que contribuyen a fortalecer ese pacto subjetivo que yace entre la conducción del Estado y la cultura de ese mismo pueblo que se dice representar.
Frente a la dolorosa desaparición de doña Dora P. de Zárate, luto grande y que hoy guardan mudos la saloma y el socavón, me permito sugerir al profesor Rafael Ruiloba -además de su equipo de trabajo dentro del INAC- que interponga sus buenos oficios a fin de instaurar nuevamente la celebración de la Semana del Maíz y que el Festival de la Mejorana, asunto hermoso y que fortalece cada año las raíces de nuestra nacionalidad, sea promovido con la seriedad que tan importante evento amerita.
Infortunadamente, muchos de nuestros valores actuales tienen su origen en una personería internacional inmensamente más fuerte e influyente que la nuestra, a la vez que poco asimilada por la mayoría de la población que desconoce la verdadera esencia que la misma representa. Por tal motivo -a mi juicio- permanecemos inmersos dentro de un limbo malsano que impide llegar a ser mejores por voluntad y tradiciones propias.
Dicho lo anterior, y basado en la noble iniciativa que motivó este escrito, formulo votos para que la cohesión cultural entre los diferentes grupos que componen la nación panameña sea el garante gestor de un producto final mucho más auténtico y refinado a ése que hoy tenemos.
A pesar de esa correlación que demandan ambos temas, prevalece aún en nuestro medio el erróneo concepto de que la cultura -mal apoyada por la práctica de una política mediocre- es la emanación de un minúsculo y privilegiado grupo que la sustenta, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general.
Hace una semana, sin embargo, se hizo pública la intención del Instituto Nacional de Cultura para contribuir, dentro de la medida de sus posibilidades, a solucionar parte de tan delicado asunto. Gracias a una feliz iniciativa del profesor Rafael Ruiloba, director de la institución que nos ocupa, se establecieron tres nuevos premios nacionales de literatura con el ánimo, no sólo de incentivar la producción poética en nuestro medio, sino también de recordar a importantes personajes de las letras panameñas.
Así las cosas, el primero de estos galardones- dirigido a fomentar el arte infantil, sea éste producido en verso o prosa, y cuya completa ejecución se llevará a cabo en Chiriquí - evocará la memoria de Esther María Osses. El segundo -denominado Premio Nacional de Poesía Ricardo J. Bermúdez, asunto que se efectuará cada 21 de marzo para celebrar el día asignado a tan noble oficio- persigue mantener el recuerdo vivo de quien dedicara su vida entera al enaltecimiento de la cultura en la República de Panamá. El INAC denominó la tercera distinción como Premio Literario Pedro Correa Vásquez, otra recordación merecida y que además persigue alentar la creación poética en nuestro medio.
De esta forma, el Instituto Nacional de Cultura ha hecho gala de que honrar honra. Motivar la creación literaria, a la vez que mantener vivo el recuerdo de estos ilustres panameños, es un esfuerzo digno de todo elogio. Son, precisamente, estas acciones en algunas instituciones gubernamentales -entes políticos por excelencia y cuya meta primordial no debiera ser otra que buscar el mejoramiento general de sus asociados- lo que contribuyen a fortalecer ese pacto subjetivo que yace entre la conducción del Estado y la cultura de ese mismo pueblo que se dice representar.
Frente a la dolorosa desaparición de doña Dora P. de Zárate, luto grande y que hoy guardan mudos la saloma y el socavón, me permito sugerir al profesor Rafael Ruiloba -además de su equipo de trabajo dentro del INAC- que interponga sus buenos oficios a fin de instaurar nuevamente la celebración de la Semana del Maíz y que el Festival de la Mejorana, asunto hermoso y que fortalece cada año las raíces de nuestra nacionalidad, sea promovido con la seriedad que tan importante evento amerita.
Infortunadamente, muchos de nuestros valores actuales tienen su origen en una personería internacional inmensamente más fuerte e influyente que la nuestra, a la vez que poco asimilada por la mayoría de la población que desconoce la verdadera esencia que la misma representa. Por tal motivo -a mi juicio- permanecemos inmersos dentro de un limbo malsano que impide llegar a ser mejores por voluntad y tradiciones propias.
Dicho lo anterior, y basado en la noble iniciativa que motivó este escrito, formulo votos para que la cohesión cultural entre los diferentes grupos que componen la nación panameña sea el garante gestor de un producto final mucho más auténtico y refinado a ése que hoy tenemos.