Nos quedan los recuerdos
En un miércoles de cenizas, quiero presentar un recuerdo, lindo y agradable hacia una persona muy especial, no sólo para mí sino para muchos que la quisimos y supimos apreciar su labor y su desprendimiento.
Marta Estela Vallarino se ha ido, pero deja el ejemplo de lucha contra los males y lo negativo; lucha para enseñarnos a ser positivos en todo momento y encontrar en cada detalle lo que hiciera feliz nuestra existencia. Para ella lo más importante era la vida, vivir con una sonrisa permanente y el apasionamiento que ponía en los actos de su vida.
La conocí a través de su madre con quien, a pesar de la diferencia de edad, fuimos grandes amigas. La conocí mientras estudiaba en Buenos Aires y congeníamos a través de los años. Mujer también excepcional. Cuando regresé a Panamá graduada de médico, me envió el ramo de rosas rojas más hermoso, y fue el primero. A lo largo de esa amistad conocí a su hija y, más tarde entablamos una hermosa amistad. La ayudé en lo que me fue posible en su labor contra una enfermedad que no pudo vencerla, porque se impuso sobre el mal que le aquejaba.
Fue una persona sencilla y comprensiva que sólo pensaba en la labor a favor del Instituto Oncológico y sus enfermos. Lo último que me informó fue que ya el Oncológico sería un hospital de docencia para formar médicos en esa especialidad que son pocos y no pueden atender la gran demanda de pacientes. Para esto, justamente fue que hizo una gran donación con un desprendimiento digno de elogio porque le preocupaba la deficiencia en el número de especialistas en el hospital.
Tenía todas las preocupaciones posibles con esa institución. Por esto, quiero solicitar al Ministro de Salud que haga lo que esté a su alcance para que se cumplan esas inquietudes como son un Patronato como el que maneja los hospitales Santo Tomás y del Niño para que marche mejor. De ese modo, los patrones, que representan a diferentes organizaciones, trabajarán con independencia y con la seguridad de que la autonomía se respetará.
La solicitud que me hizo de conseguirle una cita con el Ministro, lo conversé hace unos días con él y me prometió darla. Así se lo comuniqué, lo que la alegró enormemente. Sólo Dios sabe por qué le deparó otro destino, pero insistiré en que se cumplan sus deseos para bien de la atención de salud de sus pacientes oncológicos.
La partida de esta amiga, a la que no veremos más, pero recordaremos su ejemplo, no debe ser motivo de tristeza sino de alegría por haber tenido en el país una persona como ella. Quienes tuvimos el placer de conocerla y gozar de su amistad, debemos reír porque así lo hacía ella siempre. No quisiera vernos llorar ni mostrar tristeza en nuestros rostros porque ella diría: "Gracias Dios por darnos vida, por darnos mente para guardar recuerdos y sentimientos para servir a los demás".
Hagamos lo que ella deseaba; trabajemos en su memoria y ayudemos a que su labor se prolongue sin su presencia, porque sería el mejor homenaje que podemos rendirle. A eso iba. Son personas especiales que dejan cosas especiales; pero unamos esfuerzos y sirvamos a quienes nos necesitan y, quien pueda hacerlo, tome el relevo de su obra para que no se pierda en el vacío. ¿A quién le tocará? Sólo sus asistentes en la obra lo saben. Animo para seguir y para ser felices de que está donde merecer descansar.
Los 14 de febrero gustaba llevar serenata a los enfermos del Oncológico y se cantaba y se tocaban instrumentos que daban a esas personas un momento de alegría dentro de sus preocupaciones. Este año, a pesar de ser su despedida en la tarde, su hijo Alberto cumplió con esa misión para brindarle el placer de cumplir con lo que ella no pudo.
Amiga, quiero que sepas que te recordaremos sin lágrimas, sin pesares, con la alegría de haber sido parte de tu existencia y haber sentido lo que nos ofreciste con tu fuerza. Que Dios te ayude a enseñarnos el camino a seguir para continuar tu labor.
(marisin@movistar.com.pa)
Marta Estela Vallarino se ha ido, pero deja el ejemplo de lucha contra los males y lo negativo; lucha para enseñarnos a ser positivos en todo momento y encontrar en cada detalle lo que hiciera feliz nuestra existencia. Para ella lo más importante era la vida, vivir con una sonrisa permanente y el apasionamiento que ponía en los actos de su vida.
La conocí a través de su madre con quien, a pesar de la diferencia de edad, fuimos grandes amigas. La conocí mientras estudiaba en Buenos Aires y congeníamos a través de los años. Mujer también excepcional. Cuando regresé a Panamá graduada de médico, me envió el ramo de rosas rojas más hermoso, y fue el primero. A lo largo de esa amistad conocí a su hija y, más tarde entablamos una hermosa amistad. La ayudé en lo que me fue posible en su labor contra una enfermedad que no pudo vencerla, porque se impuso sobre el mal que le aquejaba.
Fue una persona sencilla y comprensiva que sólo pensaba en la labor a favor del Instituto Oncológico y sus enfermos. Lo último que me informó fue que ya el Oncológico sería un hospital de docencia para formar médicos en esa especialidad que son pocos y no pueden atender la gran demanda de pacientes. Para esto, justamente fue que hizo una gran donación con un desprendimiento digno de elogio porque le preocupaba la deficiencia en el número de especialistas en el hospital.
Tenía todas las preocupaciones posibles con esa institución. Por esto, quiero solicitar al Ministro de Salud que haga lo que esté a su alcance para que se cumplan esas inquietudes como son un Patronato como el que maneja los hospitales Santo Tomás y del Niño para que marche mejor. De ese modo, los patrones, que representan a diferentes organizaciones, trabajarán con independencia y con la seguridad de que la autonomía se respetará.
La solicitud que me hizo de conseguirle una cita con el Ministro, lo conversé hace unos días con él y me prometió darla. Así se lo comuniqué, lo que la alegró enormemente. Sólo Dios sabe por qué le deparó otro destino, pero insistiré en que se cumplan sus deseos para bien de la atención de salud de sus pacientes oncológicos.
La partida de esta amiga, a la que no veremos más, pero recordaremos su ejemplo, no debe ser motivo de tristeza sino de alegría por haber tenido en el país una persona como ella. Quienes tuvimos el placer de conocerla y gozar de su amistad, debemos reír porque así lo hacía ella siempre. No quisiera vernos llorar ni mostrar tristeza en nuestros rostros porque ella diría: "Gracias Dios por darnos vida, por darnos mente para guardar recuerdos y sentimientos para servir a los demás".
Hagamos lo que ella deseaba; trabajemos en su memoria y ayudemos a que su labor se prolongue sin su presencia, porque sería el mejor homenaje que podemos rendirle. A eso iba. Son personas especiales que dejan cosas especiales; pero unamos esfuerzos y sirvamos a quienes nos necesitan y, quien pueda hacerlo, tome el relevo de su obra para que no se pierda en el vacío. ¿A quién le tocará? Sólo sus asistentes en la obra lo saben. Animo para seguir y para ser felices de que está donde merecer descansar.
Los 14 de febrero gustaba llevar serenata a los enfermos del Oncológico y se cantaba y se tocaban instrumentos que daban a esas personas un momento de alegría dentro de sus preocupaciones. Este año, a pesar de ser su despedida en la tarde, su hijo Alberto cumplió con esa misión para brindarle el placer de cumplir con lo que ella no pudo.
Amiga, quiero que sepas que te recordaremos sin lágrimas, sin pesares, con la alegría de haber sido parte de tu existencia y haber sentido lo que nos ofreciste con tu fuerza. Que Dios te ayude a enseñarnos el camino a seguir para continuar tu labor.
(marisin@movistar.com.pa)