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Nota a dos amigos


En repetidas ocasiones he mencionado que escribir no es fácil, especialmente si uno pretende mantener la objetividad por encima de todo aquello que resulte caprichoso y subjetivo. Escribir, si lo que se persigue es plantear cuestiones de manera constructiva en vez de destruir sistemáticamente sin aportar nada a cambio, resulta oficio abnegado y cuya recompensa no es otra que la motivación del lector para que incursione dentro de los diferentes temas que se proponen durante un ciclo en particular.
El martes 7 de agosto, este diario publicó dos escritos cuyos párrafos más relevantes pretendo destacar hoy. Los abogados Humberto Ricord (La ultradegradación institucional en Panamá) y Miguel Antonio Bernal (Carta abierta al juez Garzón) plantean, desde ángulos diferentes, el serio deterioro moral que aqueja a la nación panameña.
¿"A quiénes nos dirigimos y por qué escribir? Sencillamente, porque somos panameños y nos duelen y nos alegran las venturas y las desventuras que pasan por nuestra vista y que estremecen nuestro cerebro". Con este introito, Humberto Ricord profundizó en el claro conflicto de competencia entre la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Electoral suscitado - gracias a sortilegios legales de difícil sustentación constitucional - en el caso de supuesta corrupción y revocatoria de mandato contra el legislador Carlos Afú.
Por su parte, Miguel Antonio Bernal estructuró su reflexión en torno a las nocivas intromisiones que se dan entre los órganos del Estado al mencionar que "es innegable la creciente inseguridad jurídica para los ciudadanos y cuando los valores básicos - que requiere toda sociedad - son desplazados para entronizar el irrespeto y la burla de los derechos que tenemos ante las autoridades". Dentro del mismo marco de referencia agregó: "En mi condición de catedrático de Derecho Constitucional observo, con pesar, la decisión de nuestro más alto tribunal de justicia de no suspender una decisión administrativa que lesiona el patrimonio de la República de Panamá en más de mil doscientos millones de balboas, con el peregrino argumento de que la parte beneficiada en ese acto - producto de una innegable desviación de poder - va a invertir 200 millones de balboas".
¿Cuál será la cuestión ética que atosiga a ambos juristas? Según el abogado Ricord, el problema pareciera delinearse en que "no existe rincón del país, ni segmento social del mismo, que no sienta, reflexiva o intuitivamente, la hondura y el peso gravoso de las condiciones críticas prevalecientes, que nos victiman desde todos los ángulos de la complicada estructura societaria panameña". Acto seguido añade: "ahora estamos recibiendo y padeciendo lo sembrado nacionalmente en las diez últimas décadas. Naturalmente que hay partes positivas en ese legado, pero son mayores, mucho mayores, la cantidad y la calidad del saldo negativo y crítico".
En otras palabras, pero con el mismo contenido, Miguel Antonio Bernal acotó que la visita del juez Garzón "nos ayuda a llenar un vacío en nuestra sociedad que se caracteriza por la falta de principios, la ausencia de responsabilidad social y de respeto por la condición humana de la que hacen gala la casi totalidad de los magistrados y jueces, procuradores y fiscales y los que, desde los órganos del Estado o desde el ejercicio de la profesión de abogado u otras, vulneran con su corrupción cualquier sistema jurídico, político o social".
Por lo antes mencionado sólo puedo expresarle a estos dos amigos que, mientras más se aporte para corregir ese malsano comportamiento que carcome la salud ética del país, habrá esperanza de forjar una nación mejor para todos los que aquí habitamos.
"No se hace buen pan con mala masa", solía decir mi padre. Quizás, y apelando al optimismo como cura al desarreglo moral que aqueja a la República de Panamá, valdría la pena no desperdiciar nada de esa levadura buena de que hacen gala el par de escritos que hoy me he permitido comentar.

101 años de Panamá América

 
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