Nuestro futuro
La posición geográfica de Panamá -un Istmo que por muchos siglos ha atraído diversas corrientes culturales, económicas, étnicas y políticas- ha sido un factor determinante en lograr que los panameños seamos un pueblo astuto, inteligente y sofisticado.
Desafortunadamente, en la imposición de sus designios sobre el Istmo, hasta ahora estas cualidades no han sido obstáculo para el gobierno de Estados Unidos, porque se ha valido de la clase dominante en Panamá. De generación en generación, Washington ha comprado, intimidado, lavado el cerebro y manipulado a quienes detentan el poder en nuestro país. Aunque jamás ha logrado engañar al pueblo panameño, sus tácticas han tenido éxito en la medida en que para ello se han prestado algunos istmeños vendepatrias, carentes de conciencia cívica y dignidad.
Hoy, el gobierno de Estados Unidos es la principal fuente de desestabilización en Panamá. Por una parte se protesta en las calles contra las alzas de tarifas de electricidad y telefonía por instituciones que fueron privatizadas a instancias de Washington con la complicidad del gobierno PRD, encabezado por Ernesto Pérez Balladares. Por otra parte, debido a que Pérez Balladares y su gobierno no asumieron la obligación que les competía de elaborar un plan para la defensa de la integridad territorial nacional, la paz en nuestra Patria viene siendo sacudida por las pretensiones de Estados Unidos de mantener una presencia militar en Panamá después de la transferencia del Canal. Somos un pueblo inteligente, astuto y sofisticado. Sabemos que el Canal es indefendible militarmente. Es más, definir al Canal como un objetivo militar provoca ataques terroristas contra el mismo. Vulnerable en toda su extensión, incluyendo el caudal de los ríos que lo alimentan, la única protección que tiene el Canal de Panamá es su dedicación al comercio mundial y su neutralidad.
Hoy, la terquedad y la inescrupulosidad del gobierno de Estados Unidos demuestran con claridad dramática que la lucha de este pueblo por la soberanía y la integridad nacional jamás tendrá fin. De generación en generación los panameños serán sometidos a presiones por parte de fuerzas aviesas, tanto nacionales como extranjeras, que buscan hacer un mal uso de la posición geográfica de nuestro país.
Aunque la lucha del pueblo panameño por vivir en una nación libre y soberana, en país decente donde impera la ley y la justicia, será continua, el futuro de la Patria depende de nosotros, porque la posición que adoptemos ante los retos de hoy sentará las pautas a seguir por las generaciones venideras.
Tan ciertas hoy como lo fueron en esa oportunidad son las palabras pronunciadas por el presidente Arnulfo Arias Madrid en su discurso de juramentación el primero de octubre de 1968: "Debemos tener presente que la fuente de nuestra autoridad para resolver nuestros problemas internacionales reside en nosotros mismos. Mal pueden tener solución nuestras divergencias con otros países, si no nos revestimos de autoridad moral y si no procedemos con acierto a poner primero nuestra casa en orden.
La equidad prudente y la autoridad atinada deben tener comienzo en nosotros mismos, porque esto es lo que nos hace respetar por parte de los demás países, y lo que le da fuerza a nuestros argumentos y reclamos. Tenemos que vivir dentro del orden a fin de no sólo tener el derecho sino también la autoridad para exigir que se nos reconozca lo que nos corresponde" (La Estrella de Panamá 3 de octubre de 1968).
Es imprescindible desarrollar nuestras propias defensas culturales, económicas, políticas y sociales. Hay que fortalecer a nuestra democracia y promover el civismo y el amor patrio. En todos los niveles de nuestra sociedad, hay que estimular la responsabilidad. Tenemos que desterrar la corrupción. Hay que inculcar el concepto de que todo gobierno tiene que dar cuenta pública del uso que hace del erario y contestar con prontitud y veracidad a los cuestionamientos que le hacen.
Necesitamos un sistema judicial que sea garantía para todos y unas fuerzas policiales honradas y eficaces. Es impostergable elevar el nivel de educación de la población infundiendo, además de información, los valores que mantienen a una sociedad sana. Hay que incluir en los proyectos de desarrollo, con voz y voto, al tercio de nuestra población que vive en la miseria.
No se trata de que un sector de la sociedad imponga su criterio sobre otros, sino de que todos y cada uno de los ciudadanos participen activamente en la formulación de preguntas y el cumplimiento de respuestas que se acuerde dar a distintos problemas. Cada individuo, cada familia, cada escuela y cada oficina pública, los partidos políticos, las empresas privadas, las organizaciones cívicas y religiosas, en fin, toda la sociedad panameña, debe participar activamente en la defensa de la Patria.
La solución a nuestros problemas exige, ni más ni menos, una revolución social. Es un reto formidable el que confrontamos, pero con la ayuda de Dios, compenetrados por el amor fraternal que nos debemos como hermanos, y dedicados a preservar todo lo bueno que representa nuestra Patria, podemos vencer. ¡Viva Panamá!
Desafortunadamente, en la imposición de sus designios sobre el Istmo, hasta ahora estas cualidades no han sido obstáculo para el gobierno de Estados Unidos, porque se ha valido de la clase dominante en Panamá. De generación en generación, Washington ha comprado, intimidado, lavado el cerebro y manipulado a quienes detentan el poder en nuestro país. Aunque jamás ha logrado engañar al pueblo panameño, sus tácticas han tenido éxito en la medida en que para ello se han prestado algunos istmeños vendepatrias, carentes de conciencia cívica y dignidad.
Hoy, el gobierno de Estados Unidos es la principal fuente de desestabilización en Panamá. Por una parte se protesta en las calles contra las alzas de tarifas de electricidad y telefonía por instituciones que fueron privatizadas a instancias de Washington con la complicidad del gobierno PRD, encabezado por Ernesto Pérez Balladares. Por otra parte, debido a que Pérez Balladares y su gobierno no asumieron la obligación que les competía de elaborar un plan para la defensa de la integridad territorial nacional, la paz en nuestra Patria viene siendo sacudida por las pretensiones de Estados Unidos de mantener una presencia militar en Panamá después de la transferencia del Canal. Somos un pueblo inteligente, astuto y sofisticado. Sabemos que el Canal es indefendible militarmente. Es más, definir al Canal como un objetivo militar provoca ataques terroristas contra el mismo. Vulnerable en toda su extensión, incluyendo el caudal de los ríos que lo alimentan, la única protección que tiene el Canal de Panamá es su dedicación al comercio mundial y su neutralidad.
Hoy, la terquedad y la inescrupulosidad del gobierno de Estados Unidos demuestran con claridad dramática que la lucha de este pueblo por la soberanía y la integridad nacional jamás tendrá fin. De generación en generación los panameños serán sometidos a presiones por parte de fuerzas aviesas, tanto nacionales como extranjeras, que buscan hacer un mal uso de la posición geográfica de nuestro país.
Aunque la lucha del pueblo panameño por vivir en una nación libre y soberana, en país decente donde impera la ley y la justicia, será continua, el futuro de la Patria depende de nosotros, porque la posición que adoptemos ante los retos de hoy sentará las pautas a seguir por las generaciones venideras.
Tan ciertas hoy como lo fueron en esa oportunidad son las palabras pronunciadas por el presidente Arnulfo Arias Madrid en su discurso de juramentación el primero de octubre de 1968: "Debemos tener presente que la fuente de nuestra autoridad para resolver nuestros problemas internacionales reside en nosotros mismos. Mal pueden tener solución nuestras divergencias con otros países, si no nos revestimos de autoridad moral y si no procedemos con acierto a poner primero nuestra casa en orden.
La equidad prudente y la autoridad atinada deben tener comienzo en nosotros mismos, porque esto es lo que nos hace respetar por parte de los demás países, y lo que le da fuerza a nuestros argumentos y reclamos. Tenemos que vivir dentro del orden a fin de no sólo tener el derecho sino también la autoridad para exigir que se nos reconozca lo que nos corresponde" (La Estrella de Panamá 3 de octubre de 1968).
Es imprescindible desarrollar nuestras propias defensas culturales, económicas, políticas y sociales. Hay que fortalecer a nuestra democracia y promover el civismo y el amor patrio. En todos los niveles de nuestra sociedad, hay que estimular la responsabilidad. Tenemos que desterrar la corrupción. Hay que inculcar el concepto de que todo gobierno tiene que dar cuenta pública del uso que hace del erario y contestar con prontitud y veracidad a los cuestionamientos que le hacen.
Necesitamos un sistema judicial que sea garantía para todos y unas fuerzas policiales honradas y eficaces. Es impostergable elevar el nivel de educación de la población infundiendo, además de información, los valores que mantienen a una sociedad sana. Hay que incluir en los proyectos de desarrollo, con voz y voto, al tercio de nuestra población que vive en la miseria.
No se trata de que un sector de la sociedad imponga su criterio sobre otros, sino de que todos y cada uno de los ciudadanos participen activamente en la formulación de preguntas y el cumplimiento de respuestas que se acuerde dar a distintos problemas. Cada individuo, cada familia, cada escuela y cada oficina pública, los partidos políticos, las empresas privadas, las organizaciones cívicas y religiosas, en fin, toda la sociedad panameña, debe participar activamente en la defensa de la Patria.
La solución a nuestros problemas exige, ni más ni menos, una revolución social. Es un reto formidable el que confrontamos, pero con la ayuda de Dios, compenetrados por el amor fraternal que nos debemos como hermanos, y dedicados a preservar todo lo bueno que representa nuestra Patria, podemos vencer. ¡Viva Panamá!