Nuestro Panamá
Narra la historia que para el tiempo de la conquista, los soldados españoles se hacían acompañar de perros de raza "alana", grandes, elásticos y feroces. Animales que no sólo eran entrenados para matar al indio, sino para satisfacer su apetito en los despojos humanos que quedaran. Gran crueldad, sin duda, azuzar animales contra personas para contemplar un festín diabólico de desgarramiento y carnicería humana.
Pero la naturaleza del hombre, contra la cual se debe siempre estar alerta, se nutre también del momento histórico en que se vive. De allí que, durante tiempos de guerra, pacíficos campesinos que sólo sabían empuñar un azadón, se convierten en perfectas máquinas de guerra, capaces de cometer las peores atrocidades, cambiando la herramienta de arado por un fusil mortal. Se da todo lo contrario, sin embargo, en climas que propician la paz y la concertación, y es precisamente en esos momentos históricos en que el espíritu de unidad de los pueblos los hace surgir y progresar.
Bajo la circunstancias actuales en las que vivimos, convertidos ya en una verdadera metrópoli; con cientos de transeúntes y vehículos; problemas de desarrollo urbanístico y de suministro de agua; temas necesarios de reingeniería de infraestructuras obsoletas y otras tantas miles de circunstancias que se despliegan a lo largo de esta explosión de progreso; todo esto, digo, lleva al hombre a adoptar roles que antes no habría imaginado. El campesino que sólo ve a lo lejos un progreso que no llega a su comunidad, imagina en los centros urbanos el destino de sus anhelos; el hombre citadino, irónicamente, comienza a sentir nostalgia por la tranquilidad y el silencio que ya no existe, y envidia la vida que lleva el interiorano.
Los partidos políticos comienzan también a recibir la inyección de nuevas corrientes progresistas, que buscan un balance entre el deber social que les atañe y la importancia de no convertirse en un lastre que frene el desarrollo. Todo cambia.
Sin embargo, entre esa ola que renueva y vivifica la vida política de los partidos, queda enmarañada y envuelta la sucia resaca de la mentalidad que desune; como defecto congénito, se mantiene constante entre las corrientes políticas, con el único propósito de dividir, de dispersar y de romper lo que se busca unir. Esa mentalidad que se mantiene viva sólo con la disputa, ha sido entrenada como los canes "alanos" de los conquistadores, a desgarrar, aniquilar y consumir despojos fragmentados. No queremos ver que los partidos políticos se conviertan en un foco de infección que propicie la peste de la desunión precisamente en momentos en los que se requiere todo lo contrario.
En tiempos como los actuales, donde la visión del hombre panameño debe ser una sola hacia el progreso, en una marcha uniforme que hace del grupo un solo ser imbatible, hay que buscar por encima de todo, la concordia y el consenso.
La capital de Panamá ya no es ya esa remota villa de pescadores con la que a principios del siglo XVI se topó Pedrarias Dávila; es una enmarañada urbe de complejidad inusitada que reclama, en la búsqueda de soluciones, el esfuerzo y sacrificio conjunto de todo sector e individuo pensante, al margen de su afiliación política.
Es hora ya de ver con buenos ojos cualquier intento de conciliación y de unificación de criterios, siempre que vaya más allá de la sola avenencia de intereses partidista y que tenga como norte el bienestar nacional. Como sociedad responsable, sólo debemos confiar el poder a hombres y mujeres que busquen la concertación entre todos los sectores del país como una evidente y necesaria prioridad.
Lo anterior es preocupante, ya que según el censo del año 2000, el corregimiento de 24 de Diciembre tiene una población de 40 mil 520 habitantes, correspondiente a 20 mil 520 hombres y 19 mil 990 mujeres.
Es evidente que hay problemas en ese sector.
A diario los moradores deben tomar las "chivas" que cuestan B/.0.25 y que llegan hasta El Parador en Pedregal, para abordar otro bus que los traslade a la ciudad o el centro.
Incluso varios moradores de la 24 de Diciembre contaron que debido al problema en la escasez de los buses han tenido que recurrir a los de Tocumen.
Se trata de personas que vieven en el límite entre los dos corregimientos.
Ellos han tenido que hacer caminos para llegar por el transporte en Tocumen.
"Siempre pasan llenos y no brindan el servicio después de las 10: 00 de la noche por eso tenemos que cruzarnos a Tocumen", dijeron varios moradores molestos.
La Ley No. 13 de febrero de 2002 crea el corregimiento, separándolo de Pacora.
Y es que al parecer el único logro que han tenido es el ensanche de la vía desde el Hotel Riande a la Rubén Darío Paredes.
Pero la naturaleza del hombre, contra la cual se debe siempre estar alerta, se nutre también del momento histórico en que se vive. De allí que, durante tiempos de guerra, pacíficos campesinos que sólo sabían empuñar un azadón, se convierten en perfectas máquinas de guerra, capaces de cometer las peores atrocidades, cambiando la herramienta de arado por un fusil mortal. Se da todo lo contrario, sin embargo, en climas que propician la paz y la concertación, y es precisamente en esos momentos históricos en que el espíritu de unidad de los pueblos los hace surgir y progresar.
Bajo la circunstancias actuales en las que vivimos, convertidos ya en una verdadera metrópoli; con cientos de transeúntes y vehículos; problemas de desarrollo urbanístico y de suministro de agua; temas necesarios de reingeniería de infraestructuras obsoletas y otras tantas miles de circunstancias que se despliegan a lo largo de esta explosión de progreso; todo esto, digo, lleva al hombre a adoptar roles que antes no habría imaginado. El campesino que sólo ve a lo lejos un progreso que no llega a su comunidad, imagina en los centros urbanos el destino de sus anhelos; el hombre citadino, irónicamente, comienza a sentir nostalgia por la tranquilidad y el silencio que ya no existe, y envidia la vida que lleva el interiorano.
Los partidos políticos comienzan también a recibir la inyección de nuevas corrientes progresistas, que buscan un balance entre el deber social que les atañe y la importancia de no convertirse en un lastre que frene el desarrollo. Todo cambia.
Sin embargo, entre esa ola que renueva y vivifica la vida política de los partidos, queda enmarañada y envuelta la sucia resaca de la mentalidad que desune; como defecto congénito, se mantiene constante entre las corrientes políticas, con el único propósito de dividir, de dispersar y de romper lo que se busca unir. Esa mentalidad que se mantiene viva sólo con la disputa, ha sido entrenada como los canes "alanos" de los conquistadores, a desgarrar, aniquilar y consumir despojos fragmentados. No queremos ver que los partidos políticos se conviertan en un foco de infección que propicie la peste de la desunión precisamente en momentos en los que se requiere todo lo contrario.
En tiempos como los actuales, donde la visión del hombre panameño debe ser una sola hacia el progreso, en una marcha uniforme que hace del grupo un solo ser imbatible, hay que buscar por encima de todo, la concordia y el consenso.
La capital de Panamá ya no es ya esa remota villa de pescadores con la que a principios del siglo XVI se topó Pedrarias Dávila; es una enmarañada urbe de complejidad inusitada que reclama, en la búsqueda de soluciones, el esfuerzo y sacrificio conjunto de todo sector e individuo pensante, al margen de su afiliación política.
Es hora ya de ver con buenos ojos cualquier intento de conciliación y de unificación de criterios, siempre que vaya más allá de la sola avenencia de intereses partidista y que tenga como norte el bienestar nacional. Como sociedad responsable, sólo debemos confiar el poder a hombres y mujeres que busquen la concertación entre todos los sectores del país como una evidente y necesaria prioridad.
Lo anterior es preocupante, ya que según el censo del año 2000, el corregimiento de 24 de Diciembre tiene una población de 40 mil 520 habitantes, correspondiente a 20 mil 520 hombres y 19 mil 990 mujeres.
Es evidente que hay problemas en ese sector.
A diario los moradores deben tomar las "chivas" que cuestan B/.0.25 y que llegan hasta El Parador en Pedregal, para abordar otro bus que los traslade a la ciudad o el centro.
Incluso varios moradores de la 24 de Diciembre contaron que debido al problema en la escasez de los buses han tenido que recurrir a los de Tocumen.
Se trata de personas que vieven en el límite entre los dos corregimientos.
Ellos han tenido que hacer caminos para llegar por el transporte en Tocumen.
"Siempre pasan llenos y no brindan el servicio después de las 10: 00 de la noche por eso tenemos que cruzarnos a Tocumen", dijeron varios moradores molestos.
La Ley No. 13 de febrero de 2002 crea el corregimiento, separándolo de Pacora.
Y es que al parecer el único logro que han tenido es el ensanche de la vía desde el Hotel Riande a la Rubén Darío Paredes.