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Nuestro pasado electoral


En días pasados, por gentil invitación del Tribunal Electoral, asistí a la presentación de la obra "Justicia Electoral" del reconocido historiador Jorge Conte Porras. En esa obra se reseñan varios de los desafortunados eventos electorales que por la frecuencia con que se daban, habían llegado a convertirse en verdaderas normas de nuestra vida política, antes y después de la independencia de 1903. Estos tristes episodios, salvo por una breve interrupción en 1932, se siguieron repitiendo a lo largo de nuestros primeros 50 años de vida republicana, hasta que entró en vigencia la nueva ley electoral, durante la presidencia (1956-1960) de Ernesto de la Guardia Jr., y se puso a prueba en las elecciones de 1960.
A este respecto el historiador Conte Porras dice lo siguiente: "debemos hacer un alto para reconocer individualmente la voluntad política de los presidentes Ricardo Arias Espinosa y Ernesto de la Guardia Jr., en revestir los procesos electorales panameños de un sistema que pudiera garantizar su honestidad como fundamento del sistema democrático.
Durante la administración del Presidente Arias Espinosa, la Asamblea Nacional aprueba el primer Acto Constitucional para reformar la Constitución Política y crear el Tribunal Electoral en sustitución del Jurado Nacional de Elecciones, mientras que durante la administración del presidente De la Guardia se consigue aprobar el segundo acto legislativo necesario para perfeccionar las reformas constitucionales".
Esta nueva ley electoral marcó un hito en la vida política panameña y por primera vez se logró enseriar y modernizar los hasta entonces deplorables procesos electorales. Tan efectiva resultó esta ley que años después, en los peores momentos de la dictadura militar, no pudo ser totalmente burlada.
La creación del registro electoral y las listas de votantes para cada mesa de votación en el país, hicieron virtualmente imposibles los paquetazos de antaño cuando cualquier urna podía aparecer con centenares y hasta miles de votos espúreos y el escrutinio oficial en cada mesa de votación frente a decenas de testigos, acabó con el peligroso monopolio del Jurado Nacional de Elecciones para alterar los resultados finales de cada elección.
Lo extraordinario y quizás nunca bien reconocido de este capítulo de nuestra historia es el hecho de que dos presidentes pertenecientes al partido político en el poder se dieran a la ingrata tarea de dificultar los tradicionales fraudes que siempre habían beneficiado a los gobiernos de turno en las contiendas electorales.
Ricardo Arias Espinosa y Ernesto de la Guardia Jr., habían sido los herederos políticos de Francisco Arias Paredes (Don Pancho), esa figura cimera que enriqueció nuestra vida pública durante los primeros decenios de nuestra joven nación.
Don Pancho, entre sus muchos logros, fundó el Partido Renovador que llegó a reunir entre sus filas a figuras de la talla de Domingo H. Turner, Gumercinda Paez, Víctor Navas, Esther Neira de Calvo, Mario Cal, Félix Oller y otras tantas que se caracterizaron por su honorabilidad y por su vocación de servir a la Patria. Este estoico partido que se había batido casi siempre en la oposición había sufrido en carne propia los abusos electorales tradicionales de aquellos tiempos, razón por la cual siempre había sido un viejo anhelo de esta meritoria agrupación, ponerle fin a estos males.
La nueva ley electoral fue sometida a su prueba de fuego en las elecciones de 1960 cuando se disputaron la presidencia Ricardo Arias Espinosa y Roberto F. Chiari. Los resultados no se hicieron esperar y estos llegaron acompañados de una gran dosis de ironía. En una reñida elección que en otros tiempos y otras circunstancias se hubiera podido "arreglar" fácilmente, perdió el candidato del gobierno y se reconoció el triunfo del candidato de la oposición. Algo insólito, hasta ese momento, en los anales de nuestra historia.
Porque complicidad fue evitarle la humillación de ser fichado, pasando a ser el único chileno procesado al que -durante 29 meses- no se le abrió prontuario judicial.
Suma y sigue...
Quizás la complicidad de los poderosos explique esa "indiferencia" de los jóvenes ante Pinochet. Y quizás también explique el fenómeno ciudadano: un 70 por ciento de los jóvenes menores de 24 años no quiere inscribirse en los registros electorales para elegir a sus representantes en La Moneda y el Parlamento.
Quizás... Yo, con mi porfiada memoria que se niega a consumir tabletas de amnesia, buscaré cómo restañar mis heridas. Protestaré como pueda por esta acción conjunta de los poderes del Estado. Una acción que nos privó de la oportunidad histórica de enfrentar la verdad y hacer justicia. Y nos privó de convertir esa justicia en herramienta eficaz para evitar la repetición de un genocidio.
Y como hace catorce años, cuando terminé de escribir Los Zarpazos del Puma, investigación periodística que sirvió de base de datos al juez Juan Guzmán para investigar y acusar a Pinochet, me aferro a las palabras de Solyenitzin que transcribí en la primera página. "Hubiese podido descansar, relajarme, respirar, pero el deber para con los muertos no me da tregua: ellos murieron, tú vives. Cumple con tu deber a fin de que el mundo sepa todo aquello". El mundo lo supo. Ahora a trabajar para que mis hijos, y los hijos de mis hijos, no lo olviden. El deber para con los vivos de hoy y mañana no nos da tregua...
*La autora es Premio Nacional de Periodismo 1997 en Chile y obtuvo el más importante galardón que se da a un periodista extranjero en Estados Unidos. El premio María Moros Cabot 1993 (Columbia University).

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