Nuestros hijos y el hábito de estudio
No es fácil inculcarlo, salvo que se empiece a muy temprana edad. Pero, por lo general, los padres no reparamos en eso o, si lo hacemos, no le damos seguimiento. La tarea es en estos tiempos harto difícil, porque el mundo de hoy ofrece cada vez más alternativas de distracción que superan con creces el interés de los estudiantes por las buenas notas. Un cinco no puede competir con un juego de Nintendo de última generación o con una buena sesión de chateo.
En los primeros años de vida, es menos difícil; pero si lo logramos, nuestros hijos ganarán para sí la más valiosa herramienta de su vida y los padres la satisfacción de haberles introducido el hábito de estudio.
Se equivocan quienes ven en la inteligencia una gran virtud. La vida y la experiencia enseñan cómo pueden malograrse agudas y enormes inteligencias cuando están ausentes de orden, disciplina y dedicación para resolver o ejecutar una tarea cualquiera. Al respecto, algún estudioso concluyó que la inteligencia estaba hecha de 40% de talento innato y 60% de empeño o dedicación, lo que quiere decir que no se tiene que ser una lumbrera para salir adelante y superar a gente más inteligente.
En la práctica, todos hemos visto triunfar y llegar más lejos a gente más trabajadora y responsable que los muy inteligentes díscolos, que cuando estudiantes dejaban todo a la improvisación de su genio y dedicaban apenas unos minutos al estudio. Es, si se quiere, la carrera eterna de la liebre y la tortuga, donde siempre vence la última, gracias a su perseverancia y tenacidad.