Nueva Constitución, mayor bienestar
Perdone que insista en el tema. Sé que por la proximidad de las elecciones probablemente no sea éste el mejor momento, pero siguen percibiéndose unos muy fuertes y olorosos rumores de cambios en nuestra Constitución Nacional una vez haya pasado la contienda electoral. Ello me lo confirma el artículo "Los peligros de las explosiones sociales" del jurista nacional e intelectual connotado, Dr. Carlos Iván Zúñiga. De igual forma, la columna "Otro punto de vista" del señor Roberto R. Alemán.
Como a esos distinguidos ciudadanos, los posibles cambios a la Carta Magna siguen preocupando también a los ciudadanos normales, comunes y corrientes. ¿Por qué? En ellos encontramos que sigue vivo con mucha fuerza en el alma ciudadana el íntimo sentimiento de libertad e igualdad económica y civil que debe existir en la organización jurídica y política del país. Ellos esperan que de esa base sólida que es la Constitución, surja la estructuración de un Estado capaz de cumplir el superior anhelo de nuestra ley suprema: realizar el bienestar general. Es decir, que el fondo de la democracia sea satisfecho por la forma representativa que adoptamos
Esas "masas" están a la observación y escucha perenne para saber quiénes de aquellos que promueven cambios, especialmente los que poseen o poseerán el poder para lograrlos, tienen en verdad la intención de realizarlos pensando en el bien general.
Les preocupa más, probablemente, la concreción de un bien general que la forma en que se hagan. Y critican de manera muy callada, hasta ahora, a quienes han pasado mucho tiempo analizándolos y proponiéndolos en discursos y programas, esperan que nuestra sociedad civil o nuestra sociedad comercial no sigan estudiándolos perpetuamente, sino que cuando actúen lo hagan para beneficio de las grandes mayorías nacionales.
"Aquellas organizaciones que digan tener que seguir estudiando de manera perenne tales cambios, que se retiren a sus bibliotecas y no vengan a campanillearnos los oídos con inocuos y sonoros discursos", me dijeron algunos recientes jubilados de mediana a alta preparación académica, manifestando en sus planteamientos una total confianza al señalar que la enfermedad que aqueja al país la tiene en el estómago. Señalaron cáusticamente que por ello es que el remedio no ha de entrarle por el oído sino por la boca.
Hoy tenemos ya una ciudadanía que no quiere a los árboles por lo que prometen en la flor, sino por el fruto que dan; una ciudadanía que no distingue de hombres y de partidos sólo por los programas, sino por las obras; no conoce a los estadistas por sus promesas de estudiar un problema ni por sus discursos, aunque de ellos se desborde una sorprendente elocuencia. A ellos los conocerán por el pan que les dan, por los beneficios que dispensan, por los consuelos que les proporcionan, por el cumplimiento de las normas aprobadas, por las glorias sólidas y reales con que exaltan su espíritu, su nombre y su causa.
Y en las posibles futuras reformas constitucionales, aquel que emprenda primero este camino, será el que llegará al corazón del pueblo, única cosa de este pueblo que hoy parece vivir. Ese será el que, sin inducida tardanza, llegará a tiempo de realizar la resurrección gloriosa de la moral de este pueblo paciente y luchador.
Esas futuras reformas constitucionales tendrán que marchar a la vanguardia de los días que vivimos, y ofrecernos a todos los panameños la fuerza legal y el acervo necesario para vivificar cualquiera claudicación de nuestra democracia. Esas posibles reformas deberán organizar el país, a la sociedad y al individuo, económica, política y jurídicamente, para que así encontremos el reajuste espontáneo de las fuerzas que hoy poseemos, condicionadas por nuestra historia, por nuestra raza y por nuestra muy especial geografía física y económica. Muy especialmente, por nuestros ideales hechos latidos en el corazón y pensamientos en el cerebro colectivo, y podamos entonces construir juntos el hogar de la libertad y la fraternidad nacional.
Como a esos distinguidos ciudadanos, los posibles cambios a la Carta Magna siguen preocupando también a los ciudadanos normales, comunes y corrientes. ¿Por qué? En ellos encontramos que sigue vivo con mucha fuerza en el alma ciudadana el íntimo sentimiento de libertad e igualdad económica y civil que debe existir en la organización jurídica y política del país. Ellos esperan que de esa base sólida que es la Constitución, surja la estructuración de un Estado capaz de cumplir el superior anhelo de nuestra ley suprema: realizar el bienestar general. Es decir, que el fondo de la democracia sea satisfecho por la forma representativa que adoptamos
Esas "masas" están a la observación y escucha perenne para saber quiénes de aquellos que promueven cambios, especialmente los que poseen o poseerán el poder para lograrlos, tienen en verdad la intención de realizarlos pensando en el bien general.
Les preocupa más, probablemente, la concreción de un bien general que la forma en que se hagan. Y critican de manera muy callada, hasta ahora, a quienes han pasado mucho tiempo analizándolos y proponiéndolos en discursos y programas, esperan que nuestra sociedad civil o nuestra sociedad comercial no sigan estudiándolos perpetuamente, sino que cuando actúen lo hagan para beneficio de las grandes mayorías nacionales.
"Aquellas organizaciones que digan tener que seguir estudiando de manera perenne tales cambios, que se retiren a sus bibliotecas y no vengan a campanillearnos los oídos con inocuos y sonoros discursos", me dijeron algunos recientes jubilados de mediana a alta preparación académica, manifestando en sus planteamientos una total confianza al señalar que la enfermedad que aqueja al país la tiene en el estómago. Señalaron cáusticamente que por ello es que el remedio no ha de entrarle por el oído sino por la boca.
Hoy tenemos ya una ciudadanía que no quiere a los árboles por lo que prometen en la flor, sino por el fruto que dan; una ciudadanía que no distingue de hombres y de partidos sólo por los programas, sino por las obras; no conoce a los estadistas por sus promesas de estudiar un problema ni por sus discursos, aunque de ellos se desborde una sorprendente elocuencia. A ellos los conocerán por el pan que les dan, por los beneficios que dispensan, por los consuelos que les proporcionan, por el cumplimiento de las normas aprobadas, por las glorias sólidas y reales con que exaltan su espíritu, su nombre y su causa.
Y en las posibles futuras reformas constitucionales, aquel que emprenda primero este camino, será el que llegará al corazón del pueblo, única cosa de este pueblo que hoy parece vivir. Ese será el que, sin inducida tardanza, llegará a tiempo de realizar la resurrección gloriosa de la moral de este pueblo paciente y luchador.
Esas futuras reformas constitucionales tendrán que marchar a la vanguardia de los días que vivimos, y ofrecernos a todos los panameños la fuerza legal y el acervo necesario para vivificar cualquiera claudicación de nuestra democracia. Esas posibles reformas deberán organizar el país, a la sociedad y al individuo, económica, política y jurídicamente, para que así encontremos el reajuste espontáneo de las fuerzas que hoy poseemos, condicionadas por nuestra historia, por nuestra raza y por nuestra muy especial geografía física y económica. Muy especialmente, por nuestros ideales hechos latidos en el corazón y pensamientos en el cerebro colectivo, y podamos entonces construir juntos el hogar de la libertad y la fraternidad nacional.