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Nueva ideología


Si bien hace varios años el sociólogo norteamericano Daniel Bell decretaba la muerte de las ideologías, y que hace once años Francis Kukuyama, profesor de Ciencias Políticas y también norteamericano, postulara "el fin de la historia", lo cierto es que ahora estamos inmersos en un proceso nuevo de reconstrucción de las ideologías, a partir de los enunciados de "la nueva economía" y de la "globalización", que entrañan en sí mismo un sistema ideológico de pensamiento y acción.
Desde luego, los grandes formuladores de estos conceptos económicos, sus teóricos más celosos, los que ofician ante el mercado como la gran fuerza motora y reguladora de la sociedad, no admiten que se trata de una nueva ideología, sino de un sistema que apela al realismo y al pragmatismo.
Quienes cuestionan y critican esta prédica que reclama para sí el patrimonio de la verdad, corren el riesgo de ser excluidos, transitan bordeando la descalificación. Ciertamente es que desde importantes centros del pensamiento político y social, tanto en Europa como en los Estados Unidos, surgen voces que llaman la atención sobre la naturaleza dogmática de los planteamientos neoliberales, referidos a conceptos y enunciados que se asumen como ciertos, sin una suficiente valorización crítica, sin una confrontación con los resultados y efectos de los mismos en el conjunto de la sociedad.
Se ha dicho, por parte de los ideólogos, que este nuevo poder, por quienes hablan en nombre del "realismo y del pragmatismo", que la democracia no es el grado natural de la sociedad, que el mercado sí lo es. Una afirmación de esta naturaleza implica deshacerse de las preocupaciones sociales, hacer a un lado un obstáculo, y desde luego, debilitar el Estado democrático.
Este discurso está estructurado sobre la lógica de que la razón económica predomina sobre la razón política. Sin embargo, la aplicación de las medidas económicas, la práctica del poder económico, la persecución de sus objetivos de lucro y beneficio, son un claro ejercicio de política.
Se trata del predominio de una forma de pensamiento, de categorización de la economía neoliberal, de hegemonía del mercado y de la globalización que no admiten variables; es decir, de lo que Ignacio Ramonet -escritor, filósofo y periodista-, director de la edición española de "Le Monde Deplomatique", ha llamado "el pensamiento único". Ramonet decía en 1994, al lanzar esta expresión, que "el pensamiento único es una especie de doctrina que inhibe, perturba y paraliza" cualquier razonamiento rebelde, cualquier "pensamiento crítico".
Uno de los objetivos del "pensamiento único" es persuadir a la opinión pública, a los centros de reflexión política, que hemos llegado al final de las ideologías, al final de cualquier tentación por idealizar una sociedad diferente a la actual; valga decir que es inadmisible indagar la posibilidad de que haya otra alternativa, otra vía para el desarrollo y progreso de los pueblos, que no pase, necesariamente, por las duras contradicciones del sistema económico actual. En efecto, el modelo económico neoliberal y de supremacía del mercado, comprometido con un relanzamiento económico de progreso desde mediados de la década de los ochenta, no ha podido hasta la fecha cumplir ese objetivo.
El aumento de la pobreza y la marginalidad en el rumbo de hoy, el deterioro del medio ambiente, la concentración de la riqueza y el poder económico alrededor de 200 grandes empresas capitalistas multinacionales, una deuda mundial que aumenta a un ritmo de cuatro veces el crecimiento del PIB mundial y un desempleo en los países más industrializados que asciende a más de 41 millones de trabajadores, podrían ser algunas de las razones, algunos de los hechos, que indican que el progreso, el desarrollo, el bienestar y la justicia social son todavía tareas pendientes del sistema económico actual que, a su vez, reclama a escala planetaria ser al única vía, el único instrumento para alcanzar esos objetivos, y que niega, dogmáticamente, la posibilidad de vías alternativas de desarrollo.

101 años de Panamá América

 
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