Nuevo Panamá
Lo difícil que se ha hecho la circulación vehicular hará que tengamos que establecer una nueva.
El curso del tiempo y las circunstancias alteran las cosas en tal forma que se hace imprescindibles efectuar cambios. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con nuestra actual ciudad de Panamá.
Estamos en la era de los grandes contenedores y colosales camiones. Para ellos, la movilización se hace casi imposible en una ciudad con calles que les resultan callejones y que desgraciadamente son insuficientes para la circulación de automóviles aún de poco tamaño.
Durante los albores de la República, no existían los colosos del transporte público que hay hoy en día. Cuando se hizo necesario ensanchar nuestras vías públicas, era fácil entonces indemnizar a los propietarios de los edificios, comúnmente pequeñas casas, para derribarlas. Eso no podría hacerse hoy. Nuestra ciudad está colmada de gigantescos edificios, unos al lado del otro, que costó millones de dólares construir.
El Boulevard Balboa, por ejemplo, constantemente congestionado, no ofrece alternativas. No se puede destruir allí aquello a base de indemnizaciones para ensancharlo. Así ocurre en diversas vías públicas. En consecuencia, tenemos que ir pensando en el diseño de una nueva Panamá, que está llamada a ser establecida en aquellas áreas que desde nuestra carretera hacia el interior del país se divisan a lontananza de color azul. Esa nueva ciudad tendrá necesariamente que tener vías anchas, anchísimas; de lo contrario serán regiones comercialmente muertas.
Las vías públicas imprescindiblemente deben favorecer una circulación expedita. Los tranques constantes y prolongados en ellas no hacen más que entorpecer la actividad de los asociados y engendrare decadencia en un país.
El curso del tiempo y las circunstancias alteran las cosas en tal forma que se hace imprescindibles efectuar cambios. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con nuestra actual ciudad de Panamá.
Estamos en la era de los grandes contenedores y colosales camiones. Para ellos, la movilización se hace casi imposible en una ciudad con calles que les resultan callejones y que desgraciadamente son insuficientes para la circulación de automóviles aún de poco tamaño.
Durante los albores de la República, no existían los colosos del transporte público que hay hoy en día. Cuando se hizo necesario ensanchar nuestras vías públicas, era fácil entonces indemnizar a los propietarios de los edificios, comúnmente pequeñas casas, para derribarlas. Eso no podría hacerse hoy. Nuestra ciudad está colmada de gigantescos edificios, unos al lado del otro, que costó millones de dólares construir.
El Boulevard Balboa, por ejemplo, constantemente congestionado, no ofrece alternativas. No se puede destruir allí aquello a base de indemnizaciones para ensancharlo. Así ocurre en diversas vías públicas. En consecuencia, tenemos que ir pensando en el diseño de una nueva Panamá, que está llamada a ser establecida en aquellas áreas que desde nuestra carretera hacia el interior del país se divisan a lontananza de color azul. Esa nueva ciudad tendrá necesariamente que tener vías anchas, anchísimas; de lo contrario serán regiones comercialmente muertas.
Las vías públicas imprescindiblemente deben favorecer una circulación expedita. Los tranques constantes y prolongados en ellas no hacen más que entorpecer la actividad de los asociados y engendrare decadencia en un país.