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Nuevos laureados


La reciente adjudicación del Premio Nobel de Economía 2009 a Elinor Ostrom y a Oliver E. Williamson, ha sido interpretado por algunos economistas como un reconocimiento al enfoque institucionalista y a la importancia que se le otorga a los arreglos institucionales para explicar el comportamiento de la economía, lo que resulta esencial en medio de una crisis generada por fallas de mercado. Un análisis más profundo de los nuevos laureados no deja, sin embargo, de producir una especie de sentimiento agridulce.

Williamson utiliza como una de las bases de su construcción teórica la idea del llamado “hombre contractual”. Este se entiende como un agente económico que no solo busca su propio bienestar, si no que lo hace en un ambiente de información imperfecta, siendo, además, capaz de aplicar en este proceso el dolo y el engaño. El problema de Williamson es que él mismo en lugar de profundizar en la causa de por qué este tipo de agente, que el panameño llamaría “juega vivo”, aparece con tanta frecuencia en nuestra moderna economía, tal como nos lo ha recordado la presente crisis en la figura de Bernard Madoff, desvía la investigación en la dirección de los arreglos institucionales que se realizan en la práctica para neutralizarlo. Lo que Williamson oculta es que el “hombre contractual” no es más que una criatura engendrada por un sistema económico que tiene como objetivo último la ganancia pecuniaria y la acumulación de capital a cualquier costo. Su enfoque queda, entonces, lejos del de los verdaderos institucionalistas, que como Veblen eran capaces de señalar la presencia de varias y contradictorias tendencias humanas, unas guiadas al trabajo y la cooperación y otras a la depredación, las cuales eran destacadas en una u otra dirección por el encuadre institucional.

El caso de Ostrom, quien cuenta con una formación en ciencias políticas, es distinto ya que se trata de un real esfuerzo por entender la lógica de las instituciones, lo que le permite romper algunos de los mitos más arraigados entre los economistas tradicionales. Es así que su investigación logra demostrar como es posible que en la práctica exista un adecuado manejo por parte de la comunidad de los llamados espacios comunes, tales como las pesquerías pertenecientes al conjunto de la población. Esto echa por tierra el mito desarrollado por Garret Harding en su conocido artículo “La tragedia de los espacios comunes”, el cual es, junto a las ideas de Ronald Coase, extensamente utilizado por el neoliberalismo para impulsar la falsa idea de que la privatización de los recursos ambientales constituye la única vía para asegurar la sostenibilidad.

El trabajo de Ostrom, por otra parte, resulta fundamental en el plano político en la medida que llama la atención sobre un hecho básico: la participación organizada de la comunidad resulta esencial en el logro de una adecuada regulación de la economía. Se trata de un importante mensaje en el camino de construir una democracia popular.

101 años de Panamá América

 
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