Nunca más militares
El panorama socio-político del país parece registrar una yuxtaposición; es decir, dos exposiciones, una sobre otra, actuando al mismo tiempo, sin que sea vea muy claro cuál es la predominante y cuál la sobrepuesta. Mientras que una revela con elocuencia un rumbo económico progresivo para el país, la otra pinta un panorama tétrico, dramático, cargado de angustias, sospechas y temores.
No se puede negar que la violencia delincuencial, apoyada en el crimen transnacional y poderoso, acosa la vida cotidiana de los asociados, convirtiendo la seguridad ciudadana en un tema de alta prioridad. Pareciera, sin embargo, que a la luz de esas preocupaciones, algunas tesis van poniendo en dudas la capacidad de resolverlas en el contexto de un Estado democrático. Para ser más directos: parece que se ha comenzado a vender la idea de que sin militares no hay posibilidad de resolver el tema de la delincuencia.
Y no es un tesis nacional. Desde el año pasado, ha habido regímenes en América Latina que han apelado a las fuerzas militares como disuasivo de problemas eminentemente sociales. Lula Da Silva, por ejemplo, envió el año pasado, en Sao Paulo, militares a resolver el problema del narcotráfico en algunas fabelas, y a finales de 2006 el reciente instalado presidente de México envío miles de efectivos a la frontera. Peligrosas medidas, por cuanto que lo único que preconizan es la supuesta "urgencia" con la que las sociedades necesitan de los militares, los llamados profesionales de la seguridad, para lograr la estabilidad social. Las historias de las fuerzas armadas en la región no son todas felices, y en Panamá la historia ha sido especialmente trágica y funesta.
Ya por la televisión han comenzado a parecer viejos e ingratos rostros con poses nuevas y bondades aparentes, en una oferta evidente, como si la sociedad panameña no recordara las atrocidades que cometieron en su momento. Lo peor es que pareciera que ellos son una vía, cuando aún no se agotan los esfuerzos ni las alternativas para tratar un problema real, pero que no debe enfocarse desde ese ángulo.
A la delincuencia moderna no se le combate con fuerza, sino con inteligencia; bástenos reconocer esto, para comprender que la opción militar, lejos de ser una posible solución, sería una verdadera tragedia nacional.