Nunca, nunca más...
Hace diez años la aguja del sismógrafo del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá fue exacta, marcó con precisión la detonación de la primera bomba: 12 horas, 46 minutos y 40.3 segundos del 20 de diciembre de 1989. En los 47 minutos siguientes se registraron 67 bombas más. El delicado instrumento le siguió el rastro a las explosiones por 13 horas hasta que quedó averiado.
El saldo en ese tiempo -sólo en el perímetro de la ciudad de Panamá- fue de 442 bombas. Una bomba cada dos minutos como promedio. Pero el sismógrafo no pudo registrar las explosiones en otras partes del país. No captó el vuelo rasante y silencioso del ultramoderno y antirradar avión Stealth tronando contra Río Hato a 100 km. de la ciudad. Ni los misiles contra un multifamiliar popular, situado en el centro de la poblada ciudad de Colón, a 80 km al norte. Tampoco midió la metralla ni registró la muerte ni el dolor humano. El aparato no pudo recoger las palabras del poeta Héctor Collado atrapado entre las 15 mil personas -40% menores de edad, y muchos de la tercera edad- que habitaban las cuatro mil unidades de vivienda en forma de barracas ruinosas y cuartos hacinados, de lo que fue el barrio de El Chorrillo: "La historia cesó de golpe. Un bombardeo inmisericorde, sin previo aviso, cayó del cielo como un castigo. Las viejas se persignaron con los dedos untados de incredulidad. Justos y pecadores medidos con la misma vara de la intervención..." ¿Los muertos cuántos son, dónde están?.
Las sanciones económicas aplicadas a Panamá le costaron al país en lucro cesante, cerca de dos mil millones de dólares. La invasión y los saqueos provocados por ella le significaron a Panamá otros dos mil millones. Esto totaliza 4 mil millones de dólares. ¿Cuándo se reconocerán las indemnizaciones justas a los sobrevivientes y afectados?.
Es cierto que la mayoría de los panameños se alegraron en los primeros momentos de la invasión, pues para ellos la intervención militar suponía el cambio ansiado y liberaba a Panamá de Noriega, y por ende, del hambre y la confrontación con Estados Unidos. Pensaron que la acción militar norteamericana estaba sólo circunscrita a capturar al dictador a través de un golpe quirúrgico, y que después vendría la bonanza, la paz y la democracia. Pero no, lo que vino luego fue la decepción, pues disminuyó la euforia al captar la verdadera magnitud de lo sucedido: muerte y destrucción, ausencia de compensaciones, escasa ayuda económica e ingobernabilidad.
Diez años después, no debemos ni podemos olvidar la invasión, pues ninguna crisis política amerita una "solución" tan drástica ni violenta. Todos los países latinoamericanos, menos Panamá y Haití, salieron de los regímenes dictatoriales sin necesitar de una invasión militar externa, a través de diversos procesos de transición democrática.
El fin de siglo que se avecina se presente como una buena oportunidad de replantearnos nuestras futuras relaciones con los Estados Unidos, a la luz de la reversión canalera. Si la relación se reconstruye sobre la base del derecho internacional, el respeto mutuo, a la autodeterminación o aceptamos crear nuevas causas latentes o evidentes de conflicto que explotarán seguramente en crisis futuras.
Los Estados Unidos, es el país más poderoso de la tierra en un mundo sin contrapeso para esa hegemonía militar, económica y cultural. Panamá debe y tiene que mantener las mejores relaciones posibles con esa nación y con todas las que pueblan este planeta azul, pero no sobre la base de la supeditación sino del respeto y la construcción de una paz que descanse sobre la justicia. Las palabras: invasión, intervención, militarización, manipulación deben ser borradas de la relación entre estos dos países que manifiestan su creencia en la democracia.
A diez años de la invasión, un recuerdo emocionado por los que murieron, y que sea el mejor homenaje el compromiso de que nunca, nunca más se vuelva a repetir.
El saldo en ese tiempo -sólo en el perímetro de la ciudad de Panamá- fue de 442 bombas. Una bomba cada dos minutos como promedio. Pero el sismógrafo no pudo registrar las explosiones en otras partes del país. No captó el vuelo rasante y silencioso del ultramoderno y antirradar avión Stealth tronando contra Río Hato a 100 km. de la ciudad. Ni los misiles contra un multifamiliar popular, situado en el centro de la poblada ciudad de Colón, a 80 km al norte. Tampoco midió la metralla ni registró la muerte ni el dolor humano. El aparato no pudo recoger las palabras del poeta Héctor Collado atrapado entre las 15 mil personas -40% menores de edad, y muchos de la tercera edad- que habitaban las cuatro mil unidades de vivienda en forma de barracas ruinosas y cuartos hacinados, de lo que fue el barrio de El Chorrillo: "La historia cesó de golpe. Un bombardeo inmisericorde, sin previo aviso, cayó del cielo como un castigo. Las viejas se persignaron con los dedos untados de incredulidad. Justos y pecadores medidos con la misma vara de la intervención..." ¿Los muertos cuántos son, dónde están?.
Las sanciones económicas aplicadas a Panamá le costaron al país en lucro cesante, cerca de dos mil millones de dólares. La invasión y los saqueos provocados por ella le significaron a Panamá otros dos mil millones. Esto totaliza 4 mil millones de dólares. ¿Cuándo se reconocerán las indemnizaciones justas a los sobrevivientes y afectados?.
Es cierto que la mayoría de los panameños se alegraron en los primeros momentos de la invasión, pues para ellos la intervención militar suponía el cambio ansiado y liberaba a Panamá de Noriega, y por ende, del hambre y la confrontación con Estados Unidos. Pensaron que la acción militar norteamericana estaba sólo circunscrita a capturar al dictador a través de un golpe quirúrgico, y que después vendría la bonanza, la paz y la democracia. Pero no, lo que vino luego fue la decepción, pues disminuyó la euforia al captar la verdadera magnitud de lo sucedido: muerte y destrucción, ausencia de compensaciones, escasa ayuda económica e ingobernabilidad.
Diez años después, no debemos ni podemos olvidar la invasión, pues ninguna crisis política amerita una "solución" tan drástica ni violenta. Todos los países latinoamericanos, menos Panamá y Haití, salieron de los regímenes dictatoriales sin necesitar de una invasión militar externa, a través de diversos procesos de transición democrática.
El fin de siglo que se avecina se presente como una buena oportunidad de replantearnos nuestras futuras relaciones con los Estados Unidos, a la luz de la reversión canalera. Si la relación se reconstruye sobre la base del derecho internacional, el respeto mutuo, a la autodeterminación o aceptamos crear nuevas causas latentes o evidentes de conflicto que explotarán seguramente en crisis futuras.
Los Estados Unidos, es el país más poderoso de la tierra en un mundo sin contrapeso para esa hegemonía militar, económica y cultural. Panamá debe y tiene que mantener las mejores relaciones posibles con esa nación y con todas las que pueblan este planeta azul, pero no sobre la base de la supeditación sino del respeto y la construcción de una paz que descanse sobre la justicia. Las palabras: invasión, intervención, militarización, manipulación deben ser borradas de la relación entre estos dos países que manifiestan su creencia en la democracia.
A diez años de la invasión, un recuerdo emocionado por los que murieron, y que sea el mejor homenaje el compromiso de que nunca, nunca más se vuelva a repetir.