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Obama, una frontera entre dos épocas


Una vez Barack Hussein Obama asumió la presidencia de Estados Unidos ayer, sobre él se posaron tantas expectativas, que bien cabría preguntarse con qué cuenta para cumplir semejante responsabilidad. Cuando juró como Presidente, comenzó a navegar en medio de una política doméstica que quizá tome su tiempo para ajustarse a la nueva realidad, y toda transición lleva sus traumas. El mundo mismo no escapa a las disyuntivas de continuar por la senda que, aún con errores, ha hecho grande a su país, o las nuevas medidas que exigen tanto Estados Unidos como el planeta, y mantener esa condición de rector de la política internacional. Su propia elección parece reflejar la comprensión que tienen los norteamericanos de la necesidad de fortalecer su frente interno para encarar con éxito los retos internacionales.

Sea como sea, desde el 20 de enero, cobra vigencia el sueño de Martin Luther King, el reconocimiento al carácter multirracial de esa sociedad, al carácter oportuno y necesario de los cambios, y a la posibilidad de que el liderazgo mundial se nutra de nuevos valores éticos y morales. ¿Podrá Obama con tanta carga? Nadie puede aventurar una respuesta. Lo que no deja de ser cierto, sin embargo, es que el Tío Tom abandona la cabaña para entrar en la Casa Blanca, y ese es un hecho tan contundente y profundo que marca una frontera entre dos épocas.

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