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Obras e inspección


No deja de asombrarnos la cantidad significativa de recursos que se invierten actualmente en obras de infraestructura. Las carreteras, por ejemplo, y las calles internas. Estas últimas, sin embargo, despiertan cierta inquietud. Por años las comunidades del país han visto cómo se construyen calles de asfalto. Lo hermosas que se ven cuando las inauguran, y el magnífico aspecto que dan a pueblos y barrios del interior y de la capital. Pero no es un gusto que dure mucho.
Después de las primeras lluvias, los ciudadanos observan con decepción cómo las "nuevas calles" van perdiendo su vistosidad, y esa salud que imprimen en cualquier área donde son construidas. Comienzan por un huequito, y a la huelga de una semana el cráter aparece desafiante; y luego son dos, y tres, hasta que transitar por allí se convierte en una suerte de maniobra sobre el laberinto. Luego entonces se pierden tres cosas: el recurso invertido, la vistosidad y salud de la comunidad donde fue construida, y lo más importante, la credibilidad del ciudadano en las autoridades.
Es a partir de situaciones como esa cuando surge la pregunta acerca de la responsabilidad de las propias entidades que tienen que ver con esto, y directamente, el papel de sus inspectores en garantizar la calidad de la obra. Bien haría el Ministerio de Obras Públicas en constatar sobre los hechos si esta fase de los proyectos se está cumpliendo: si se aplica la capabase debida, si la carpeta asfáltica tiene el grueso requerido según el peso de los autos que transitan por esa calle; o si el propio asfalto es de buena calidad, o si la compactación se registra como lo exigen las disposiciones del contrato. No es posible que estos aspectos no se vigilen, o que la ciudadanía no tenga garantías de que el dinero que aporta como contribuyente sea usado de manera debida.
¿Qué por qué se sabe que no se usa correctamente? Precisamente por los cráteres que aparecen pocas semanas después de terminada la obra.

101 años de Panamá América

 
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