Obstinado individualismo
Harían bien los educadores, principalmente sus dirigentes gremiales, en repasar la trayectoria brillante de ese educador argentino Domingo Faustino Sarmiento, lo que les resultaría de mucho provecho para no centrar de manera absoluta todo su mayor empeño en constantes mejoras salariales, principalmente en estas circunstancias en que sus reivindicaciones amenazan con desbordarse a situaciones poco realísticas.
He seguido durante varias décadas el clamor de sus máximos dirigentes, algunos muy razonables para que mejoren sus salarios que durante varias administraciones han sido incrementados, pero en cambio las proclamas para una mejor educación h han estado ausentes por parte de esos connotados dirigentes, especialmente magisteriales, lo más osados en la lucha por mejores emolumentos.
Los padres de familia que depositan en ellos toda su confianza para que permanezcan en las aulas el mayor tiempo posible, conforme a sus respectivos horarios, han sentido la frustración de ver desperdiciar el interés, que con grandes esfuerzos realizan, convirtiéndose retrógrada cada vez más la educación nacional. Se trata de estudiantes que, generalmente, desde los inicios del año escolar, no han acabado de calentar las bancas, cuando ya están advertidos que un movimiento de huelga de educadores se avecina, lo que representa dentro de su inmadurez, como adolescentes, que antes que instrucción, se dediquen a la holgazanería o, peor aún, a malas compañías que incrementará la delincuencia juvenil.
Si lo anterior que señalamos hará mella en la formación intelectual de los que así resultan, como consecuencia del desaprovechamiento, urge por otra parte, tener en cuenta que los propios educadores con estallar una huelga al menor motivo y quedar enfrascados por entero en las aludidas demandas salariales, sin sopesar los demás perjuicios, al retornar a sus habituales labores, el tiempo será insuficiente para completar el programa, aparte de que los conocimientos que obligatoriamente tienen que impartir, no será posible su eficacia de un día para otro, como se dice en forma áspera, a raja tabla.
Claro que no es nuestra intención pasar por alto la intransigencia que muchas veces se manifiesta en las altas autoridades del ramo y no hará falta mencionar el nombre de ministros, rayando en lo neurasténico, que se han encerrado en sus despachos refrigerados, bajo siete llaves, en contra de un diálogo constructivo que los educadores, en determinados momentos, han solicitado lo que da lugar, naturalmente, que hayan surgido las hostilidades. Esta excepción, sin embargo, no contradice en modo alguna la necesidad que tienen todos los gremios de educadores de no recurrir a medidas extremas que incrementen la crisis muy marcada que se observa en la educación nacional, cuyo talón de Aquiles está en su pobre filosofía en que muchas veces, según el criterio de expertos, adolece de mucho dogmatismo, ya que de conjunto entre gobierno y educadores, hace falta de lado y lado, aplicar medidas más razonables y enrumbarla por caminos verdaderamente científicos.
He seguido durante varias décadas el clamor de sus máximos dirigentes, algunos muy razonables para que mejoren sus salarios que durante varias administraciones han sido incrementados, pero en cambio las proclamas para una mejor educación h han estado ausentes por parte de esos connotados dirigentes, especialmente magisteriales, lo más osados en la lucha por mejores emolumentos.
Los padres de familia que depositan en ellos toda su confianza para que permanezcan en las aulas el mayor tiempo posible, conforme a sus respectivos horarios, han sentido la frustración de ver desperdiciar el interés, que con grandes esfuerzos realizan, convirtiéndose retrógrada cada vez más la educación nacional. Se trata de estudiantes que, generalmente, desde los inicios del año escolar, no han acabado de calentar las bancas, cuando ya están advertidos que un movimiento de huelga de educadores se avecina, lo que representa dentro de su inmadurez, como adolescentes, que antes que instrucción, se dediquen a la holgazanería o, peor aún, a malas compañías que incrementará la delincuencia juvenil.
Si lo anterior que señalamos hará mella en la formación intelectual de los que así resultan, como consecuencia del desaprovechamiento, urge por otra parte, tener en cuenta que los propios educadores con estallar una huelga al menor motivo y quedar enfrascados por entero en las aludidas demandas salariales, sin sopesar los demás perjuicios, al retornar a sus habituales labores, el tiempo será insuficiente para completar el programa, aparte de que los conocimientos que obligatoriamente tienen que impartir, no será posible su eficacia de un día para otro, como se dice en forma áspera, a raja tabla.
Claro que no es nuestra intención pasar por alto la intransigencia que muchas veces se manifiesta en las altas autoridades del ramo y no hará falta mencionar el nombre de ministros, rayando en lo neurasténico, que se han encerrado en sus despachos refrigerados, bajo siete llaves, en contra de un diálogo constructivo que los educadores, en determinados momentos, han solicitado lo que da lugar, naturalmente, que hayan surgido las hostilidades. Esta excepción, sin embargo, no contradice en modo alguna la necesidad que tienen todos los gremios de educadores de no recurrir a medidas extremas que incrementen la crisis muy marcada que se observa en la educación nacional, cuyo talón de Aquiles está en su pobre filosofía en que muchas veces, según el criterio de expertos, adolece de mucho dogmatismo, ya que de conjunto entre gobierno y educadores, hace falta de lado y lado, aplicar medidas más razonables y enrumbarla por caminos verdaderamente científicos.