Occidente o la fuerte tentación del antisemitismo
Los violentos sucesos que se vienen produciendo en el Medio Oriente desde fines de septiembre, han atrapado la atención de la comunidad internacional. Distintos medios de prensa, radiales y televisivos han captado y reproducido las imágenes de jóvenes palestinos arrojando piedras, bombas molotov o participando en concentraciones callejeras. Al mismo tiempo, los agentes de seguridad y militares israelíes son reflejados tratando de contener o reprimir la violencia de los levantamientos. La crisis, que afecta a Israel y a la población palestina, evidencia dramáticamente cuán compleja resulta la construcción de un marco para la coexistencia pacífica. El desafío sigue consistiendo en acortar las abismales diferencias existentes entre estas dos comunidades. A pesar de los esfuerzos, las distancias se empecinan en ser infranqueables. Los compromisos asumidos por los negociadores israelíes y palestinos, en la última reunión de acercamiento realizada en territorio egipcio, no se han materializado. Por ende, en las calles de los asentamientos de la Margen Occidental y Gaza, el descontento popular rehusa ceder el paso al silencio y la calma.
Al concentrase la atención de los medios en Israel, la opinión pública no ha podido reparar en las repercusiones más distantes del conflicto. Inmediatamente después de que estallaran los incidentes, en distintos lugares del mundo comenzaron a producirse atentados antisemitas. En Europa, se llevan registrados numerosos hechos de vandalismo, ataques incendiarios y agresiones físicas contra personas e instituciones judías. En un período de dos semanas, más de sesenta sinagogas fueron asaltadas, destrozadas o incendiadas. Una situación de agresión tan generalizada contra la comunidad judía no ocurría en el viejo continente desde 1930, cuando el Nacionalsocialismo estaba en pleno apogeo. Francia, resultó el país más afectado por el resurgimiento del antisemitismo. Su presidente, Jacques Chirac, calificó la ola de odio antijudío como "inaceptable e intolerable". Alemania, por su lado, vio reaparecer las pintadas públicas que llaman a "exterminar al judío". Estas -en palabras del director del Centro Wiesenthal, Rabino Marvin Hier- "no aparecían en esas cantidades desde los días en que imperó el Nazismo". A los mensajes de odio han seguido las acciones concretas. Así, la vieja sinagoga y memorial del Holocausto de la ciudad de Essen, tuvo que ser defendida contra una multitud que pretendía ingresar por la fuerza para destrozarla. De igual modo, en Italia se produjeron enfrentamientos callejeros entre jóvenes judíos y militantes de agrupaciones de la extrema derecha local. Mientras tanto, los servicios de seguridad de la mayoría de los países europeos están desde hace días en alerta máxima. No se descartan algunos atentados terroristas. Además, agresiones puntuales han ocurrido en las calles de Londres, donde reside una importante colectividad judía. En Australia, la ciudad de Sidney se vio sacudida por el incendio intencional de una de sus principales sinagogas. Paradójicamente, este hecho se produjo inmediatamente después de finalizados los Juegos Olímpicos, donde por dos semanas la vida de la ciudad giró en torno a valores, tales como la universalidad y el respeto a la diversidad de los pueblos. En la misma Nueva York, se han contabilizado ataques en la vía pública que han tenido por víctimas a judíos ortodoxos. Hasta aquí, América Latina se ha mantenido al margen de esta oleada extremista. El otro frente donde se ha registrado un descomunal incremento del antisemitismo ha sido en el ámbito de la Internet. Evidentemente, la situación operó como detonante para la difusión de mensajes de odio.
En la mayoría de los casos, la explosión de violencia y prédica antisemita se generó en el seno de sociedades democráticas, donde existe un generalizado respeto a las libertades individuales. Es en las mismas donde los sistemas educativos, legales e institucionales están orientados a armonizar la convivencia entre las distintas minorías o grupos étnicos, religiosos o culturales. Esta situación nos lleva a formularnos algunos interrogantes. ¿En dónde radica la falla que permite el cultivo del odio? ¿Por qué continuamos subestimando la capacidad destructiva del antisemitismo y la violencia dirigida contra las minorías? ¿Cómo deberían responder las sociedades democráticas a estos fenómenos?. Debe quedar en claro que el antisemitismo constituye una forma de persecución y discriminación inaceptable. Como tal es violatoria del respeto a la dignidad humana. Se impone expresar un categórico repudio, rechazando como inadmisible la victimización de las distintas comunidades judías. La solidaridad con las víctimas de la intolerancia debe ser incondicional, y por ende, independiente de la valoración que hagamos de los aciertos o errores de los distintos actores involucrados en el conflicto del Medio Oriente. Una vez más, la construcción de espacios plurales exige romper el silencio ante el incremento desmesurado del racismo.
Al concentrase la atención de los medios en Israel, la opinión pública no ha podido reparar en las repercusiones más distantes del conflicto. Inmediatamente después de que estallaran los incidentes, en distintos lugares del mundo comenzaron a producirse atentados antisemitas. En Europa, se llevan registrados numerosos hechos de vandalismo, ataques incendiarios y agresiones físicas contra personas e instituciones judías. En un período de dos semanas, más de sesenta sinagogas fueron asaltadas, destrozadas o incendiadas. Una situación de agresión tan generalizada contra la comunidad judía no ocurría en el viejo continente desde 1930, cuando el Nacionalsocialismo estaba en pleno apogeo. Francia, resultó el país más afectado por el resurgimiento del antisemitismo. Su presidente, Jacques Chirac, calificó la ola de odio antijudío como "inaceptable e intolerable". Alemania, por su lado, vio reaparecer las pintadas públicas que llaman a "exterminar al judío". Estas -en palabras del director del Centro Wiesenthal, Rabino Marvin Hier- "no aparecían en esas cantidades desde los días en que imperó el Nazismo". A los mensajes de odio han seguido las acciones concretas. Así, la vieja sinagoga y memorial del Holocausto de la ciudad de Essen, tuvo que ser defendida contra una multitud que pretendía ingresar por la fuerza para destrozarla. De igual modo, en Italia se produjeron enfrentamientos callejeros entre jóvenes judíos y militantes de agrupaciones de la extrema derecha local. Mientras tanto, los servicios de seguridad de la mayoría de los países europeos están desde hace días en alerta máxima. No se descartan algunos atentados terroristas. Además, agresiones puntuales han ocurrido en las calles de Londres, donde reside una importante colectividad judía. En Australia, la ciudad de Sidney se vio sacudida por el incendio intencional de una de sus principales sinagogas. Paradójicamente, este hecho se produjo inmediatamente después de finalizados los Juegos Olímpicos, donde por dos semanas la vida de la ciudad giró en torno a valores, tales como la universalidad y el respeto a la diversidad de los pueblos. En la misma Nueva York, se han contabilizado ataques en la vía pública que han tenido por víctimas a judíos ortodoxos. Hasta aquí, América Latina se ha mantenido al margen de esta oleada extremista. El otro frente donde se ha registrado un descomunal incremento del antisemitismo ha sido en el ámbito de la Internet. Evidentemente, la situación operó como detonante para la difusión de mensajes de odio.
En la mayoría de los casos, la explosión de violencia y prédica antisemita se generó en el seno de sociedades democráticas, donde existe un generalizado respeto a las libertades individuales. Es en las mismas donde los sistemas educativos, legales e institucionales están orientados a armonizar la convivencia entre las distintas minorías o grupos étnicos, religiosos o culturales. Esta situación nos lleva a formularnos algunos interrogantes. ¿En dónde radica la falla que permite el cultivo del odio? ¿Por qué continuamos subestimando la capacidad destructiva del antisemitismo y la violencia dirigida contra las minorías? ¿Cómo deberían responder las sociedades democráticas a estos fenómenos?. Debe quedar en claro que el antisemitismo constituye una forma de persecución y discriminación inaceptable. Como tal es violatoria del respeto a la dignidad humana. Se impone expresar un categórico repudio, rechazando como inadmisible la victimización de las distintas comunidades judías. La solidaridad con las víctimas de la intolerancia debe ser incondicional, y por ende, independiente de la valoración que hagamos de los aciertos o errores de los distintos actores involucrados en el conflicto del Medio Oriente. Una vez más, la construcción de espacios plurales exige romper el silencio ante el incremento desmesurado del racismo.