Ojo con el pasado...
Ojo con el pasado, pues éste determina lo por venir, para bien o para mal. Algunos analistas sostienen que el uso de la fuerza, al margen de la legalidad, provoca inestabilidad, incertidumbre, violencia y anarquía. Y si esa regla funciona en ámbitos domésticos, con mucha más razón en escenarios de convivencia planetaria. Formamos parte de los países en vías de "subdesarrollo" y eso, según se dice, nos inhabilita para opinar sobre asuntos de los grandes. Creo, por el contrario, que es lo que mejor nos califica para razonar en relación con un nuevo orden mundial como el que se avecina. En estos vértices de la historia, nada más indignante que el silencio de las víctimas o de los inocentes.
Las épocas de crisis incuban los nuevos ordenamientos internacionales. Los poderes, por su lado, no pierden la costumbre de ensayar nuevas formas de vasallaje. Pero los oprimidos pueden y deben aprovechar las contradicciones internas del sistema para participar en la construcción de un orden mundial en donde imperen la igualdad, el respeto por las soberanías nacionales y el reconocimiento de la diversidad cultural y política.
Aparentemente, en la coyuntura actual, la historia marcha en dirección opuesta a los valores de la civilización humana. La primera potencia del mundo, sin contrapeso, obsesionada por una visión de soberanía sin fronteras, inicia un nuevo ciclo apocalíptico, impone la vía de las invasiones territoriales apoyándose en pretextos no por espectaculares menos independientes. El mundo entra en una fase de desequilibrio estructural y conceptos como esperanza y paz pierden sus alcances paradigmáticos.
En nombre de los derechos humanos, las almas guerreras ponen en peligro el más importante de todos: el derecho a la vida. Llaman paz a la paz de los cementerios. Para combatir al terrorismo, ponen bajo un régimen de terror a todos los pueblos del orbe.
222 En cuanto a Panamá, es preciso tomar conciencia de las desigualdades y de los inagotables recursos con los que se cuenta para encontrar el camino al desarrollo.
Nadie debe llamarse a engaños. Estados Unidos está llamado a jugar un papel importante en el destino de la humanidad a partir este instante y debe estar a la altura de esa responsabilidad. Si actúa al margen del Derecho internacional, y ya lo está haciendo, propagará la violencia como nunca antes en el mundo.
La globalización no funciona de un solo lado. El mundo informado de hoy no acogerá el discurso de cualquier ocupación con una sonrisa en los labios. La gobernabilidad de los territorios ocupados será una ilusión pasajera. El mundo del inmediato porvenir sólo tendrá sosiego si las respuestas al hambre son contundentes y definitivas. Las armas de destrucción masiva serán juguetes de niños cuando la pobreza extrema, acicateada por las creencias religiosas, los despojos y las diferencias éticas, vengan por su legítima revancha. Y no se trata de un deseo ni de una profecía. Se trata, simplemente, de saber cómo se articula la historia y la conducta humana.
No le viene bien a Estados Unidos el papel de policía internacional. Su papel de primera potencia será eficaz si predica con el ejemplo y cultiva el respeto y la tolerancia con el resto del mundo. Sus amigos y no sus enemigos deben decirle estas cosas a sus dirigentes actuales. Estados Unidos tiene en sus manos las llaves de la convivencia pacífica y su seguridad nacional no la garantizarán las bombas caídas a granel sobre la cabeza de niños hambrientos, sino la mano amiga extendida.
En cuanto a Panamá, es preciso tomar conciencia de las desigualdades y de los inagotables recursos con los que se cuenta para encontrar el camino al desarrollo. Realmente nunca hemos sacado provecho de nuestras ventajas naturales. Las ferias de Portobelo, el ferrocarril transístmico, el Canal de Panamá; en general, nuestra posición geográfica, poco beneficio ha traído a la población local. ¿Hemos perdido todas las oportunidades o todavía estamos en tiempo?
Quienes tienen la responsabilidad de dirigir el país, deben examinar cuidadosamente la actual encrucijada. Su mayor esfuerzo debe orientarse -superando para ello intereses personales, políticos o de clase social- a crear los mecanismos para que las dos terceras partes de un país que no llega a tres millones de habitantes -entre los que se encuentran los grupos aborígenes- deje de vivir en condiciones de pobreza y pobreza extrema.
Los recursos de un país pobre deben administrarse, no explotarse, si buscamos desarrollo y sostenibilidad. El sector privado, por un elemental sentido de supervivencia, debe hacer suya la idea de equidad. Si no se toma conciencia de esta realidad de nada servirán, en un futuro inmediato, las murallas erigidas frente a las casas en donde viven y los negocios que regentan.
Por otro lado, los administradores de "la cosa pública" están obligados a preservar los bienes del Estado, y de equilibrar el impulso natural y lícito de enriquecimiento de los empresarios y el afán de participación en el reparto de la fuerza laboral. La nivelación de estos polos del desarrollo garantiza paz, democracia y calidad de vida.
La educación formal, informal y continua, no sólo bajo la responsabilidad del Ministerio de Educación y las universidades, es la garantía de la excelencia institucional. El funcionario público no debe dejar de estudiar en ningún momento. La eficiencia y la calidad de su trabajo dependen de su interés por informarse y manejar las nuevas técnicas y conocimientos en una sociedad que se renueva todos los días. El sitio de trabajo -la fábrica o la oficina- debe funcionar como un aula de clases en la actualidad.
A pesar de los problemas del mundo global, como dijo un escritor, debemos "acelerar el paso por nuestra edad media", para sentirnos satisfechos como seres humanos y como parte de una sociedad que nos necesita a todos solidarios y unidos.
Las épocas de crisis incuban los nuevos ordenamientos internacionales. Los poderes, por su lado, no pierden la costumbre de ensayar nuevas formas de vasallaje. Pero los oprimidos pueden y deben aprovechar las contradicciones internas del sistema para participar en la construcción de un orden mundial en donde imperen la igualdad, el respeto por las soberanías nacionales y el reconocimiento de la diversidad cultural y política.
Aparentemente, en la coyuntura actual, la historia marcha en dirección opuesta a los valores de la civilización humana. La primera potencia del mundo, sin contrapeso, obsesionada por una visión de soberanía sin fronteras, inicia un nuevo ciclo apocalíptico, impone la vía de las invasiones territoriales apoyándose en pretextos no por espectaculares menos independientes. El mundo entra en una fase de desequilibrio estructural y conceptos como esperanza y paz pierden sus alcances paradigmáticos.
En nombre de los derechos humanos, las almas guerreras ponen en peligro el más importante de todos: el derecho a la vida. Llaman paz a la paz de los cementerios. Para combatir al terrorismo, ponen bajo un régimen de terror a todos los pueblos del orbe.
222 En cuanto a Panamá, es preciso tomar conciencia de las desigualdades y de los inagotables recursos con los que se cuenta para encontrar el camino al desarrollo.
Nadie debe llamarse a engaños. Estados Unidos está llamado a jugar un papel importante en el destino de la humanidad a partir este instante y debe estar a la altura de esa responsabilidad. Si actúa al margen del Derecho internacional, y ya lo está haciendo, propagará la violencia como nunca antes en el mundo.
La globalización no funciona de un solo lado. El mundo informado de hoy no acogerá el discurso de cualquier ocupación con una sonrisa en los labios. La gobernabilidad de los territorios ocupados será una ilusión pasajera. El mundo del inmediato porvenir sólo tendrá sosiego si las respuestas al hambre son contundentes y definitivas. Las armas de destrucción masiva serán juguetes de niños cuando la pobreza extrema, acicateada por las creencias religiosas, los despojos y las diferencias éticas, vengan por su legítima revancha. Y no se trata de un deseo ni de una profecía. Se trata, simplemente, de saber cómo se articula la historia y la conducta humana.
No le viene bien a Estados Unidos el papel de policía internacional. Su papel de primera potencia será eficaz si predica con el ejemplo y cultiva el respeto y la tolerancia con el resto del mundo. Sus amigos y no sus enemigos deben decirle estas cosas a sus dirigentes actuales. Estados Unidos tiene en sus manos las llaves de la convivencia pacífica y su seguridad nacional no la garantizarán las bombas caídas a granel sobre la cabeza de niños hambrientos, sino la mano amiga extendida.
En cuanto a Panamá, es preciso tomar conciencia de las desigualdades y de los inagotables recursos con los que se cuenta para encontrar el camino al desarrollo. Realmente nunca hemos sacado provecho de nuestras ventajas naturales. Las ferias de Portobelo, el ferrocarril transístmico, el Canal de Panamá; en general, nuestra posición geográfica, poco beneficio ha traído a la población local. ¿Hemos perdido todas las oportunidades o todavía estamos en tiempo?
Quienes tienen la responsabilidad de dirigir el país, deben examinar cuidadosamente la actual encrucijada. Su mayor esfuerzo debe orientarse -superando para ello intereses personales, políticos o de clase social- a crear los mecanismos para que las dos terceras partes de un país que no llega a tres millones de habitantes -entre los que se encuentran los grupos aborígenes- deje de vivir en condiciones de pobreza y pobreza extrema.
Los recursos de un país pobre deben administrarse, no explotarse, si buscamos desarrollo y sostenibilidad. El sector privado, por un elemental sentido de supervivencia, debe hacer suya la idea de equidad. Si no se toma conciencia de esta realidad de nada servirán, en un futuro inmediato, las murallas erigidas frente a las casas en donde viven y los negocios que regentan.
Por otro lado, los administradores de "la cosa pública" están obligados a preservar los bienes del Estado, y de equilibrar el impulso natural y lícito de enriquecimiento de los empresarios y el afán de participación en el reparto de la fuerza laboral. La nivelación de estos polos del desarrollo garantiza paz, democracia y calidad de vida.
La educación formal, informal y continua, no sólo bajo la responsabilidad del Ministerio de Educación y las universidades, es la garantía de la excelencia institucional. El funcionario público no debe dejar de estudiar en ningún momento. La eficiencia y la calidad de su trabajo dependen de su interés por informarse y manejar las nuevas técnicas y conocimientos en una sociedad que se renueva todos los días. El sitio de trabajo -la fábrica o la oficina- debe funcionar como un aula de clases en la actualidad.
A pesar de los problemas del mundo global, como dijo un escritor, debemos "acelerar el paso por nuestra edad media", para sentirnos satisfechos como seres humanos y como parte de una sociedad que nos necesita a todos solidarios y unidos.