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Olor a pasión, carnavales y guerra


Si a algo nos recuerda el momento del planeta, es al Apocalipsis. Estas vísperas de la Semana Mayor, del discurso público, de la campaña política del Revolucionario de Galilea, su juicio sin garantías procesales y su condena por el Poder Público Romano, con la complicidad del sacerdocio y eruditos judíos, nos remiten a una situación parecida a la actual, en semejanza de aquellos sucesos acaecidos dos mil años atrás: la autocracia dictatorial de Bagdad, aferrada como los clanes megalómanos de todas las tendencias a morir junto a millares, a hundirse con todos, se enfrenta a un mando presidencial de la primera potencia del mundo, que tampoco desea hacer mucho por la paz. Herido en su orgullo, el presidente Bush está más impaciente por entrar a la fuerza a Irak que atender posibles rutas de salida diplomática; ni aunque se pudiese forzar a Hussein a destruir todos sus arsenales, los que además, los norteamericanos conocen mejor que nosotros de su obsolencia, fuera de algunas armas químicas que puedan esconder.
La multimillonaria inversión militar necesita cobrar sus costos. Demasiados miles de soldados, billones de dólares gastados, y, detrás de todo, los "Perros de la Guerra", los que venden aviones, helicópteros, buques, armas, y los que observan el segundo yacimiento de reservas de petróleo más grande del mundo, y se liman los colmillos de lobo.
Por algo vimos al ex Secretario de Defensa del ex presidente George Bush, Caspar Weinberger, entre los principales cabilderos del "Plan Colombia"; no porque le llame la atención los muertos diarios, los secuestrados en nuestro hermano país, sino porque representa los intereses de los vendedores de armas. Y ellos quieren guerra siempre, nunca paz, porque no es negocio la paz.
222 Luego de pasada la sabrosa orgía de alcohol y las otras cosas, los panameños buscaremos el miércoles de ceniza, ocultando la goma al Jesús que tanto olvidamos los días anteriores...
Cientos de miles de jóvenes estadounidenses, con sus esposas, madres, hijos, orando ante Dios por sus vidas, rodean a Irak, listos para la orden de ataque. Mientras, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, puesto a prueba como jamás antes; Francia, con el porte marcial de un nuevo De Gaulle, Chirac se yergue gritando: "Ni con Sadam, ni con Bush, hay otras opciones", escoltado por Rusia y China y en compañía de la Alemania en bancarrota. Tal vez decretos superiores, imperceptibles, nos mandan vivir ya el Apocalipsis, y ni las potencias ni las Naciones Unidas pueden detenerlo.
También nosotros, en Panamá, vivimos esas terribles profecías de San Juan. Los despiadados jinetes se pueden llamar: Desempleo, Desnutrición, Drogadicción, Desesperanza, todos con la letra D, la misma que inicia el sagrado nombre de Dios. El insulto a los políticos y entre políticos está a la orden del día, como si fuese el método para mejorar las cosas, cuando la guerra a la corrupción generalizada se debiera dar en el interior de los partidos, aunque la gente que se considera pura y decente se tenga que untar un poquito de lodo, porque nada hacen constructivo gritando desde la acera del frente. En tanto, el pueblo se desquita en los carnavales: ríos de cerveza, ron, seco, sudor y almizcle, aumentarán el PIB de la docena de apóstoles de la industria del licor, que engordarán sus cuentas millonarias con la tragedia aumentada de los pobres, pobres antes y más pobres después de los carnavales, aunque siete de cada 10 panameños le confesarán a Leopoldo Neira "que son más felices". Seguramente por esa filosofía panameña de estar "jodido, pero contento".
Luego de pasada la sabrosa orgía de alcohol y las otras cosas, los panameños buscaremos el miércoles de ceniza, ocultando la goma al Jesús que tanto olvidamos los días anteriores, y con las caritas tristes le susurremos al oído por el perdón. Y El volverá dárnoslo, aunque sea el Unico que maneja las encuestas absolutas de todos. Y el Viernes Santo, el de Dolores, fingiremos llorar por el único Mártir que sigue vivo. Y sano. Y luego de la liturgia de la Semana Mayor, todos correremos a ponernos otra vez los colmillos afilados de lobos, para comernos los unos a los otros. Engañando gente, prometiendo puentes donde no hay ríos, abrazando gente que nos apesta, buscando el poder para desquitarnos de nuestros complejos no curados. Somos todos parte del Apocalipsis. Y entre todos lo vamos a lograr, y a vivir.

101 años de Panamá América

 
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