OMC y subsidios agrícolas
Desde un inicio, tan pronto se definieron las primeras reglas de la globalización y el libre comercio, los países en vías de desarrollo -en su mayoría dependientes del sector primario- han objetado los subsidios agrícolas de las naciones más ricas. Estos subsidios en muchos casos distorsionan adversamente los precios de los productos de exportación de los más pobres, esparciendo miseria entre su población, con la correspondiente secuela de inestabilidad social y política.
De ese modo, en cada negociación de un tratado de libre comercio con un país rico, al momento que el más pobre planteaba sobre la mesa la liberación del mercado agrícola y la eliminación de los subsidios, recibía siempre por respuesta: "Eso lo dejaremos para la Organización Mundial de Comercio (OMC)". Pues bien, el momento llegó y pasó, con resultados alentadores. En efecto, durante las sesiones que tuvieron lugar el mes pasado en Ginebra, Suiza, con la intención de finiquitar temas pendientes de la "Ronda de Doha", nombre de una serie de acuerdos de destrabe comercial, las delegaciones asistentes y especialmente las de Australia, Brasil, Estados Unidos, India y la Unión Europea, llegaron a un promisorio acuerdo cuyos mayores frutos han de esperarse en el terreno de los hechos.
El acuerdo sobre los subsidios, con más luces que sombras, consiste en esencia en que los países desarrollados que tienen subsidios a favor de sus agriculturas, irán reduciéndolas gradualmente siempre y cuando las subvenciones sean causantes de distorsiones comerciales; y procurando o atendiendo el interés de las naciones en desarrollo en obtener la reducción de la pobreza y la consecución de su "seguridad alimentaria".
Se trata, pues, de una fórmula que tiende a armonizar los intereses de ambos extremos; por un lado, el de los países desarrollados empeñados en dotarse de un desarrollo ambiental y social más armónico entre agro e industrialización; y, por el otro, el de las naciones en vías de desarrollo, que persiguen hallar en el libre comercio la oportunidad de ganar recursos para remediar la pobreza y acercarse al primer mundo.
Según los estudios, no se eliminan del todo los subsidios; sino que mantienen su vigencia en función de los efectos perniciosos que puedan tener en el mercado y en el mejor interés de las naciones más pobres. De lo contrario, habría persistido la situación actual, de productos de exportación de nuestras naciones con precios artificialmente deprimidos, causantes de pobreza; y de mercados agropecuarios propios arruinados por la invasión de productos foráneos, a precios inferiores, provocado por los subsidios de los países más ricos que crean condiciones difíciles e imposibles para competir.
El rescate de las libertades municipales en Panamá es una labor para todos.
En Latinoamérica, donde Panamá no es la excepción, existe el culto al hombre providencial. Ese caudillo que, de un golpe de timón, enrumbe al país por mejores derroteros. Esa es la base del populismo. La realidad ha demostrado ser otra. Nuestros gobernantes salen de un sistema político viciado, no tanto en sus instituciones como en sus hombres.
Así tenemos el debate bizantino sobre las reformas a la Constitución como piedra fundacional para un nuevo Estado. No hay tal cosa. Las costumbres se hacen leyes y no a la inversa. Tenemos la inveterada costumbre de tolerar la corrupción. Cambiar ese hábito es nuestra responsabilidad y de nadie más. Así de simple y así de difícil.
Panamá ha cambiado en sus usos y costumbres. En cien años pasó de misérrima provincia colombiana a un Estado Nacional consolidado. El acceso a la educación superior va definiendo claramente está transformación.
La proliferación de universidades, las posibilidades casi ilimitadas de la educación informática (virtual), la abundancia de jóvenes estudiando leyes, van iniciando lentamente el camino hacia el estado de derecho que todos queremos.
La cultura nacional cambia lentamente. Es nuestra obligación acelerar, en lo posible, esa tasa de variación.
El nuevo gobierno iniciará la nueva fiesta. Es imposible, aunque se quiera, que sea de otra forma, pues el sistema está viciado y su oxigenación es labor de todos. El nuevo presidente puede definir el tono de la fiesta. En elecciones sucesivas debemos definir la duración de la fiesta. El nuevo presidente puede gobernar con el ejemplo, ya que eso está a su alcance: austeridad y probidad. Los ciudadanos no debemos agradecerle nada. Para eso se le paga. Ellos son los sirvientes y no nosotros.
De ese modo, en cada negociación de un tratado de libre comercio con un país rico, al momento que el más pobre planteaba sobre la mesa la liberación del mercado agrícola y la eliminación de los subsidios, recibía siempre por respuesta: "Eso lo dejaremos para la Organización Mundial de Comercio (OMC)". Pues bien, el momento llegó y pasó, con resultados alentadores. En efecto, durante las sesiones que tuvieron lugar el mes pasado en Ginebra, Suiza, con la intención de finiquitar temas pendientes de la "Ronda de Doha", nombre de una serie de acuerdos de destrabe comercial, las delegaciones asistentes y especialmente las de Australia, Brasil, Estados Unidos, India y la Unión Europea, llegaron a un promisorio acuerdo cuyos mayores frutos han de esperarse en el terreno de los hechos.
El acuerdo sobre los subsidios, con más luces que sombras, consiste en esencia en que los países desarrollados que tienen subsidios a favor de sus agriculturas, irán reduciéndolas gradualmente siempre y cuando las subvenciones sean causantes de distorsiones comerciales; y procurando o atendiendo el interés de las naciones en desarrollo en obtener la reducción de la pobreza y la consecución de su "seguridad alimentaria".
Se trata, pues, de una fórmula que tiende a armonizar los intereses de ambos extremos; por un lado, el de los países desarrollados empeñados en dotarse de un desarrollo ambiental y social más armónico entre agro e industrialización; y, por el otro, el de las naciones en vías de desarrollo, que persiguen hallar en el libre comercio la oportunidad de ganar recursos para remediar la pobreza y acercarse al primer mundo.
Según los estudios, no se eliminan del todo los subsidios; sino que mantienen su vigencia en función de los efectos perniciosos que puedan tener en el mercado y en el mejor interés de las naciones más pobres. De lo contrario, habría persistido la situación actual, de productos de exportación de nuestras naciones con precios artificialmente deprimidos, causantes de pobreza; y de mercados agropecuarios propios arruinados por la invasión de productos foráneos, a precios inferiores, provocado por los subsidios de los países más ricos que crean condiciones difíciles e imposibles para competir.
El rescate de las libertades municipales en Panamá es una labor para todos.
En Latinoamérica, donde Panamá no es la excepción, existe el culto al hombre providencial. Ese caudillo que, de un golpe de timón, enrumbe al país por mejores derroteros. Esa es la base del populismo. La realidad ha demostrado ser otra. Nuestros gobernantes salen de un sistema político viciado, no tanto en sus instituciones como en sus hombres.
Así tenemos el debate bizantino sobre las reformas a la Constitución como piedra fundacional para un nuevo Estado. No hay tal cosa. Las costumbres se hacen leyes y no a la inversa. Tenemos la inveterada costumbre de tolerar la corrupción. Cambiar ese hábito es nuestra responsabilidad y de nadie más. Así de simple y así de difícil.
Panamá ha cambiado en sus usos y costumbres. En cien años pasó de misérrima provincia colombiana a un Estado Nacional consolidado. El acceso a la educación superior va definiendo claramente está transformación.
La proliferación de universidades, las posibilidades casi ilimitadas de la educación informática (virtual), la abundancia de jóvenes estudiando leyes, van iniciando lentamente el camino hacia el estado de derecho que todos queremos.
La cultura nacional cambia lentamente. Es nuestra obligación acelerar, en lo posible, esa tasa de variación.
El nuevo gobierno iniciará la nueva fiesta. Es imposible, aunque se quiera, que sea de otra forma, pues el sistema está viciado y su oxigenación es labor de todos. El nuevo presidente puede definir el tono de la fiesta. En elecciones sucesivas debemos definir la duración de la fiesta. El nuevo presidente puede gobernar con el ejemplo, ya que eso está a su alcance: austeridad y probidad. Los ciudadanos no debemos agradecerle nada. Para eso se le paga. Ellos son los sirvientes y no nosotros.