Once meses
Han pasado once meses desde que se instalara el gobierno que preside doña Mireya Moscoso. El momento es propicio para examinar lo actuado por dicha administración, especialmente cuando hace una semana Hugo Chávez - militar golpista que intentó acabar con el mandato constitucional de Carlos Andrés Pérez - ha sido reelecto presidente de la hermana República Bolivariana de Venezuela.
Menciono el asunto como parte de este escrito pues, tanto Mireya Moscoso como Hugo Chávez, apelaron a las raíces populistas de ambas naciones como fórmula adecuada para obtener la conducción de sus respectivos países.
En el caso venezolano el pasado domingo finalizó ese proceso emotivo que mantuvo, por varios años, la popularidad de Hugo Chávez en niveles realmente asombrosos. El total desgaste de una clase política incapaz de comprender sus grandes yerros, la ausencia de ese indispensable aporte que debe producir la sociedad civil, además de ese discurso repetitivo y que raya dentro de una argucia totalmente mesiánica, abonaron el terreno para que germinara el carisma de un individuo que, en honor a la verdad, pronto comenzará a desalentar peligrosamente a esa misma masa de electores que fincó en él sus más altas esperanzas.
Es de todos sabido que la República de Panamá se encuentra sumida dentro de una profunda recesión económica, tema cuya dimensión ha afectado los más importantes segmentos productivos de la sociedad nacional. Por lo tanto, ese desencanto que comenzó silencioso hace escasamente una semana para Hugo Chávez al finalizar su acto circense en Caracas, hoy cumple once meses y seis días para aquella terna presidencial que obtuvo el mandato popular con un alto porcentaje del electorado panameño.
Hace casi un año - durante las marañas del cambio y justo cuando se aprestaban a tomar las riendas del Estado - el preámbulo de entrada estuvo plagado de incertidumbres y negociaciones totalmente ajenas para con la seriedad que debía existir dada la coyuntura nacional donde nos encontrábamos.
Once meses más tarde, y luego que surgieran las momias perpetuas cargando sus sarcófagos putrefactos, aparecieron los oscuros vicios que las acompañan siempre para minar irremediablemente la esencia misma del compromiso adquirido.
Volvimos a caer en esa perniciosa conducta que ha definido por años el andar nuestro y el de muchos pueblos latinoamericanos. Nacieron y murieron pactos, alianzas y cuantas otras cosas se produjeron a la carrera para mantener supuestamente una frágil gobernabilidad, ignorando la verdadera obligación que sigue demandando la República de Panamá y que resulta ajena a las directrices que gestan, pulen y negocian las camarillas que rigen los destinos políticos criollos.
Unión por Panamá ofreció al país establecer un esquema de gobierno donde el enfoque social y la guerra contra la corrupción ocuparían un rol prioritario para aliviar parte de ese gran malestar que pesa sobre la Nación entera. Hasta el momento han fallado estrepitosamente. Las encuestas aparecidas esta semana debieran ser tema de profunda meditación. El trabajo - ese bálsamo irremplazable para curar la dolencia que nos ocupa - ha disminuido a niveles preocupantes durante los últimos 340 días, amén de las serias denuncias de desgreño administrativo que han presentado muy altos funcionarios que hasta hace pocos días trabajaban dentro del engranaje gubernamental.
Ya no podemos dar otro compás de espera para que la administración Moscoso estructure a conciencia sus planes de acción. El país no tolera más errores. Por lo tanto, apelo al buen juicio de sus asesores - si es que aún queda alguno con memoria, sentido común y dispuesto a cooperar en aras del bienestar general - que le recuerde el verdadero propósito de la política honesta y así procurar un real beneficio socioeconómico para los habitantes de la República de Panamá.
Menciono el asunto como parte de este escrito pues, tanto Mireya Moscoso como Hugo Chávez, apelaron a las raíces populistas de ambas naciones como fórmula adecuada para obtener la conducción de sus respectivos países.
En el caso venezolano el pasado domingo finalizó ese proceso emotivo que mantuvo, por varios años, la popularidad de Hugo Chávez en niveles realmente asombrosos. El total desgaste de una clase política incapaz de comprender sus grandes yerros, la ausencia de ese indispensable aporte que debe producir la sociedad civil, además de ese discurso repetitivo y que raya dentro de una argucia totalmente mesiánica, abonaron el terreno para que germinara el carisma de un individuo que, en honor a la verdad, pronto comenzará a desalentar peligrosamente a esa misma masa de electores que fincó en él sus más altas esperanzas.
Es de todos sabido que la República de Panamá se encuentra sumida dentro de una profunda recesión económica, tema cuya dimensión ha afectado los más importantes segmentos productivos de la sociedad nacional. Por lo tanto, ese desencanto que comenzó silencioso hace escasamente una semana para Hugo Chávez al finalizar su acto circense en Caracas, hoy cumple once meses y seis días para aquella terna presidencial que obtuvo el mandato popular con un alto porcentaje del electorado panameño.
Hace casi un año - durante las marañas del cambio y justo cuando se aprestaban a tomar las riendas del Estado - el preámbulo de entrada estuvo plagado de incertidumbres y negociaciones totalmente ajenas para con la seriedad que debía existir dada la coyuntura nacional donde nos encontrábamos.
Once meses más tarde, y luego que surgieran las momias perpetuas cargando sus sarcófagos putrefactos, aparecieron los oscuros vicios que las acompañan siempre para minar irremediablemente la esencia misma del compromiso adquirido.
Volvimos a caer en esa perniciosa conducta que ha definido por años el andar nuestro y el de muchos pueblos latinoamericanos. Nacieron y murieron pactos, alianzas y cuantas otras cosas se produjeron a la carrera para mantener supuestamente una frágil gobernabilidad, ignorando la verdadera obligación que sigue demandando la República de Panamá y que resulta ajena a las directrices que gestan, pulen y negocian las camarillas que rigen los destinos políticos criollos.
Unión por Panamá ofreció al país establecer un esquema de gobierno donde el enfoque social y la guerra contra la corrupción ocuparían un rol prioritario para aliviar parte de ese gran malestar que pesa sobre la Nación entera. Hasta el momento han fallado estrepitosamente. Las encuestas aparecidas esta semana debieran ser tema de profunda meditación. El trabajo - ese bálsamo irremplazable para curar la dolencia que nos ocupa - ha disminuido a niveles preocupantes durante los últimos 340 días, amén de las serias denuncias de desgreño administrativo que han presentado muy altos funcionarios que hasta hace pocos días trabajaban dentro del engranaje gubernamental.
Ya no podemos dar otro compás de espera para que la administración Moscoso estructure a conciencia sus planes de acción. El país no tolera más errores. Por lo tanto, apelo al buen juicio de sus asesores - si es que aún queda alguno con memoria, sentido común y dispuesto a cooperar en aras del bienestar general - que le recuerde el verdadero propósito de la política honesta y así procurar un real beneficio socioeconómico para los habitantes de la República de Panamá.