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Oposición a hidroeléctricas


Más que necia, es una actitud suicida oponerse a las hidroeléctricas, aunque se fundamenten en el tema ecológico. Incluso, el argumento adolece de una debilidad insuperable: Si no hacemos más hidroeléctricas, tendremos que instalar más plantas térmicas altamente contaminantes y que nos hacen más dependientes del petróleo que anda por las nubes y que todo indica que no bajará.

Cierto, hay otras alternativas energéticas que debemos desarrollar. Pero esas son de largo plazo, digamos de 10 años. Y ahora mismo estamos al límite de nuestra capacidad, lo que nos obligará a acudir a las termoeléctricas y, cuidado, que a operar algunas con carbón, barato pero más contaminante. Con el galón de gasolina de 95 octanos a punto de superar los cuatro balboas, no podemos cerrar la puerta a ninguna alternativa, aunque tengamos que pagar algún precio en términos ecológicos.

Por otro lado, igual que sugerimos con la conclusión del ensanche de la Interamericana hasta David, es conveniente sentar a los candidatos presidenciales e instarles a que se comprometan con una estrategia energética nacional que vaya más allá de los partidos y de un quinquenio de gobierno cualquiera.

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