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Optimistas y pesimistas


Desde que empezó la vida social de la humanidad --y ya han pasado miles de años-- se han enfrentado en las relaciones interpersonales de sus miembros dos criterios que siendo al parecer opuestos son, en realidad, complementarios y constituyen los nodos de los oscilantes movimientos de nuestros juicios: pro y contra. Cuando se inicia en cualquiera de nosotros un proceso psíquico, un ciclo de trabajo mental, a pesar de la gran riqueza de posibilidades que en teoría poseemos, tendemos a proceder igual que las máquinas electrónicas eliminando sucesivamente dilemas, procediendo en nuestro pensamiento de un modo dicotómico inclusive cuando a primera vista sean múltiples las vías de progresión que se nos ofrecen.

Ahora bien, algunos experimentados neurofisiólogos afirman y demuestran que son dos los procesos fundamentales del sistema nervioso (excitación e inhibición) y no cuesta mucho imaginar que según predomine uno u otro de ellos el pensamiento propenderá a difundirse o concentrarse, avanzar o estancarse, llevarnos hacia la acción o hacia la abstención. Conscientemente nuestras vivencias del predominio de la excitación propulsiva se manifiestan mediante un sentimiento íntimo de fe y de entusiasmo; de lo contrario surge la inhibición cada vez que sentimos desconfianza, recelo y descubrimos un “pero”.

Neurofisiológicamente hablando, pues, un optimista es un individuo para el cual no existen “peros” en el camino de la satisfacción de sus deseos. Inversamente, un pesimista es un sujeto que no puede establecer un juicio, un deseo y menos todavía un propósito sin que surjan varios “peros” que lo detienen y estancan. En el primero predominan los procesos de irradiación y las resistencias de sinapsis son mínimas. En el segundo, por el contrario, dominan los procesos de bloqueo, de interceptación y de reversión de los impulsos de acción.

El optimista se nos presenta como poseedor de una desbordante vitalidad, lleno del dinamismo que caracteriza a la juventud, apto para todo cambio, probar todo lo nuevo, pues todo le parece fácil. El pesimista aparece, por el contrario, desanimado, deprimido y triste, es decir, se corta sus proyectos con su exagerada negatividad. De ahí la diferencia de aspecto y actitud de ambos: el optimista se presenta sonriente, jovial, campechano y cordial, mientras que el pesimista aparece serio, envejecido, triste y ensimismado.

Según esta descripción, lo ideal para el bienestar y progreso de la humanidad sería que todos sus componentes fuesen optimistas y que la imagen del pesimista desapareciese definitivamente, pero lo que en verdad precisamos es que en cada persona se equilibren y compensen debidamente el optimista y el pesimista para evitar dos alteraciones mentales bien definidas: la manía y la melancolía. Nuestra meta emocional, por tanto, debe ser un estado en que prevalezcan la ecuanimidad, la objetividad, la serenidad y la imparcialidad.

101 años de Panamá América

 
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