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Organización mundial frente al terrorismo internacional


Hace quince días en esta misma columna compartí con los lectores de El Panamá América mis reflexiones sobre el ataque terrorista ocurrido el 11 de septiembre en Nueva York y Washington, que revistió las proporciones de un crimen de lesa humanidad. En base a las informaciones a las que he podido acceder en los últimos veinte días, puedo entender que se están gestando las posibles respuestas a esos actos tan inhumanos como despiadados. También me es posible entender que por su contenido, su alcance y su duración, la respuesta no puede ser una sola ni puede ser rápida. Igualmente he podido entender que debe constituirse un sistema de respuestas con la cooperación más amplia posible de todo el mundo.
Quienes creemos en las virtudes de una comunidad internacional organizada según los principios de la democracia, la justicia y la solidaridad internacionales, nos sentimos ligados por las decisiones de las Naciones Unidas, sean éstas a propósito del terrorismo o de cualquier otro problema mundial que no puede ser resuelto unilateral ni aisladamente.
Esta adhesión a las decisiones de las Naciones Unidas no es ciega. Las Naciones Unidas es una creación que surgió después de dos atroces guerras mundiales. Las Naciones Unidas fue el sistema que se concibió para la búsqueda de acuerdos, de fórmulas para evitar que la humanidad sufriera otras guerras, otros padecimientos provocados por contiendas internacionales. La Organización de las Naciones Unidas se creó en un momento en que la voluntad política de los Estados, de las naciones, de los pueblos que la fundaron, coincidieron en sus ideales, en sus principios y en sus propósitos. Por tanto, las Naciones Unidas es una Organización que no puede evitar su protagonismo en un tiempo en que las desmesuras de todo tipo han seguido progresando. Las Naciones Unidas es una Organización abierta a los conflictos que los pueblos sienten en carne propia y que reclaman solución.
Hoy en día, se ha confirmado que el terrorismo es un problema mundial. No es casual que año tras año se incluya en el programa del período ordinario de sesiones de la Asamblea General el tema titulado "Medidas para eliminar el terrorismo internacional". Las Naciones Unidas han decidido luchar unificada y eficientemente contra el terrorismo. Para poder hacerlo, frente a los dramáticos acontecimientos del 11 de septiembre, necesitará de los recursos que sus estados miembros decidan acordarle. Tendrá que hacerlo sin renunciar a su condición de foro de la universalidad activa y de la pluralidad de los diálogos.
Tendrá que hacerlo a través de la fuerza de la palabra y con las fuerzas que los estados miembros decidan poner a su disposición conforme al Capítulo VII de la Carta, en el cual se enmarcan la resolución 1269 (1999) de 19 de octubre de 1999, la resolución 1333 de 19 diciembre de 2000 y la resolución 1368 de 12 de septiembre de 2001. En esta última resolución el Consejo de Seguridad reconoció a los Estados Unidos el derecho inmanente de la legítima defensa, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas. Este instrumento en su Artículo 51, contempla que las medidas tomadas en ejercicio de ese derecho serán comunicadas de inmediato al Consejo de Seguridad, sin menoscabo de la autoridad y responsabilidad de dicho Consejo para ejercer en cualquier momento la acción que estime necesaria con el fin de mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.
Los pronunciamientos del Consejo de Seguridad tienen incidencia tanto en Panamá como en el Canal transístmico que está destinado a permanecer seguro y abierto en todo tiempo para el tránsito pacífico de las naves de todas las naciones en términos de entera igualdad. Las medidas que pudiera adoptar el Consejo de Seguridad prohibiendo el paso de naves de determinadas banderas por el Canal interoceánico, serán de obligante cumplimiento por Panamá, no obstante lo establecido en el Tratado Torrijos-Carter concerniente a la Neutralidad Permanente del Canal y a su funcionamiento. En las circunstancias actuales prevalecería sobre el Tratado de Neutralidad la prohibición del Consejo del Seguridad, por virtud de la supremacía constitucional internacional que le otorga preeminencia a la Carta de las Naciones Unidas. Así lo consagra el Artículo 103, que textualmente determina que "en caso de conflicto entre las obligaciones contraídas por los miembros de las Naciones Unidas en virtud de la presente Carta y sus obligaciones contraídas en virtud de cualquier otro convenio internacional, prevalecerán las obligaciones impuestas por la presente Carta."
La supremacía constitucional internacional, a que aludo, no puede considerarse como una mera declaración retórica. Es de ineludible obedecimiento. Conforme al Artículo 25 de la Carta de San Francisco, todos los Estados Miembros de la Organización están comprometidos a "aceptar y cumplir las decisiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas." A esta conclusión se suma el texto claro y explícito del Artículo 4 de la Constitución Política panameña, conforme al cual "la República de Panamá acata las normas del Derecho Internacional".
Para cumplir con el mandato de las resoluciones 1269, 1333 y 1368, las Naciones Unidas deberá convertir los fines que le señala la Carta en metas por las cuales será preciso luchar cotidianamente y sin claudicaciones. Será preciso luchar sin desmayo por la paz, la seguridad, la justicia y el desarrollo.
La respuesta al terrorismo debe ser global, reafirmando el imperio del derecho internacional. El terrorismo ha golpeado en Nueva York, en Washington y en Pennsylvania, pero puede hacerlo en cualquier parte y en cualquier momento. Como lo dijo el lunes pasado, 24 de septiembre, ante la Asamblea General, el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan: "el ataque del 11 de septiembre golpeó todas las cosas por las cuales las Naciones Unidas existe: golpeó la paz, golpeó la libertad, golpeó la tolerancia, golpeó los derechos humanos, golpeó la idea misma de una familia humana unida". Annan proclamó, que la organización es el foro natural para estructurar una coalición universal dedicada a prevenir y erradicar los actos de terrorismo, singularmente cuando la Asamblea y el Consejo de Seguridad se concentrarán a partir de hoy, 1" de octubre, en el empeño de adoptar medidas sobre el terrorismo internacional con su compleja multiplicidad de caracterizaciones que pueden ir de lo irracional a lo belicista, a lo religioso, a lo ideológico o a lo demencial.
A lo anterior, se suma la circunstancia de que el 2001 ha sido programado "Año de las Naciones Unidas del Diálogo entre Civilizaciones" (Resoluciones 55/223 de 13 de noviembre de 2000 y 55/254 de 31 de mayo de 2001) que, sin duda, contribuirá a desvirtuar los ominosos conceptos de algunos comentaristas que se han apresurado a aseverar que los actos terroristas del 11 de septiembre, confirman la tesis descorazonadora de que nos encontramos frente a un inevitable "choque de civilizaciones" que sitúa a la humanidad frente a un siglo de conflictos entre gentes de diferentes culturas y profesiones religiosas.
En las Naciones Unidas coexisten 189 países y no faltan aquellos que pretenden utilizarla para la difusión de su propio sistema ideológico, político o económico. Muchos hacen de las Naciones Unidas un foro donde vuelcan los conflictos en los que se hallan involucrados. Esto resulta inevitable. Sin embargo, las Naciones Unidas afirma su razón de ser, a medida que el mundo se torna más complejo y se agravan los desequilibrios, aumentan las asimetrías y se ahondan las brechas en la dimensión política, económica, científica y tecnológica.
El ataque terrorista del 11 de septiembre destaca la urgencia de que todos los seres humanos nos interroguemos sobre nuestras creencias, lo que inevitablemente nos lleva a interrogarnos también sobre nuestras auténticas lealtades. Percibo que las amenazas del terrorismo hacen que el mundo busque y deba encontrar los medios para preservar lo esencial y perdurable creado por la humanidad, porque ese es un requisito para preservar la misma humanidad.
Ningún político, ningún prelado, ningún filósofo habría acrisolado en mejores palabras su pensamiento sobre la dignidad esencial del ser humano como lo hizo James Earl Jones, uno de los grandes actores dramáticos del siglo XX, al dirigirse, el domingo 23 de septiembre, a millares de sus compatriotas, al momento de iniciarse en el "Yankee Stadium" los ritos ecuménicos dedicados a "Una Plegaria por América" ("A Prayer for America"), en memoria de las miles de víctimas inocentes de las dos Torres Gemelas del World Trade Center. Al conjuro de "los mejores ángeles de nuestra naturaleza humana", al estilo de Abraham Lincoln, sin expresiones de odio reprimido, sin exaltaciones de venganza, sin inflexiones de rencor en su voz franca, serena y transparente, James Earl Jones convocó a la unidad de la nación norteamericana en una frase que a mi juicio llena la dimensión de la humanidad: "We are united, we are united, not only in our grief, but also in our resolve to build a better world" - "Estamos unidos, estamos unidos, no sólo en nuestra aflicción, sino también en nuestra resolución de edificar un mundo mejor".

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