Orgullo geográfico
De todas las naciones del mundo, no hubiese yo querido nacer en ninguna otra que no fuera Panamá. Panamá, puente del mundo, corazón del universo. Desde tiempos milenarios, desde los inicios mismos de la humanidad, ha sido nuestro suelo el cordón umbilical que unió dos grandes masas; ha sido lazo indisoluble de intercambio cultural entre los pueblos que primero caminaron nuestro continente. Como el embudo de un reloj de arena, Panamá ha visto pasar por ella los tiempos mismos de la humanidad.
Detrás de cada nacimiento en esta patria hay un orgullo geográfico que debería asentarse en forma casi natural en cada uno de los panameños. Servimos al mundo, sí, pero sin servilismos, habiendo ya ganado por ello un orgulloso sitial en el devenir de la historia misma de la humanidad.
A través de esta arteria que se llama Canal, pasa a diario casi desapercibido el progreso del mundo para todo el mundo. No es entonces lo que el mundo le ha dado a Panamá, es lo que Panamá le ha dado al mundo. Caminemos, pues, hacia una valoración universal de nuestra posición geográfica.
Entre la formación y de deformación política
Nuestra sociedad sufre hoy de una trágica dolencia. Sufre de aquello que, sin ser enfermedad, contamina el espíritu mismo de nuestra nación. Nuestra nación sufre, sí, de aquellos que en vez de tener una formación política, se han deformado políticamente. Y decimos que se han deformado políticamente, porque parece que todo viso ciudadano ha sido extraído de algunos que se atrincheran en banderas de conflicto, soledad y aislamiento político, olvidando que aquí nacieron y, afortunada o desafortunadamente, aquí también los ha de encontrar el sueño eterno sus despojos; se han deformado políticamente porque de lo que fueron en su juventud no queda ni siguiera ya la sombra. Alguna vez fueron buenos compañeros, alguna vez supieron trabajar como un equipo, alguna vez fueron parte de algo más grande que ellos mismos; pero hoy, su vida estrecha de político atrincherado no pasa a veces del campo de batalla que ellos mismos han venido a cultivar con su actitud nociva para nuestra propia tierra.
Entre perros y gatos
Tal es la naturaleza del hombre, que algunos terminan por asimilar la conducta y maneras de las criaturas que los rodean, violando así el principio bíblico de que el hombre debe gobernar sobre las bestias y no las bestias sobre el hombre. Y es que al final, el ser humano que adopta conductas más propias de los animales, termina por denigrar su verdadera esencia y deja cabalgar dentro de sí los potros desenfrenados que lo gobiernan. Atrás, muy atrás, en los recónditos principios de la humanidad, en las hondas y frías cavernas que preceden la civilización, debieron quedar también esas conductas viles que asimilan al hombre a la bestia. Pero, a veces, la realidad es otra.
En todas las manifestaciones de la sociedad parece haber estos ejemplos, pero especialmente en la política. Algunos de sus actores parecen tener una naturaleza canina, depravada y frontal. Cuando están hambrientos, saltan de inmediato sobre su presa y la despedazan sin miramiento y sin freno. Su esencia es el hambre depravada y, en su forma elemental, no saben si llegará otro amanecer; por lo que deben colmar sus sentidos hasta la saciedad, consumiendo a veces más de lo que pueden tragar. Otros, en cambio, parecen asumir más bien una conducta felina. Se controlan y controlan su apetito. No saltan sobre la presa de inmediato. La asechan, la estudian, la aprenden. Desde lejos la observan y paso a paso se acercan sin ser vistos. Pacientemente relamen sus garras antes de atraparla y aún luego de aferrarla fuertemente, hasta le infunden esperanzas vanas de poder escapar de ese juego mortal. Al final, el pueblo cae a veces entre un colmillo más crudo u otro más refinado; pero cae al fin, si no recapacita. Y es que para no ser presa de festín, la colectividad debe abandonar su estado de latencia y de egoísmo. Debe tener conciencia de que lo que hoy le pase a su comunidad, le puede pasar luego a su vecino y, finalmente, en una cercanía ya incómoda, podría tocar también su propia puerta; esa sola posibilidad debe necesariamente llamar a la reflexión y a la hermandad. Así como el agua fresca que se empoza termina por perderse por falta de oxigenación, el poder público también se contamina ante la ausencia de una participación activa de la ciudadanía.
Abogado