Orgullosos de lo nuestro
Como ejecutiva del grupo tabacalero más internacional del mundo, British American Tobacco, me siento más que satisfecha por la recién aprobada ley que establece la obligatoriedad de la enseñanza del idioma inglés en escuelas y colegios -públicos y privados - de todo el país, que comenzará a aplicarse de manera progresiva a partir de este mes.
El mundo cada vez más globalizado en el que nos ha tocado vivir, hace del dominio de un segundo idioma, más que un atributo deseable, un requisito indispensable. En Panamá, por ser una economía de servicios, sede de una banca internacional ampliamente desarrollada, puente natural entre las Américas y los dos océanos más grandes del mundo, el Inglés debería ser una herramienta facilitadora y propiciadora de los negocios.
No obstante, la experiencia pasada nos indica que muchas oportunidades de trabajo e inversión no fueron aprovechadas por el desconocimiento de un segundo idioma, en gran parte de nuestra fuerza laboral. Razón de más para sentirnos satisfechos con la entrada en vigencia de dicha ley. Sin embargo, cuidado con la forma en que asimilamos esta idea. Que no signifique en modo alguno que el aprendizaje de una segunda lengua vaya en detrimento de nuestra lengua materna, fiel reflejo de nuestra idiosincrasia.
Como panameña, me siento orgullosa de mi tierra, mi música y mis costumbres. Disfruto a cántaros al saber que nuestros grupos folclóricos han hecho de la pollera y de los bailes típicos nuestras cartas de presentación, más allá de nuestras fronteras. ¿Cómo no habría de sentirme orgullosa cuando se incluye el nombre de mi país en canciones que, con el paso del tiempo, han pasado de lo folclórico a lo popular en todo el mundo y que, incluso, se bailan en los más distinguidos lugares? Hablar de Panamá es hablar de alegría contagiosa, energía de alto voltaje y entusiasmo desbordante; todo esto, en idioma español, ¡por supuesto! Hablar de Panamá es hablar de hombres y mujeres trabajadoras que se levantan con el ardiente sol de su tierra bañada por dos océanos y que por las noches disfrutan del fresco en el Casco Viejo o en alguna de sus muchísimas playas. ¡Hombres y mujeres que hablan español!
Es por todo esto que, si bien es cierto, como lo dije al principio, aplaudo la idea de que todos aprendamos un segundo idioma, también me niego rotundamente a que se contamine la forma en que nos expresamos.
Sin querer pecar de “purista”, hablaría muy bien de nuestro nivel cultural que todos podamos hablar indistintamente Inglés o Español, e incluso un tercer idioma, sin mezclarlos, evitando el “spanglish” y sin pretender, que el primero tenga superioridad frente al segundo.
Veamos en el idioma inglés un recurso necesario y facilitador, pero que no amenace nuestra identidad cultural. Que nuestros oídos y mentes jamás se acostumbren a expresiones como las que he escuchado en latinoamericanos: “Voy a la marketa en mi tracka”, que traducida al español, sería algo mucho más sencillo como: “Voy al mercado en mi camión”. Así como en estos momentos nos preparamos para que los niños y adolescentes de Panamá aprendan un segundo idioma, lo que, a no dudar, les abrirá un sinnúmero de posibilidades, también deberían promoverse otras iniciativas para la preservación de nuestro idioma. Aquel que, a escasos meses de nacidos, nos hizo balbucear nuestras primeras palabras: mamá, papá.
El valor de un pueblo no sólo se mide por cuánto sabe, sino también por su grado de autenticidad. “That is the way things should be” (Así deberían ser las cosas).
El mundo cada vez más globalizado en el que nos ha tocado vivir, hace del dominio de un segundo idioma, más que un atributo deseable, un requisito indispensable. En Panamá, por ser una economía de servicios, sede de una banca internacional ampliamente desarrollada, puente natural entre las Américas y los dos océanos más grandes del mundo, el Inglés debería ser una herramienta facilitadora y propiciadora de los negocios.
No obstante, la experiencia pasada nos indica que muchas oportunidades de trabajo e inversión no fueron aprovechadas por el desconocimiento de un segundo idioma, en gran parte de nuestra fuerza laboral. Razón de más para sentirnos satisfechos con la entrada en vigencia de dicha ley. Sin embargo, cuidado con la forma en que asimilamos esta idea. Que no signifique en modo alguno que el aprendizaje de una segunda lengua vaya en detrimento de nuestra lengua materna, fiel reflejo de nuestra idiosincrasia.
Como panameña, me siento orgullosa de mi tierra, mi música y mis costumbres. Disfruto a cántaros al saber que nuestros grupos folclóricos han hecho de la pollera y de los bailes típicos nuestras cartas de presentación, más allá de nuestras fronteras. ¿Cómo no habría de sentirme orgullosa cuando se incluye el nombre de mi país en canciones que, con el paso del tiempo, han pasado de lo folclórico a lo popular en todo el mundo y que, incluso, se bailan en los más distinguidos lugares? Hablar de Panamá es hablar de alegría contagiosa, energía de alto voltaje y entusiasmo desbordante; todo esto, en idioma español, ¡por supuesto! Hablar de Panamá es hablar de hombres y mujeres trabajadoras que se levantan con el ardiente sol de su tierra bañada por dos océanos y que por las noches disfrutan del fresco en el Casco Viejo o en alguna de sus muchísimas playas. ¡Hombres y mujeres que hablan español!
Es por todo esto que, si bien es cierto, como lo dije al principio, aplaudo la idea de que todos aprendamos un segundo idioma, también me niego rotundamente a que se contamine la forma en que nos expresamos.
Sin querer pecar de “purista”, hablaría muy bien de nuestro nivel cultural que todos podamos hablar indistintamente Inglés o Español, e incluso un tercer idioma, sin mezclarlos, evitando el “spanglish” y sin pretender, que el primero tenga superioridad frente al segundo.
Veamos en el idioma inglés un recurso necesario y facilitador, pero que no amenace nuestra identidad cultural. Que nuestros oídos y mentes jamás se acostumbren a expresiones como las que he escuchado en latinoamericanos: “Voy a la marketa en mi tracka”, que traducida al español, sería algo mucho más sencillo como: “Voy al mercado en mi camión”. Así como en estos momentos nos preparamos para que los niños y adolescentes de Panamá aprendan un segundo idioma, lo que, a no dudar, les abrirá un sinnúmero de posibilidades, también deberían promoverse otras iniciativas para la preservación de nuestro idioma. Aquel que, a escasos meses de nacidos, nos hizo balbucear nuestras primeras palabras: mamá, papá.
El valor de un pueblo no sólo se mide por cuánto sabe, sino también por su grado de autenticidad. “That is the way things should be” (Así deberían ser las cosas).