Orígenes, acumulación y síntesis
Dicen que uno es el producto de su origen, acumulación, circunstancias y coyuntura. Nuestra generación, la de la postguerra, los nacidos entre los cuarenta y cincuenta, cumplimos ahora con el ciclo vital, al ejercer la responsabilidad de dirigir los destinos de este país, desde las perspectivas pública o privada, oficialista u opositora. ¿De donde venimos los panameños de esas épocas? ¿Cuáles eventos marcaron nuestra niñez y juventud? ¿Cuáles fueron los valores inculcados por las generaciones anteriores? Los mejores aparatos de inteligencia del mundo, analizan a profundidad los valores y conocimientos adquiridos entre los 13 y 25 años de edad, porque esa es la época de la vida en donde se define la personalidad. Tomaré mi caso como ejemplo. En el siguiente párrafo doy las razones y posteriormente elaboro mis reflexiones al respecto de nuestros orígenes, acumulación y síntesis, así como un impacto en las conductas de nuestra generación, frente a las decisiones del presente.
Vengo de un hogar constituido por un padre de origen urbano, clase media, formado en La Salle, santanero y de familia comerciante. Mi madre, penonomeña, también de familia pequeño burguesa, pero formada con los valores ruralcampesinos. El único producto de esa simbiosis, nació en octubre de 1947, finalizada la segunda guerra y en pleno rechazo al Tratado FilósHines. La conciencia se me empezó a formar cuando, desde un pequeño apartamento familiar de la Calle Estudiante frente a las Quíntuples, caminaba a diario hasta Malambo, a estudiar el kinder. Luego, fui parte de la primera generación de alumnos del San Agustín, aunque por razones de cercanía al Instituto Nacional, nuestra casa, la de la familia paterna, se convertía frecuentemente en refugio de los institutores, quienes durante la década de los cincuenta, enfrentaban con frecuencia los intereses de la oligarquía y los de su brazo armado: la Guardia Nacional. Era pues un institutor de alma y un agustiniano por imposición maternal.
En frecuentes visitas al Coca Cola fui testigo de interminables sesiones de tertulias políticas y en el parque de Santa Ana, de choques constantes entre la Guardia y los estudiantes. A principios de la década surgió un fenómeno típico: el General José Antonio Remón Cantera, quien mediante su Cita con la Patria y su "Ni millones ni limosnas, queremos justicia", logró negociar exitosamente un nuevo tratado con los Estados Unidos. Su posterior asesinato y el juicio correspondiente nos marcó, porque entendimos que usualmente, los juicios sobre crímenes de Estado terminan sin culpables. De la década también recuerdo el sentirme indocumentado en mi propia tierra, cuando policías de "lengua y color extraños", nos impedían circular libremente entre los árboles de mangos y las avenidas de la Zona del Canal. También registré en mi novel "disco duro" los acontecimientos de la huelga estudiantil de mayo del 58 con su Pacto de la Colina y la siembra de banderas del 59, antecedente previo al nueve de enero.
Durante una de las tantas faenas estudiantiles, observé alarmado como un guardia asesinaba a un estudiante del Instituto, quien escondido en uno de sus baños, había pintado a manera de camuflaje, un palo de escoba del color de un rifle, con un casco militar guindado en su extremidad. La falsa cobertura de fatiga le costó la vida, ya que entonces la represión no era con agua ni con perdigones, sino con balas. Los gobiernos oligárquicos, la presencia extranjera y el militarismo constituían los cimientos de mi formación política, que con el tiempo madurarían hacia otros escenarios.
A los dieciséis años viví intensamente los acontecimientos de enero de 1964, ya que vivía a dos cuadras de la cuatro de julio y la mayoría de mi gallada participó de alguna manera en la gesta. El nueve de enero me marcó para siempre. Dos años después me gradué en el San Agustín, habiendo participado previamente de los Cursillos de Capacitación Social organizados por los jesuitas y semillero de la juventud demócrata cristiana, a la cual me afilié de inmediato. Empezaba, con el fracaso de la invasión a Bahía Cochinos, a tomar forma la "guerra fría y en América Latina, el socialcristianismo irrumpía como una opción anticomunista para enfrentar, a su manera, al militarismo, la oligarquía y el imperialismo. Luego de repetidos carcelazos, en 1966 me "fueron" del país y me refugié en la ingeniería industrial del Tecnológico de Monterrey y en las abundantes lecturas y acontecimientos políticos de la nueva izquierda mundial juvenil, expresada en los Beatles, el Che, Marcuse, el rechazo a la guerra de VietNam y el movimiento estudiantil mexicano del 68.
En 1971 regresé a casa con 23 años. Traía conmigo un título, mis orígenes, la acumulación de esos años universitarios y el rechazo a un gobierno local que representaba, según la poca información que tenía disponible, la clásica dictadura militar. Al respecto, recuerdo que desde México me las había ingeniado para mandarle a Torrijos un libro sobre el gorilismo latinoamericano. Sin embargo, ese primero de mayo de 1972 y en medio de la soledad de las multitudes, desde el Manolo de la 5 de mayo, lo escuché hablándole a su pueblo, en un lenguaje que no era propio de un militar. Ese General se apropiaba de nuestro discurso y reivindicaba las consignas que, generacionalmente nos eran propias. Allí se produjo el matrimonio conceptual y a partir de entonces, y quizá para siempre, tanto en las buenas como en las malas, seguiré a mi manera, eso que nos atrevemos a seguir llamando torrijismo, que no es otra cosa que los valores asociados al rescate de la soberanía, dignidad nacional, justicia social y participación comunitaria.
Esta historia no es más que una excusa. Varios de los de acá, vivieron con sus matices e intensidades, otras aproximaciones conceptuales al torrijismo. Ese sentimiento, convertido en síntesis de nuestros orígenes y acumulación, nos sigue permeando la forma de entender al mundo y sus contradicciones. Allí y en otras razones, se explica la terquedad de los que nos dirigen, en garantizarnos la culminación de las negociaciones del CMA con los Estados Unidos, con un acuerdo que signifique que la vieja concepción de base militar extranjera quedará enterrada con el siglo. Este es el momento histórico que nos tocó vivir y los que vienen, recibirán un país de nuevos retos y oportunidades, que resolverán de acuerdo a las raíces (que hemos ya plantado), la acumulación (que estamos construyendo) y la nueva síntesis, que posiblemente aparezca con el nacimiento del nuevo milenio.
Vengo de un hogar constituido por un padre de origen urbano, clase media, formado en La Salle, santanero y de familia comerciante. Mi madre, penonomeña, también de familia pequeño burguesa, pero formada con los valores ruralcampesinos. El único producto de esa simbiosis, nació en octubre de 1947, finalizada la segunda guerra y en pleno rechazo al Tratado FilósHines. La conciencia se me empezó a formar cuando, desde un pequeño apartamento familiar de la Calle Estudiante frente a las Quíntuples, caminaba a diario hasta Malambo, a estudiar el kinder. Luego, fui parte de la primera generación de alumnos del San Agustín, aunque por razones de cercanía al Instituto Nacional, nuestra casa, la de la familia paterna, se convertía frecuentemente en refugio de los institutores, quienes durante la década de los cincuenta, enfrentaban con frecuencia los intereses de la oligarquía y los de su brazo armado: la Guardia Nacional. Era pues un institutor de alma y un agustiniano por imposición maternal.
En frecuentes visitas al Coca Cola fui testigo de interminables sesiones de tertulias políticas y en el parque de Santa Ana, de choques constantes entre la Guardia y los estudiantes. A principios de la década surgió un fenómeno típico: el General José Antonio Remón Cantera, quien mediante su Cita con la Patria y su "Ni millones ni limosnas, queremos justicia", logró negociar exitosamente un nuevo tratado con los Estados Unidos. Su posterior asesinato y el juicio correspondiente nos marcó, porque entendimos que usualmente, los juicios sobre crímenes de Estado terminan sin culpables. De la década también recuerdo el sentirme indocumentado en mi propia tierra, cuando policías de "lengua y color extraños", nos impedían circular libremente entre los árboles de mangos y las avenidas de la Zona del Canal. También registré en mi novel "disco duro" los acontecimientos de la huelga estudiantil de mayo del 58 con su Pacto de la Colina y la siembra de banderas del 59, antecedente previo al nueve de enero.
Durante una de las tantas faenas estudiantiles, observé alarmado como un guardia asesinaba a un estudiante del Instituto, quien escondido en uno de sus baños, había pintado a manera de camuflaje, un palo de escoba del color de un rifle, con un casco militar guindado en su extremidad. La falsa cobertura de fatiga le costó la vida, ya que entonces la represión no era con agua ni con perdigones, sino con balas. Los gobiernos oligárquicos, la presencia extranjera y el militarismo constituían los cimientos de mi formación política, que con el tiempo madurarían hacia otros escenarios.
A los dieciséis años viví intensamente los acontecimientos de enero de 1964, ya que vivía a dos cuadras de la cuatro de julio y la mayoría de mi gallada participó de alguna manera en la gesta. El nueve de enero me marcó para siempre. Dos años después me gradué en el San Agustín, habiendo participado previamente de los Cursillos de Capacitación Social organizados por los jesuitas y semillero de la juventud demócrata cristiana, a la cual me afilié de inmediato. Empezaba, con el fracaso de la invasión a Bahía Cochinos, a tomar forma la "guerra fría y en América Latina, el socialcristianismo irrumpía como una opción anticomunista para enfrentar, a su manera, al militarismo, la oligarquía y el imperialismo. Luego de repetidos carcelazos, en 1966 me "fueron" del país y me refugié en la ingeniería industrial del Tecnológico de Monterrey y en las abundantes lecturas y acontecimientos políticos de la nueva izquierda mundial juvenil, expresada en los Beatles, el Che, Marcuse, el rechazo a la guerra de VietNam y el movimiento estudiantil mexicano del 68.
En 1971 regresé a casa con 23 años. Traía conmigo un título, mis orígenes, la acumulación de esos años universitarios y el rechazo a un gobierno local que representaba, según la poca información que tenía disponible, la clásica dictadura militar. Al respecto, recuerdo que desde México me las había ingeniado para mandarle a Torrijos un libro sobre el gorilismo latinoamericano. Sin embargo, ese primero de mayo de 1972 y en medio de la soledad de las multitudes, desde el Manolo de la 5 de mayo, lo escuché hablándole a su pueblo, en un lenguaje que no era propio de un militar. Ese General se apropiaba de nuestro discurso y reivindicaba las consignas que, generacionalmente nos eran propias. Allí se produjo el matrimonio conceptual y a partir de entonces, y quizá para siempre, tanto en las buenas como en las malas, seguiré a mi manera, eso que nos atrevemos a seguir llamando torrijismo, que no es otra cosa que los valores asociados al rescate de la soberanía, dignidad nacional, justicia social y participación comunitaria.
Esta historia no es más que una excusa. Varios de los de acá, vivieron con sus matices e intensidades, otras aproximaciones conceptuales al torrijismo. Ese sentimiento, convertido en síntesis de nuestros orígenes y acumulación, nos sigue permeando la forma de entender al mundo y sus contradicciones. Allí y en otras razones, se explica la terquedad de los que nos dirigen, en garantizarnos la culminación de las negociaciones del CMA con los Estados Unidos, con un acuerdo que signifique que la vieja concepción de base militar extranjera quedará enterrada con el siglo. Este es el momento histórico que nos tocó vivir y los que vienen, recibirán un país de nuevos retos y oportunidades, que resolverán de acuerdo a las raíces (que hemos ya plantado), la acumulación (que estamos construyendo) y la nueva síntesis, que posiblemente aparezca con el nacimiento del nuevo milenio.