Orígenes de la violencia actual
La crónica roja de los medios de comunicación nos está exponiendo diariamente evidentes procesos de descomposición, degradación y desnaturalización en la población panameña, a tal extremo que en las mentes de todos los componentes decisorios de nuestra sociedad, el hecho debería comenzar a ser objeto de profundas reflexiones.
Están ocurriendo actos de violencia que revelan síntomas claros de un desgarramiento del tejido de cohesión de la sociedad y del respeto a la vida y a la integridad de la persona humana, además del desamparo de la propiedad privada frente a los índices crecientes de delincuencia.
Hace poco una joven de 17 años le hizo un disparo a otra joven de la misma edad y, aunque no acertó, hirió a la hermana menor que estaba con ella. Ignoramos las razones, si eran celos tempranos, envidias o rencillas por una u otra cosa, y además, por ser menor de edad es posible que no lleguemos nunca a conocerlas. Sin embargo, si pensamos pausadamente, veremos que una joven de esa edad con un arma de fuego cargada, era algo inconcebible hace tres décadas, y el que la usara contra otra era ya cosa que rayaba en lo impensable. Cabe igualmente recordar el extremo del monstruoso crimen de los muchachos que descuartizaron a una muchacha y después se pusieron a hervir los pedazos.
Es profundamente irresponsable pensar que estos hechos, que se están produciendo con frecuencia creciente, son producto únicamente de una influencia de la violencia que prevalece en los medios escritos, el cine y en la televisión. Ese es el camino fácil para darle la espalda a lo que está ocurriendo.
Hay mucho más y son mucho más profundas las causas. La organización social que se está formando apunta hacia dos mundos distintos y distantes. En el uno hay opulencia, lujo, oportunidades de obtener buena educación y tranquilidad material en la vida del hogar. En el otro hay bolsones de desconfianza beligerante y de hostilidad defensiva y agresiva dentro de una lucha de todos contra todos. A eso se añade el hecho de que los niveles lamentables a que ha llegado la educación pública se encargan de que los jóvenes puedan hacerse adultos sin haber llegado a tener uso de razón plenamente.
Lo que todos debemos ver es que si esa dualidad social perdura, y si perdura esa clase de educación que descuida la base de la formación del raciocinio que es el desarrollo de la facultad del lenguaje desde la escuela primaria, se irá haciendo más corta la distancia entre un orden social sostenible y el caos de una sociedad bajo la ley de la selva, como ha ocurrido en vastos sectores urbanos incluso en los países más ricos y más desarrollados.
Están ocurriendo actos de violencia que revelan síntomas claros de un desgarramiento del tejido de cohesión de la sociedad y del respeto a la vida y a la integridad de la persona humana, además del desamparo de la propiedad privada frente a los índices crecientes de delincuencia.
Hace poco una joven de 17 años le hizo un disparo a otra joven de la misma edad y, aunque no acertó, hirió a la hermana menor que estaba con ella. Ignoramos las razones, si eran celos tempranos, envidias o rencillas por una u otra cosa, y además, por ser menor de edad es posible que no lleguemos nunca a conocerlas. Sin embargo, si pensamos pausadamente, veremos que una joven de esa edad con un arma de fuego cargada, era algo inconcebible hace tres décadas, y el que la usara contra otra era ya cosa que rayaba en lo impensable. Cabe igualmente recordar el extremo del monstruoso crimen de los muchachos que descuartizaron a una muchacha y después se pusieron a hervir los pedazos.
Es profundamente irresponsable pensar que estos hechos, que se están produciendo con frecuencia creciente, son producto únicamente de una influencia de la violencia que prevalece en los medios escritos, el cine y en la televisión. Ese es el camino fácil para darle la espalda a lo que está ocurriendo.
Hay mucho más y son mucho más profundas las causas. La organización social que se está formando apunta hacia dos mundos distintos y distantes. En el uno hay opulencia, lujo, oportunidades de obtener buena educación y tranquilidad material en la vida del hogar. En el otro hay bolsones de desconfianza beligerante y de hostilidad defensiva y agresiva dentro de una lucha de todos contra todos. A eso se añade el hecho de que los niveles lamentables a que ha llegado la educación pública se encargan de que los jóvenes puedan hacerse adultos sin haber llegado a tener uso de razón plenamente.
Lo que todos debemos ver es que si esa dualidad social perdura, y si perdura esa clase de educación que descuida la base de la formación del raciocinio que es el desarrollo de la facultad del lenguaje desde la escuela primaria, se irá haciendo más corta la distancia entre un orden social sostenible y el caos de una sociedad bajo la ley de la selva, como ha ocurrido en vastos sectores urbanos incluso en los países más ricos y más desarrollados.