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Otra vez la violencia


Hemos observado con estupor el grado de violencia al que está llegando la sociedad panameña. La última década, coincidente con los programas de ajuste neoliberal impuesto a la sociedad desde las cúpulas dirigentes, ha visto incrementarse los niveles de violencia social. Desde aquella desatada en las calles y barrios empobrecidos de la ciudad hasta los índices de suicidio que han crecido vertiginosamente los últimos años. Desde luego, los índices no alcanzan los niveles de otros lares, tales como Colombia, Guatemala o Perú. Pero la tendencia es acercarnos a aquellos modelos y no a los de una convivencia civilizada. Tampoco ha llegado a alcanzar, todavía, la actividad política como ha ocurrido en algunos países de nuestra América. Pero ese camino está abriéndose.
Lo primero que abría que hacer es dar una explicación del fenómeno ubicando sus causas y fijando con criterio sus graves consecuencias. Por cierto que no hay una sola causa, sino una combinación de varias, entre ellas, la pobreza generalizada de las mayorías nacionales, el crecimiento del fenómeno de disgregación familiar, la creciente deserción escolar a todos los niveles, el despilfarro de los ahorros sociales, producidos por una privatización salvaje de empresas de utilidad pública; la utilización del gobierno como punto de acumulación económica para un pequeño grupo enquistado en el poder; la tijera salarial abierta que diferencia cerca de 20 veces el promedio salarial del 20% de menos ingresos y el 20% de mayor ingresos, en fin, la falta de esperanza de las mayorías nacionales.
A despecho de lo que crea el actual gobierno, la grave situación no se resuelve con paliativos, sino con reformas estructurales de alto calado. El ahorro y la reducción del gasto público deben ser integrales. Debe existir un tope salarial para los altos servidores del Estado que no pase de B/ 6,000.00 al mes, es decir, cerca de 26 veces el salario mínimo de un trabajador que es quien verdaderamente crea la riqueza social. Eliminar los salarios de los suplentes de legisladores, recobrar la mayor parte de los recaudos consulares que van a parar a manos de los propios cónsules (sobretodo de marina mercante) y, finalmente, castigar ejemplarmente la evasión fiscal, elevándola a delito penal fiscal.
No estamos diciendo que el esfuerzo por eliminar los gastos superfluos sea vano. Pero no es suficiente. La sencilla dialéctica estriba en aumentar los ingresos estatales y en reducir el gasto público. Desde el punto de vista fiscal. Y en el plano social, en no cargar más el peso de la reactivación en los hombros de los más pobres y si sobre los que concentran la mayor parte de la riqueza nacional.
Volviendo al tema de la violencia, lo que queremos expresar es que ella es producto de situaciones objetivas y no de la maldad intrínseca del ser humano. Como decía Juan Jacobo Rousseau, el hombre nace bueno y es la sociedad la que lo corrompe. Dicho en otras palabras, la violencia desatada durante los últimos años por la sociedad, violencia social a secas, es producto de situaciones estructurales.
Con esta explicación no se justifica nada. Sólo se explica un fenómeno social. La valoración corresponde a otro orden de cosas. La explicación determina las causas. La valoración determina si los hechos son buenos o malos.
El linchamiento ocurrido en San Miguelito, el secuestro por su propia madre de una menor, el intento de secuestro de una menor en el Parque Omar de la capital y los constantes suicidios son una muestra del deterioro social de la sociedad panameña. Del deterioro institucional que lleva a desconfiar de la justicia panameña y de la capacidad del gobierno para enfrentar la realidad agobiante.
Alguien me señaló alguna vez que "Panamá es un país que embrutece". Yo diría, corrigiéndolo un poco, que Panamá es un país que envilece. Si no se pone atención al fenómeno social de una violencia social que empieza a generalizarse, ese fenómeno puede traspasarse a la esfera de la política, agravando la situación general. Porque la violencia política posee su propia racionalidad, irreductible, que pone en cuestión toda la estabilidad de la sociedad.
Todos debemos aportar nuestro pequeño esfuerzo para detenernos a tiempo en aquello que Dante denominó "los umbrales del infierno". Seremos capaces de empinarnos por sobre nuestras pequeñeces y egoísmos para salvar nuestra sociedad.

101 años de Panamá América

 
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