Otro hijo de Loyola a los altares
Juan Pablo II canonizó hoy, en la capital española, a cinco beatos españoles; entre ellos al sacerdote jesuita José María Rubio, "un hombre de Dios" que destacó por su labor entre los necesitados y por subrayar la misión de los laicos en la Iglesia.
José María Rubio y Peralta nació el 22 de julio de 1864 en Dalías, en la provincia española de Almería. A los 23 años de edad fue ordenado sacerdote en Madrid. Posteriormente, experimentó una fuerte inclinación a la vida religiosa en la Compañía de Jesús, vocación que pudo ver realizada veinte años después.
En 1908 pronunció sus votos religiosos y desarrolló su ministerio en la residencia de los Padres Jesuitas en Madrid, donde permaneció hasta su muerte en Aranjuez, el 2 de mayo de 1929. El padre Rubio se distinguió por su dedicación al confesionario, a la predicación, a los ejercicios espirituales y al apostolado de la oración de todos los fieles.
También -y sobre todo- es conocido porque ejerció su ministerio pastoral con una dimensión social en los barrios más pobres de Madrid, singularmente en el de La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la Palabra de Dios y fue formador de muchos cristianos que morirían durante la persecución religiosa en España.
Sacerdote ejemplar y de profunda vida espiritual, el padre Rubio ejerció de tal manera su ministerio pastoral que el arzobispo de Madrid lo llamó "el apóstol" de la ciudad. Dos son los rasgos característicos de este "hombre de Dios", según explica el postulador de la Causa de canonización, el padre Paolo Molinari, a los micrófonos de Radio Vaticana: "El primero en su opción por los pobres".
"Estos términos - "opción preferencial de los pobres"- no eran habituales en su tiempo; en los años veinte, cuando él se encontraba en Madrid, de hecho vivía para los pobres, muy cercano a ellos, y ayudaba a innumerables cristianos, hombres y mujeres laicos, a vivir su cristianismo fundiendo el amor de Dios con el amor al prójimo; por lo tanto, el amor a los más necesitados", explicó el padre Molinari.
La formación de los laicos es el segundo rasgo fundamental en el padre Rubio, que realizó "gracias a la atracción que ejercía sobre la gente, no por dotes particulares sino por aquello que emanaba de su vida, de su ser: un hombre que en la adoración del Santísimo Sacramento y en la contemplación del Corazón de Cristo hizo suyos los sentimientos del Señor". "Verdaderamente, como dice San Pablo, el padre Rubio se había conformado a Cristo -continúa el padre Molinari-. La gente percibía la presencia de Dios en él -atraída precisamente por su unión con Dios, por su santidad- y por ello acudían a escucharle. Se abandonaban a esa formación que él sabía dar".
Aunque en la época no se hablaba aún en estos términos, "el padre Rubio reconoció la misión de los laicos en la Iglesia y supo formar a hombres y mujeres para compartir en el sentido más pleno la misión que la Iglesia lleva a cabo, especialmente con los más necesitados", concluye. Obviamente, los hijos de San Ignacio de Loyola, que en Panamá regentan el Colegio Javier de Panamá por donde han pasado buen número de panameños, panameñas y no panameños, se regocija discretamente por tal suceso, pero con un estilo diverso.
En otras palabras, para un extraño le sorprendería ver que ni se ha hecho propaganda por la radio, ni con una imagen a colores de la vida del padre Rubio, ni con ninguna procesión con la foto del nuevo santo, ni con fuegos artificiales, ni con ninguna tuna, ni menos con una peregrinación a Madrid, sino más bien con un silencio agradecido al Señor por recordarnos que aún sigue siendo uno de los caminos hábiles para alcanzar la santidad en el sacerdocio y en la vida consagrada.
Veo también en esta canonización de otro hijo de San Ignacio de Loyola como una voz de aliento al comprobar que las últimas cifras de los miembros de esta Orden nuevamente indican un decrecimiento de 21 a 20 mil miembros, constante que tiene muchas explicaciones y que asimismo sirve para invitar a la nueva juventud a sumarse a estas filas que ostentan un número cercano a los 175 santos, además de otros beatos.
Rubio solía repetir: "Jesús no se cansa de esperarte", "Jesús también cabe en tu vida y en tu familia", "Sed mensajeros de Dios", "Vivid como lámparas encendidas", "El amor de Dios es la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos".
José María Rubio y Peralta nació el 22 de julio de 1864 en Dalías, en la provincia española de Almería. A los 23 años de edad fue ordenado sacerdote en Madrid. Posteriormente, experimentó una fuerte inclinación a la vida religiosa en la Compañía de Jesús, vocación que pudo ver realizada veinte años después.
En 1908 pronunció sus votos religiosos y desarrolló su ministerio en la residencia de los Padres Jesuitas en Madrid, donde permaneció hasta su muerte en Aranjuez, el 2 de mayo de 1929. El padre Rubio se distinguió por su dedicación al confesionario, a la predicación, a los ejercicios espirituales y al apostolado de la oración de todos los fieles.
También -y sobre todo- es conocido porque ejerció su ministerio pastoral con una dimensión social en los barrios más pobres de Madrid, singularmente en el de La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la Palabra de Dios y fue formador de muchos cristianos que morirían durante la persecución religiosa en España.
Sacerdote ejemplar y de profunda vida espiritual, el padre Rubio ejerció de tal manera su ministerio pastoral que el arzobispo de Madrid lo llamó "el apóstol" de la ciudad. Dos son los rasgos característicos de este "hombre de Dios", según explica el postulador de la Causa de canonización, el padre Paolo Molinari, a los micrófonos de Radio Vaticana: "El primero en su opción por los pobres".
"Estos términos - "opción preferencial de los pobres"- no eran habituales en su tiempo; en los años veinte, cuando él se encontraba en Madrid, de hecho vivía para los pobres, muy cercano a ellos, y ayudaba a innumerables cristianos, hombres y mujeres laicos, a vivir su cristianismo fundiendo el amor de Dios con el amor al prójimo; por lo tanto, el amor a los más necesitados", explicó el padre Molinari.
La formación de los laicos es el segundo rasgo fundamental en el padre Rubio, que realizó "gracias a la atracción que ejercía sobre la gente, no por dotes particulares sino por aquello que emanaba de su vida, de su ser: un hombre que en la adoración del Santísimo Sacramento y en la contemplación del Corazón de Cristo hizo suyos los sentimientos del Señor". "Verdaderamente, como dice San Pablo, el padre Rubio se había conformado a Cristo -continúa el padre Molinari-. La gente percibía la presencia de Dios en él -atraída precisamente por su unión con Dios, por su santidad- y por ello acudían a escucharle. Se abandonaban a esa formación que él sabía dar".
Aunque en la época no se hablaba aún en estos términos, "el padre Rubio reconoció la misión de los laicos en la Iglesia y supo formar a hombres y mujeres para compartir en el sentido más pleno la misión que la Iglesia lleva a cabo, especialmente con los más necesitados", concluye. Obviamente, los hijos de San Ignacio de Loyola, que en Panamá regentan el Colegio Javier de Panamá por donde han pasado buen número de panameños, panameñas y no panameños, se regocija discretamente por tal suceso, pero con un estilo diverso.
En otras palabras, para un extraño le sorprendería ver que ni se ha hecho propaganda por la radio, ni con una imagen a colores de la vida del padre Rubio, ni con ninguna procesión con la foto del nuevo santo, ni con fuegos artificiales, ni con ninguna tuna, ni menos con una peregrinación a Madrid, sino más bien con un silencio agradecido al Señor por recordarnos que aún sigue siendo uno de los caminos hábiles para alcanzar la santidad en el sacerdocio y en la vida consagrada.
Veo también en esta canonización de otro hijo de San Ignacio de Loyola como una voz de aliento al comprobar que las últimas cifras de los miembros de esta Orden nuevamente indican un decrecimiento de 21 a 20 mil miembros, constante que tiene muchas explicaciones y que asimismo sirve para invitar a la nueva juventud a sumarse a estas filas que ostentan un número cercano a los 175 santos, además de otros beatos.
Rubio solía repetir: "Jesús no se cansa de esperarte", "Jesús también cabe en tu vida y en tu familia", "Sed mensajeros de Dios", "Vivid como lámparas encendidas", "El amor de Dios es la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos".